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Электронная книга - «Un Amor Escondido». Краткое содержание книги:

Para escandalizar a la estricta, mojigata y puritana sociedad en la que vive, Catherine Ashfield, vizcondesa Bickley, acaba de ayudar a una amiga en la publicación de un manual para las damas que subvierte todas las normas del decoro. Nunca pensó que esta diversión fuera a perjudicarla, obligándola a abandonar Londres en compañía de un atractivo protector.
Su guardián es Andrew Stanton, el mejor amigo de su hermano, un plebeyo.
Pero, sin saberlo, está obligando a la hermosa e independiente Catherine, que reniega del amor, a reconsiderar su posición. Así los secretos, pasiones y un amor escondido están convirtiendo al hombre que ha prometido proteger a la vizcondesa, en el más dulce de los peligros…
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«Eso mismo pienso yo.» La idea abofeteó a Catherine como un trapo frío y mojado. Apretó con fuerza los labios al tomar conciencia por primera vez de hasta qué punto había deseado que Andrew no se marchara.

Maldición, ¿cómo había logrado Andrew meterse en su vida, y en la de Spencer, hasta ese punto y en un período tan breve de tiempo? Spencer y ella se las habían arreglado muy bien sin ninguna interferencia masculina durante muchos años, y Catherine se dio cuenta, con una repentina e incuestionable claridad, que la presencia de Andrew en sus vidas amenazaba con resquebrajar la paz y la serenidad que ambos disfrutaban.

Y con toda su atención puesta en su propia consternación ante el regreso de Andrew a Londres, no se había parado a pensar hasta qué punto su repentina partida podía afectar a Spencer. Obviamente, su hijo había establecido un fuerte vínculo con Andrew. Si a Spencer tanto le afectaba que Andrew se ausentara una noche, ¿cómo reaccionaría cuando se marchara para siempre después de una semana? Si la expresión del rostro del pequeño podía darle una pequeña idea, su hijo se quedaría destrozado.

– Me ha contado lo del robo en el museo -dijo Spencer, devolviéndola al presente-. ¿Tú crees que estará de regreso mañana por la noche? -preguntó con la voz colmada a la vez de esperanza y de duda-. Por lo que dice, tiene mucho que hacer en la ciudad.

– Estoy segura de que lo intentará. Pero como no puede marcharse de Londres hasta reorganizar las cosas, no te desilusiones demasiado si tiene que ausentarse más tiempo.

– Pero es que no quiero perderme ninguna de mis lecciones de equitación ni de pugilismo. Y ni siquiera hemos empezado con las de esgrima. Y el señor Stanton no debería perderse su lección de nat… -Las palabras de Spencer quedaron atrapadas en su garganta como cortadas por un cuchillo. Se le abrieron los ojos como platos y el color le tiñó la cara.

– ¿Que no debería perderse su qué? -dijo Catherine.

– No puedo decírtelo, mamá. Es una sorpresa.

– Humm. Al parecer los dos habéis planeado un buen número de sorpresas juntos.

La sonrisa torcida de Spencer asomó a su rostro y el corazón de Catherine sonrió como respuesta.

– Lo hemos pasado muy bien.

– ¿Te cae… bien el señor Stanton?

– Sí, mamá. Es muy… decente. Un profesor amable y paciente. Pero lo mejor de todo es que no me trata como si fuera de cristal. Ni como a un niño. Ni como si fuera… discapacitado. -Antes de que Catherine pudiera reconfortarle, la mirada de Spencer se volvió curiosa y preguntó-: ¿A ti no te gusta, mamá?

– Ejem… por supuesto que sí. -No estaba segura de que una palabra tan tibia como «gustar» describiera adecuadamente la atracción que sentía hacia Andrew, pero sin duda no podía decir a su hijo que en realidad «deseaba» a aquel hombre-. El señor Stanton es muy… «Seductor. Tentador. Atractivo.»… agradable.

«Y gentil», oyó intervenir a su voz interior. Y Catherine no pudo negarlo. No tenía más que recordar cómo Andrew había tratado a Spencer y a ella para saber que era cierto.

– ¿Te parece que podríamos convencerle para que se quedara más de una semana, mamá?

Catherine se quedó helada al oír la pregunta mientras en su interior el pánico colisionaba con la anticipación. Y no sólo por sus caóticos sentimientos personales, sino también por Spencer.

