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Электронная книга - «Lola Lo Revela Todo». Краткое содержание книги:

Cuando la ex modelo Lola Carlyle se entera de que unas fotos suyas muy privadas están colgadas en Internet, decide esconderse en un lugar soleado y?eso cree? seguro, hasta que las habladurías se apaguen. Todo va bien en el yate en el que Lola intenta relajarse, hasta que un hombre que asegura llamarse Max Zamora y trabajar como agente secreto del gobierno se apodera de la embarcación. Su cobertura ha fracasado y debe ocultarse de los hombres que lo persiguen. Lola no le es desconocida: la ha visto, casi desnuda, en las portadas de las revistas de moda. Es más hermosa y sexy en persona, pero el problema es que cuando se enfada resulta insoportable…
Esta extraña pareja se encontrará a la deriva en medio del océano, mientras la temperatura sube sin control…
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La puerta de la sala de conferencias se abrió, y la ayudante de Lola, Wanda, se acercó a ella.

– Hay un caballero que desea verte -le susurró al oído-. Dice que no se irá hasta que hables con él.

Lola imaginó que el caballero en cuestión podía ser uno de dos: o bien Sam, su ex novio, cuyas numerosas llamadas telefónicas no había contestado, o bien el diseñador gráfico con quien tenía que encontrarse en breve.

– ¿Te ha dicho su nombre?

– Sam.

Lo primero que pensó Lola fue que Sam había descubierto que ella estaba relacionada con la desaparición de las fotos. Pero si ése fuera el caso, sería la policía quien estaría allí y no él. Después se le ocurrió que quizás él hubiese encontrado algo nuevo para utilizar en su contra, en cuyo caso Lola tenía dos opciones: despacharlo rápidamente o pedir a los guardias de seguridad que lo echaran. Lola se tomó un momento para repasar las opciones y decidió que lo mejor era escuchar lo que él venía a decirle, sólo por si él tenía preparada alguna sorpresa desagradable o algún chantaje. Hacía tiempo que había aprendido que Sam era capaz de todo.

– Acompáñalo a mi despacho -le dijo a Wanda, mientras se ponía en pie y se excusaba de la reunión.

«No puede hacerme más daño», se dijo, pero cierta aprensión le hizo un nudo en el estómago mientras atravesaba el pasillo en dirección a su despacho. Antes de entrar, echó un vistazo al vestido blanco de ganchillo y desplegó la agradable sonrisa que había perfeccionado con los años. Sam no la vería sufrir. Cuando entró en la habitación, le encontró esperándola.

– Sam -dijo, dejando la puerta abierta por si acaso-. ¿Qué te trae por Carolina del Norte?

Él guardó silencio por un largo instante y se limitó a mirarla. Iba un poco más desaliñado de lo que ella recordaba. Quizás ahora que ya no hacía dinero a su costa no podía permitirse mandar almidonar las camisas. Quizás él mismo había tenido que planchar esa arruga en los pantalones de gabardina. El pelo rubio le caía hasta el cuello de la camisa, un poco revuelto y estratégicamente descuidado. Antes Lola lo encontraba guapo y excitante. Creía que lo había amado, pero lo que había sentido por él ni siquiera se acercaba a lo que sentía por Max. Lo que siempre sentiría por Max.

Sam habló y ni siquiera se preocupó de disimular el enfado en su voz.

– Entraste en mi casa -dijo.

– No parece que la policía piense lo mismo.

Lola pasó por su lado y se quedó de pie detrás de su mesa de trabajo, el lugar donde siempre se sentía poderosa y con el control en las manos. Cuando había empezado su negocio, Sam había sido una de las personas que le habían dicho que estaba cometiendo un error. Ahora, rodeada por las pruebas de su éxito, sintió que se relajaba un poco. Podía con cualquier cosa que Sam le dijera.

– Estoy segura de que sabes que yo estoy fuera de toda sospecha -añadió.

– Eso no significa que no hayas contratado a alguien para que entrara en mi casa, destruyese mis posesiones y me robara.

Lola cruzó los brazos, esperando a ver si él tenía alguna bomba que lanzarle.

– Claro, y eso habría sido traicionero y turbio. Un poco como lo que hiciste tú al colgar esas fotografías en la página de Internet. Pero yo no entré en tu casa -le dijo, lo cual era una verdad a medias. Era Max quien había hecho el trabajo; ella sólo lo había seguido alegremente-. Tengo un testigo.

– Sí, me he enterado. Estabas con tu nuevo novio.

¿Había sido Max alguna vez su novio? No, había sido mucho más que eso. Durante un periodo muy breve, se había convertido en su vida.

