Lola Lo Revela Todo
- Автор: Гибсон Рэйчел
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Lola Lo Revela Todo». Краткое содержание книги:
Esta extraña pareja se encontrará a la deriva en medio del océano, mientras la temperatura sube sin control…
– ¿Amigos? Dios, ¿es que me torturas a propósito?
Lola contempló su rostro, su cabello negro, sus cejas, el profundo surco que tenía encima del labio superior y sus hermosos labios.
– ¿Estar conmigo es una tortura?
– Sí -contestó él con la voz ahogada.
Lola retrocedió un paso, pero Max la atrajo hacia sí.
– Estar cerca de ti es la peor de las torturas -le dijo al oído-. Estoy obsesionado contigo, con el olor de tu pelo y el tacto de tu piel. Cuando te me acercas tengo miedo de perder el control.
No era una declaración de amor, pero se le aproximaba tanto que Lola concibió una esperanza y sintió una profunda calidez en el corazón.
– Quiero que pierdas el control.
Max le acarició la espalda desnuda por encima del top.
– Cariño, eso es algo que no puedes querer.
– Estás equivocado. -Lola le besó el cuello-. Quiero que pierdas el control y que me lleves contigo.
– No quiero hacerte daño. -Max le puso la mano en la mejilla y se apartó un poco para mirarla a la cara-. Me temo que una vez no será suficiente. Que no voy a ser capaz de dejar de amarte hasta que uno de los dos muera.
Lola le agarró la muñeca y le besó la palma de la mano. De repente, le dio un mordisco.
– Eso suena bien, Max -susurró.
Max tomó la barbilla de Lola con los dedos, le levantó el rostro y bajó los labios hasta los suyos. La lengua húmeda de Max invadió la boca de Lola e incendió sus venas con un ardor que le llegó hasta la boca del estómago. Lola enredó los dedos en el pelo de Max y le sujetó la cabeza. De pie allí, en el salón a medio amueblar, Lola detectó el instante en que Max perdió el control. El beso fue más caliente, más húmedo. La besó como si sólo de ella pudiera obtener el aire necesario para sus pulmones. Sus manos recorrieron todo su cuerpo y llegaron a todas las zonas posibles: los brazos de Lola, su cintura y su espalda, por encima y por debajo del top. Su trasero y sus caderas. La acarició por encima de la falda hasta que, finalmente, le abrió la cremallera y la falda se deslizó por las piernas de Lola hasta sus pies.
Un profundo gemido salió del pecho de Max. Éste apartó los labios de los de Lola y las miradas de ambos, encendidas, se cruzaron. El único sonido que llenaba la quietud del aire era la agitada respiración de los dos.
Max agarró el top de Lola por la parte inferior y se lo quitó por la cabeza.
– ¿Esto es lo que quieres? -le preguntó mientras arrojaba el top al suelo.
– Sí.
Lola le sacó el faldón de la camisa de la cintura de los pantalones y también se la quitó por la cabeza. La camisa de Max cayó encima de la de Lola, que recorrió su pecho desnudo con las manos, enredando los dedos en el fino vello. Lola apartó a un lado la fría cadena de oro de Max, llevó los labios a su cuello y chupó con fuerza.
– Entonces, agárrate fuerte -le dijo Max, y acto seguido se agachó y, con el hombro a la altura del vientre de Lola, se la echó a la espalda y se irguió, como si ella no pesara nada-. Esto se va a poner movidito.
– Max, ¿qué haces?
– Llevarte a la cama antes de que pierda el control del todo y te tumbe en el suelo.
– Puedo andar -protestó ella mientras Max la llevaba a la habitación.
Primero uno y luego el otro, los zapatos cayeron al suelo.
– No por mucho tiempo -le contestó Max, y le dio un beso en la nalga desnuda.
Lola le puso las manos en la rabadilla mientras él la transportaba escaleras arriba, pasaba de largo de una serie de puertas cerradas y llegaba a la habitación del fondo de la casa. Entraron y Max cerró la puerta de un puntapié. La luz de la luna penetraba por la gran ventana arqueada y caía sobre la cama de hierro forjado cubierta por un edredón de cuadros. Max dejó a Lola de pie en el suelo y ella quedó frente a él, vestida únicamente con su bustier púrpura y el tanga.
