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Электронная книга - «Lola Lo Revela Todo». Краткое содержание книги:

Cuando la ex modelo Lola Carlyle se entera de que unas fotos suyas muy privadas están colgadas en Internet, decide esconderse en un lugar soleado y?eso cree? seguro, hasta que las habladurías se apaguen. Todo va bien en el yate en el que Lola intenta relajarse, hasta que un hombre que asegura llamarse Max Zamora y trabajar como agente secreto del gobierno se apodera de la embarcación. Su cobertura ha fracasado y debe ocultarse de los hombres que lo persiguen. Lola no le es desconocida: la ha visto, casi desnuda, en las portadas de las revistas de moda. Es más hermosa y sexy en persona, pero el problema es que cuando se enfada resulta insoportable…
Esta extraña pareja se encontrará a la deriva en medio del océano, mientras la temperatura sube sin control…
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Lola se dirigió al lavabo, abrió las puertas, encendió la luz y se dijo que no iba a llorar. Se sentía herida y le dolía el pecho, pero con enorme alivio se dio cuenta de que estaba demasiado enfadada para llorar. Y se sentía como una estúpida por haber expresado sus sentimientos.

– Lo mínimo que puedes hacer es dar las gracias -continuó Lola mientras rebuscaba entre sus cosas-. Eso es lo que yo siempre he hecho cuando me he encontrado en tu situación. Cuando alguien se comporta como un estúpido y me dice que me quiere y yo no le correspondo. -Lola descolgó una bata de seda negra de la percha y se la puso. Ya le habían roto el corazón en alguna otra ocasión, pero nunca se había sentido así-. Y para que lo sepas -prosiguió dándose la vuelta y anudándose el cinturón de la bata a la cintura-, me enamoré de ti antes de tu actuación de esta noche. Me enamoré de ti por muchas cosas que no tienen nada que ver con el sexo.

Max estaba sentado con los codos sobre las rodillas y la cabeza entre las manos.

– Yo no creo que seas estúpida, Lola -dijo en voz tan baja que Lola casi no le oyó.

– Olvídalo. -Lola se giró hacia la puerta del lavabo-. Olvida lo que te he dicho. Lo retiro.

Justo cuando Lola abrió la puerta, Max se colocó detrás de ella y la cerró. Con la mano apoyada a la altura del rostro de Lola, Max le dijo cerca del oído:

– No puedes retirarlo ahora.

– Sí, sí puedo.

– No. -Max apoyó todo su cuerpo contra el de ella, presionándola contra la puerta-. Te he oído. -Lola notó el cálido aliento de Max en la sien-. Me amas, Lola. No dejaré que lo retires. Nunca podrás retirarlo.

Algo en la voz de Max aplacó el enfado de Lola: un profundo anhelo, un ruego mudo que se percibía en su tono, no en sus palabras. Se percibía en la mano con que le acariciaba su cadera y el vientre.

– No te vayas. -Max apoyó la cabeza contra la puerta-. Soy un idiota, lo sé, pero no te vayas, Lola.

– No pensaba irme a ningún sitio. Sólo iba a buscar mi maleta.

– Ah. -Max se apartó un poco y Lola lo miró.

– Pero es gracioso. Cuando has creído que me iba, has saltado de la cama como un rayo.

– Ha sido un calambre.

– Claro. Creo que te importo más de lo que estás dispuesto a reconocer. Creo que estás asustado. Yo también lo estoy.

– ¿Qué es lo que te asusta?

Lola lo miró a los ojos.

– Que me he enamorado de ti -respondió- y que lo nuestro no tiene futuro. Que has aparecido de repente en mi vida hace muy poco tiempo. Que todo ha ido demasiado rápido y que te marcharás de la misma forma en que apareciste. Un día me daré la vuelta y te habrás ido.

Max sacudió la cabeza y respiró con fuerza.

– Mira, yo no sé qué va a suceder mañana, o pasado, o la semana que viene. Sólo sé que cuando no estoy contigo pienso en ti. Nunca había deseado tanto a una mujer como te deseo a ti. Y no es sólo algo físico. -Max le puso las manos a ambos lados del rostro-. Me gusta el olor de tu piel y el tacto de tu cabello entre mis dedos. Me gusta tu coraje y tu tenacidad. -Max apoyó su frente en la de ella-. Me gusta estar contigo, y juntos estamos bien. Y creo que cada vez estaremos mejor.

«Sí, pero ¿por cuánto tiempo?», quiso preguntar Lola. Al imaginar a Max solo en algún lugar, expuesto a los golpes o las balas de los malos, se le caía el alma a los pies, pero ¿qué podía hacer al respecto? No podía detenerle, del mismo modo que no podía evitar amarlo.

– No quiero dejarte ir -le dijo Max en un susurro-. Lo he intentado y no puedo. Sólo de pensarlo me pongo enfermo.