Aguardó a que Sam dijera algo más. A que le pusiese la zancadilla de alguna forma. A que expresara el objetivo de su visita, pero como no lo hizo, ella preguntó:

– ¿De qué se trata?

El silencio se prolongó y, por la expresión de su cara, Lola se dio cuenta de que no había nada más. Ninguna otra fotografía. Nada que pudiera hacerle daño.

Pero él lo intentó de todas formas; dijo la única cosa que podría sacarla de sus casillas:

– A tu novio le deben de gustar las mujeres gordas.

De repente la sonrisa de Lola se volvió sincera, y se echó a reír. Sam siempre había querido que ella fuera delgada, insegura y que estuviera enferma, necesitada. Lola ya no era alguien a quien le importara lo que Sam pensara, y ahora que había perdido esas fotos, ni siquiera tenía el poder de hacerla enfadar. Lola sacudió la cabeza.

– Le gusta mi cuerpo tal como es.

Le había dicho la verdad. El problema con Max no tenía nada que ver con su peso ni con su aspecto. Sólo con mirarla, la hacía sentir deseada y hermosa. Lo que ocurría no tenía nada que ver con la debilidad ni con la necesidad de que un hombre la cuidara; sólo con la necesidad de Max de arriesgar el pellejo.

Sam no dijo nada, así que Lola arqueó una ceja.

– ¿Has conducido hasta aquí sólo para acusarme de haber entrado en tu casa y para insultarme?

– Sólo quería que supieras que no me engañas. Sé que tienes algo que ver con eso.

– Ahora ya me lo has dicho. -Lola pulsó uno de los botones del teléfono-. Wanda, llama a seguridad, por favor. Nuestra visita necesita que le indiquemos el camino de salida.

– ¿Me estás echando?

– Pues sí. -Lola soltó el botón-. Y si vuelves otra vez, voy a denunciarte por acoso.

Mientras observaba a Sam irse, Lola se sintió verdaderamente libre de él de una vez por todas.

Ojalá fuera tan fácil deshacerse de sus sentimientos hacia Max, pensó mientras regresaba a la sala de conferencias. Pero dudaba que alguna vez pudiera olvidarlo totalmente.

Acababa de sentarse otra vez cuando Wanda los interrumpió de nuevo.

– Hay otro caballero que quiere verte. Éste no quiere dar su nombre -continuó Wanda-, pero me ha pedido que te diga que si no lo recibes pronto, requisará a tu perro.

Lola habría sentido cómo el corazón se le paraba y se le aceleraba al mismo tiempo, si tal cosa fuese posible.

– ¿Llamo a Seguridad?

Como si Seguridad pudiera detener a Max Zamora.

– No. -Lola se puso de pie y cerró la carpeta que tenía encima de la mesa-. Vamos a hacer un descanso de quince minutos -propuso-. Acompaña al señor Zamora a mi oficina -dijo mientras ella y Wanda se dirigían hacia la puerta.

– Me temo que ya se encuentra en tu oficina.

– Por supuesto que sí -dijo Lola en voz baja mientras recorría el pasillo.

De nuevo, se detuvo ante la puerta antes de entrar y respiró hondo. Tratar con Max iba a ser mucho más difícil que tratar con Sam. Se puso una mano sobre el estómago revuelto y entró. Allí estaba. De espaldas a ella, tan alto e impresionante como siempre.

Llevaba una camisa azul de seda y unos pantalones caquis; el aire procedente del ventilador del techo no conseguía moverle un solo cabello. Al oír la puerta, Max se dio la vuelta y su mirada se cruzó con la de Lola a través de la habitación.

– Hola, Lola -le dijo.

No tenía ninguna herida en el apuesto rostro, y Lola exhaló un suspiro de alivio mientras la cálida mirada de Max le recorría el cuerpo antes de volver a posarse en sus ojos.

– ¿Qué es eso que llevas puesto? ¿Un tapete?

Como siempre, el sonido de su voz provocó una ola de calor en el cuerpo de Lola. Estaba vivo, pero se le veía cansado. Le parecía tan guapo que tuvo que refrenar el impulso de cruzar la habitación corriendo y lanzarse a sus brazos. Lola reclinó la espalda en la puerta cerrada y se apoyó en el pomo de la puerta.

– ¿Qué haces aquí, Max?

– He venido a buscarte.

Lola no quería hablar con él, especialmente a solas. No confiaba en él, pero confiaba menos aún en sí misma. Bajó la vista hacia sus sandalias, pues no podía mirarlo a los ojos por miedo a que los suyos la traicionaran y le rogasen que la amase sin condiciones. Temía aceptar cualquier cosa, sin importarle que pudiera destrozarla.

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