Durante un interminable instante, Max no dijo nada. Sólo la miró con ojos hambrientos mientras tiraba su billetero y el buscapersonas sobre la mesita de noche. Luego se desató los cordones de las botas y se las quitó.
– Menos mal que no sabía qué llevabas debajo de la ropa cuando estábamos en el bar -Max se bajó los pantalones hasta los pies y los empujó a un lado-. Ya me resultaba bastante difícil tener las manos quietas y no bajarte ese top para ofrecerle un inolvidable recuerdo a Scooter.
Lola miró los lazos de satén de su bustier.
– ¿Te gusta?
– Sí. -Cuando Lola levantó la vista, Max se encontraba completamente desnudo y se dirigía hacia ella-. Me gusta, y me gustas tú.
Lola se estremeció cuando Max la sujetó contra su cálido cuerpo y apretó su pene caliente contra su vientre desnudo.
Max hundió los dedos en el cabello de Lola y tiró de su cabeza hacia atrás. Le besó los labios, el cuello y los labios otra vez. Entre beso y beso, Max murmuraba las cosas que quería hacerle. Cosas que la habrían hecho sonrojar de no ser porque lo deseaba tanto. Eran palabras tan explícitas que Lola no pudo evitar que su cuerpo se arqueara contra el de él. Max introdujo el muslo entre las piernas de ella y arrimó la rígida erección a su entrepierna.
– Max -susurró Lola al sentir que él se apretaba contra ella y que toda su sensibilidad se concentraba y se humedecía detrás de la barrera de seda que todavía la separaba de él.
Las rápidas manos de Max desabrocharon los corchetes del bustier de Lola, uno a uno, hasta que sus pechos quedaron libres. Antes de que el bustier llegara al suelo, las manos de Max estaban sobre ella. Tocándola, poseyéndola, friccionando un pezón con la palma de la mano. La boca de Max la colmaba de besos apasionados y hambrientos mientras aferraba la parte trasera de su muslo con una mano para que le rodease la cintura con la pierna. La erección de Max presionaba el tanga, ahora empapado de deseo por él. Max llevó las dos manos a las nalgas desnudas de Lola, apretándola contra su cuerpo, pegando los pechos de ella al pecho de él.
Sin separar las manos del trasero de Lola, Max la llevó hasta la cama y ambos se dejaron caer en ella. Max quedó encima de Lola, inmovilizándola con su peso y su deseo. Max le puso las manos en los hombros, se incorporó un poco y la miró con ojos hambrientos. La medalla de oro colgaba entre ambos y rozaba la barbilla de Lola. Lola rozó con las uñas los tensos músculos del vientre de Max, del abdomen y del pecho, hasta las tetillas planas y oscuras. Max exhaló con fuerza al sentir los dedos de Lola frotando su pecho.
– Tienes un cuerpo hermoso, Max.
Lola lo empujó hasta que Max quedó boca arriba, debajo de ella, y lo miró a la cara, a los ojos azules, entrecerrados por la pasión. Max tenía la mandíbula apretada y los labios húmedos de los besos de Lola.
– Mirarte me pone caliente y hambrienta.
Lola se inclinó hacia delante, y sus tetas rozaron el pecho de Max mientras Lola le lamía el lóbulo de la oreja.
– Me dan ganas de morderte en todas partes.
En un instante, Max cambió de posición y Lola se encontró otra vez debajo de él, con los ojos fijos en los suyos.
– Esta noche me toca a mí morderte en todas partes. -Max besó sus párpados, su nariz y su mandíbula-. Y voy a empezar por aquí.
Max empezó a besarla en el hoyuelo del cuello y fue bajando. Pasó los labios mojados por el pecho de Lola y lamió la punta con la lengua caliente. Lola percibió el gemido de excitación y deseo que nació en el pecho de Max. Max chupó uno de los duros pezones rosados, apretó ambos pechos con las manos y hundió los labios entre ellos. Continuó besándola en el estómago, el ombligo y el bajo vientre. Cuando llegó al tanga, lo deslizó por sus piernas y lo tiró al suelo.
Max se colocó entre los muslos de Lola y le dio un beso húmedo en la parte superior del vello púbico. Una corriente recorrió el cuerpo de Lola. El tacto de Max parecía distinto de cuando habían hecho el amor la última vez. Más íntimo. Más posesivo. Lola notaba el contacto con él de forma más profunda, y esa sensación la llenaba y le crecía en el pecho. Lola se sentía a punto de levitar.