– Creo que tenemos que aceptar que el señor Stanton tiene su vida en Londres, Spencer -dijo con suma cautela-. Incluso aunque se quedara uno o dos días más, lo cual dudo mucho, sobre todo teniendo en cuenta que tu tío Philip no está en Londres, el señor Stanton tendría que volver tarde o temprano a la ciudad.

– Pero ¿podría volver a visitarnos? -insistió Spencer-. ¿Muy pronto? ¿Y a menudo?

Catherine rezó para no mostrar el menor atisbo de su consternación. Dios santo, ella había planeado que en cuanto Andrew volviera a Londres y su breve aventura fuera historia, sus caminos raramente, por no decir nunca, volverían a cruzarse. Volver a verle «muy pronto» y «a menudo» cuando ella no tenía intención de retomar su aventura sería… extraño. En realidad sería más una tortura, corrigió su voz interior irritantemente sincera. Metió mentalmente un pañuelo en la boca de su voz interior para silenciar sus indeseadas meditaciones.

– Spencer, de verdad no creo que…

– Quizá podríamos ir a visitar al señor Stanton a Londres.

Perpleja, Catherine sólo pudo limitarse a mirarle. Spencer nunca había hecho semejante sugerencia. Después de tragar saliva, dijo intentando que su voz sonara lo más despreocupada posible:

– ¿Te gustaría ir a Londres?

Spencer apretó los labios y negó con la cabeza.

– No -susurró-. Yo… no. -Echó la barbilla hacia delante en un testarudo ángulo-. Tendremos que asegurarnos de que el señor Stanton nos visite. Seguro que accede, si ambos se lo pedimos, mamá.

Catherine le dio unas palmaditas en la mano y a continuación se levantó.

– Quizá -murmuró, a sabiendas de que en ningún caso haría extensiva esa invitación y odiándose por dar a Spencer una mínima esperanza. Su aventura tenía que terminar. De forma permanente. Y eso significaba que en cuanto Andrew regresara a Londres el fin de semana, no volvería a visitar Little Longstone.

Andrew avanzó dibujando un lento círculo, supervisando las paredes y el suelo dañados del museo, los espacios vacíos donde el cristal debería haber brillado. Cerró las manos con fuerza en un gesto perfectamente idéntico al de su tensa mandíbula mientras la ira hacía que le palpitase el cuerpo entero. «Bastardos. Por Dios que serán unos heridos y ensangrentados bastardos si alguna vez les pongo la mano encima.»

– Como puede ver, todos los cristales rotos ya se han barrido -informó Simon Wentworth-. El cristalero estará aquí en menos de una hora para hablar con usted sobre las nuevas ventanas. He contratado a seis hombres más para ayudar con las reparaciones del suelo y de las paredes que, como puede ver, son importantes.

Andrew asintió, soltando un largo suspiro.

– El término «importantes» no basta para describir todo este desastre.

– Estoy de acuerdo con usted. El modo en que han acuchillado la madera… en fin, lo cierto es que verlo me produce escalofríos. Arrebatos de violencia, si quiere saber mi opinión. Odiaría tener que vérmelas con los rufianes que han hecho esto.

A Andrew se le tensó la mandíbula. «A mí me encantaría encontrarme con los rufianes que han hecho esto.»

– ¿Cuánto llevará completar las reparaciones?

– Al menos ocho semanas, señor Stanton.

Maldición. Eso suponía otros dos meses de salarios de obreros a pagar, dos meses más de alquiler del espacio de almacenaje de los artículos del museo, por no mencionar los dos meses de retraso que eso representaba para la fecha de apertura. Ni el exorbitado coste de los materiales. Sabía exactamente cuánto había pagado por las ventanas, las paredes y los suelos la primera vez.

– ¿Alguna noticia de los inversores? -preguntó Andrew.

Simon se estremeció.

– Me temo que las malas noticias corren como la pólvora. El señor Carmichael, lord Borthrasher y lord Kingsly, así como la señora Warrenfield, han enviado notas exigiendo verle hoy mismo. Lamento decirle que el lenguaje de las cartas resulta declaradamente frío. Le esperan en su escritorio.

Andrew contuvo la ira y se obligó a concentrarse en los asuntos que requerían su atención más inmediata. Obviamente, la señora Warrenfield, el señor Carmichael, lord Borthrasher y lord Kingsly ya no estaban tomando las aguas en Little Longstone y habían regresado a Londres. Lord Borthrasher ya había hecho una cuantiosa inversión a la que estaba planteándose añadir una suma significativa, mientras que los otros tres estaban a punto de donar fondos. De hecho, el éxito del museo dependía de asegurar ese dinero…

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