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Las Baladas Del Ajo

Электронная книга - «Las Baladas Del Ajo». Краткое содержание книги:

Una tragedia oriental que nos introduce en una China recóndita y contemporánea, que aún continúa siendo algo desconocida a ojos occidentales.
La trama tiene lugar en el Condado Paraíso, una zona rural de China que apenas ha conocido cambios sociales en las últimas generaciones. Pero la pobreza desatará pasiones feroces que rompen con las antiguas tradiciones.
El Gobierno ha animado a los granjeros a plantar grandes campos de ajo. Éstos recorren enormes distancias con su cosecha, pagan elevados impuestos y, al final, descubren que es imposible venderlo porque los almacenes estatales están repletos. Los campesinos se sublevan y la represión se acentúa pero, incluso encarcelados, aún florecen entre ellos el amor y la lealtad.
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– ¿Quién anda ahí? -salió una voz de la oscuridad.

– Sólo un transeúnte que necesita un poco de agua -respondió.

El crujido de los tallos de maíz precedió a la aparición de un hombre alto y fornido que llevaba una azada sobre el hombro. Se acercó a la bomba y se lavó los cenagosos pies en el agua y luego enjuagó la azada. La luz de la lámpara relucía en las gotas de agua que escurrían del filo.

Después de saltar por encima del canal de riego, el hombre se apoyó sobre su azada y dijo:

– Adelante, bebe toda la que quieras.

Gao Yang avanzó unos pasos, se arrodilló y metió la boca en la intensa corriente de agua, que le entumeció los labios y casi le hace atragantarse. Cuando no pudo beber una gota más, se lavó la cara, llenó la cubeta y la llevó hacia la lámpara.

El hombre le observaba atentamente, así que le devolvió el favor.

Era un joven bien proporcionado que llevaba una camisa de manga corta y un par de pantalones de uniforme. Se inclinó para desabrochar un reluciente reloj que colgaba de su cinturón y se lo puso en la muñeca mientras miraba la hora.

– ¿Qué haces por aquí a estas horas?

– Vendiendo mi ajo. No he bebido una gota de agua en todo el día. El sonido del agua que bebías era como una música maravillosa.

– ¿De qué ciudad eres?

– De Gaotong.

– Eso está muy lejos de aquí. ¿Tu cooperativa local no montó un puesto de compra?

– Están demasiado ocupados vendiendo fertilizante como para preocuparse de esas cosas.

El joven se echó a reír.

– Eso es normal. Hoy en día, todo el mundo quiere hacerse rico. ¿Cómo fue la venta?

– No muy bien. Cuando llegó nuestro turno, nos dijeron que el almacén estaba lleno y que por ahora no se iba a comprar más ajo. Si fueran a volver a abrirlo mañana, pasaría allí la noche en lugar de regresar a casa. ¡Pero quién demonios sabe si las básculas volverán a funcionar este mes o siquiera este año!

Luego contó el resto, no lo pudo evitar.

– Se ha producido un tumulto -dijo-. Han destrozado las básculas, han prendido fuego a la mesa, han roto las ventanas e, incluso, han incendiado un vehículo oficial.

– ¿Quieres decir que las masas han empezado una revuelta? -preguntó el joven con excitación.

– No sé si será una revuelta -respondió Gao Yang con un suspiro-, pero seguro que era un tumulto. A algunos no parecía importarles lo que les pudiera suceder.

– Mi padre y uno de mis hermanos fueron a la ciudad a vender nuestro ajo. Me pregunto si estarán bien.

La mirada de Gao Yang se posó en los dientes blancos y uniformes del joven, y estaba seguro de que trataba de disimular su acento del norte.

– Tienes algo especial, Hermano Mayor -comentó-. Créeme.

– Estoy en el ejército, nada especial -respondió el joven.

– Veo que eres un hombre decente. Por muy mal que te haya tratado la vida, sigues viniendo a ayudar a tu padre. Eso me dice que estás destinado a tener un brillante futuro.

El joven sacó un paquete de cigarrillos, que parecían una flor fresca bajo la luz de la lámpara. Ofreció uno a Gao Yang.

– No fumo -dijo Gao Yang-, pero un amigo mío me está esperando en la carretera y estoy seguro de que nunca ha fumado un cigarrillo como éste.

Se lo colocó por detrás de la oreja, cogió su balde y dirigió los pasos hacia la carretera.

– ¿A dónde fuiste a por agua, al mar de la China? -protestó Cuarto Tío. El burro permanecía de pie estúpidamente y la vaca de Cuarto Tío estaba tumbada junto al carro.