– Pues no me dejes ir.

– No es tan sencillo.

– Lo sé. -Entonces, Lola confesó su mayor miedo-: Me he enamorado de un hombre que se pone en peligro como si su vida no valiera nada. Pero tu vida significa algo para mí, Max, y no sé cuánto tiempo podré soportarlo.

Max cerró los ojos y suspiró con fuerza. Cuando volvió a abrirlos, su mirada estaba llena de pasión. Acercó los labios a los de Lola y la besó, porque no había nada más que decir. Max no era un hombre que hiciera promesas que no fuera a cumplir. Le arrancó la bata negra, y a Lola le pareció qué la acariciaba por todas partes al mismo tiempo. Max le mostró su adoración con manos y labios, y la llevó a la cama. Le hizo el amor otra vez, pero de forma más desesperada, casi frenética, como si al retenerla en el lecho mantuviera al mundo alejado de ellos.

Y funcionó. Entre sus brazos, enredada entre las sábanas que conservaban el olor de Max, no existía nada más. Con la sola fuerza de su voluntad, Max lograba evitar que la realidad se interpusiese entre ellos.

Pero ¿por cuánto tiempo?

CAPÍTULO 16

Dos días después de entrar en la casa de Sam, Lola y Max fueron interrogados por separado por la policía de Baltimore. Lola no llevaba todavía veinticuatro horas en casa cuando tuvo que llamar a su abogado y encontrarse con él en la comisaría de Durham. Max y su abogado contestaron a las mismas preguntas en Alexandria, pero como no había pruebas que relacionaran a ninguno de los dos con el delito, ambos fueron liberados.

Los problemas con Sam por fin habían terminado. Se habían solucionado, tal como Max le había prometido. Max era su héroe, pero amarlo era al mismo tiempo lo mejor y lo peor que le había sucedido jamás. Y día tras día se enamoraba más de él. Pasaban juntos todos los fines de semana, y a cada hora Lola se perdía más y más en el placer que la invadía al estar con él. El placer que le ofrecían sus cálidos labios y sus fuertes manos. El potente pecho de Max contra sus pechos. Envuelta en la calidez de Max, Lola se sentía segura y protegida, como si nada malo pudiera suceder mientras estuviesen juntos. Cada vez que Max le daba un beso de despedida, la abrazaba con más fuerza que la vez anterior. La retenía más cerca, como si intentara absorberla al máximo.

Max no le había dicho que la amaba. Todavía no. Sólo hacía tres semanas que ella le había confesado que lo quería, pero Lola estaba convencida de que Max le correspondía. Ningún hombre podía mirar a una mujer y acariciarla como Max sin estar enamorado. A pesar de eso, Lola deseaba escuchar esas palabras de sus labios.

Durante la semana, cuando no podían estar juntos, Max la telefoneaba cada noche y, de día, mientras Lola se encontraba en el trabajo. Algunas veces sólo le preguntaba si estaba diseñando lencería comestible.

– ¿Tienes hambre, Max? -le preguntaba Lola.

– Sí -respondía invariablemente-. Tengo hambre de ti.

Al cabo de muy poco tiempo, Lola sólo vivía para recibir sus llamadas aunque las temía en igual medida. Cada vez que recibía una, Lola tenía miedo de que Max le anunciara que se iba a Bosnia, Afganistán o Irak, aunque suponía que no le revelaría su destino.

La vida que Max había elegido estaba fuera del control de Lola. Ella nunca le pediría que cambiara por ella. Sólo podía esperar que, a causa de los problemas que Max había tenido en Nassau, el Gobierno le hubiera quitado la tabla de códigos y hubiera tachado su nombre de su agenda secreta.

Lola sabía que Max llevaba un buscapersonas en todo momento, pero tenía la esperanza de que el Gobierno hubiera perdido el número. Aun así, en lo más hondo, Lola sabía que era sólo cuestión de tiempo que el busca sonara. No tenía la menor duda de que eso sucedería.

Por desgracia sucedió antes de que Lola estuviera preparada para ello, durante el desayuno, un fin de semana en que Baby y ella habían ido a verlo. Max le había tostado un bollo y había preparado café, y habían planeado pasar el día arrancando el papel de la pared de la cocina. Lola le había llevado una foto de ella con Baby en un marco de plata que tenía galletas de perro grabadas. Había traído la cámara para hacerle algunas fotos a Max y sacar una de los tres juntos: ella, él y Baby. Como una familia de verdad.

Lola no tuvo oportunidad de hacer la foto. El busca sonó mientras él tomaba su segunda taza de café y le daba a Baby un trozo de bollo. Las miradas de ambos, sentados a la mesa de la cocina, se cruzaron, y Lola lo supo. Ya estaba.

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