– Toma, te he traído agua -dijo Gao Yang-. Yo me ocuparé de los animales.

Enterrando el rostro en la cubeta, Cuarto Tío bebió su contenido, luego se puso de pie y eructó varias veces. Gao Yang sacó el cigarrillo de detrás de la oreja y se lo entregó.

– He conocido a alguien especial -afirmó-. Dijo que no era más que un soldado, pero enseguida me di cuenta de que era un oficial. Cuando me ofreció un cigarrillo, le dije que no fumaba, pero te lo he traído para ti.

Cuarto Tío lo aceptó y lo sujetó por debajo de la nariz.

– Tiene un olor muy normal.

– Vino a ayudar a su padre en el campo, aunque sea un oficial. No está mal, ¿verdad? Hoy en día, la mayoría de la gente está impaciente por desprenderse de su aspecto de mendigo y pisotear a la persona que tiene al lado. Mira a nuestro propio Wang Tai. Pretende hacernos creer que ni siquiera nos conoce. ¿Ya no quieres más? -preguntó Gao Yang-. Voy a dar de beber a la vaca.

– Empieza por el burro. Mi vaca no va a rumiar sus alimentos. Me temo que se encuentra enferma. Está preñada y si, además de no vender el ajo, la pierdo a ella, estoy acabado.

El burro, después de tomar un sorbo de agua, comenzó a resollar, pero Gao Yang se acercó a la vaca, que trató de ponerse de pie, aunque no pudo conseguirlo sin la ayuda de Cuarto Tío. Una luz azulada emergió de sus grandes y tristes ojos. Gao Yang sujetó la cubeta por debajo de la nariz del animal, pero éste sólo dio un par de lametazos superficiales antes de levantar la cabeza y mojarse los labios y la nariz con su larga lengua.

– ¿Eso es todo lo que va a beber? -preguntó Gao Yang.

– Es exigente. La única manera de que Cuarta Tía le haga beber es espolvoreando un poco de salvado por encima del agua.

– Todos queremos llevar una vida cómoda, incluso las vacas -dijo Gao Yang sarcásticamente-. No hace muchos años los seres humanos podíamos pasar sin salvado, por no hablar de las vacas.

– No te entretengas y da de beber a tu burro.

El burro tensó los músculos mientras lamió hasta la última gota de la cubeta y, a continuación, sacudió la cabeza para indicar que quería más.

– Pongámonos en marcha -dijo Cuarto Tío-. Los animales caerán enfermos si no sudan después de beber agua fría.

– ¿Cuánto te costó, Cuarto Tío?

– Novecientos treinta, sin contar los impuestos.

– ¿Tanto? -Gao Yang chasqueó la lengua-. Podrías cubrirla de la cabeza a las patas con tantos billetes.

– Hoy en día el dinero no vale nada -dijo Cuarto Tío-. El cerdo ha subido sesenta fen en seis meses: ¡está a noventa fen el kilo! No podemos permitirnos más que unos pocos kilos al año.

– Pero te las arreglas bien, Cuarto Tío, desde que puedes contar con un ternero al año. Si el primero es una hembra, todavía mejor. Criar vacas es mucho mejor que plantar ajo.

– Sólo ves el lado bueno de las cosas -protestó Cuarto Tío-. ¿Acaso te crees que lo único que necesita una vaca es el viento del noroeste? ¿De dónde te crees que viene el heno y el puré?

Su conversación fue languideciendo a medida que avanzaba la noche. Los dos carros se balanceaban ligeramente de un lado a otro. Gao Yang, agotado, saltó sobre su carro -para desgracia del burro- y se sentó, apoyando la espalda contra la barandilla. Los párpados le pesaban, pero se obligó a permanecer despierto. En ese momento atravesaban un suelo arenoso; el follaje que crecía a los lados de la carretera no había cambiado desde la noche anterior, salvo por el hecho de que la ausencia de la luna impedía que las hojas brillaran. Los agudos sonidos de las cigarras y de los grillos tampoco habían cambiado un ápice, y eran igual de interminables que antes.

Otra pendiente hizo que el burro tuviera que hacer un esfuerzo aún mayor y comenzara a sonar como un anciano asmático. Gao Yang bajó del carro y caminó por la carretera, aligerando un poco la carga al animal. Cuarto Tío permaneció en su carro y dejó que la vaca preñada tirara de él por la pendiente, aunque para ello tuviera que hacer un enorme esfuerzo, algo que no le pasó inadvertido a Gao Yang. Pensé que tenía un corazón más piadoso, meditó, recordándose a sí mismo que en adelante quería tener que ver lo menos posible con personas como él.

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