Lola Lo Revela Todo
- Автор: Гибсон Рэйчел
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Lola Lo Revela Todo». Краткое содержание книги:
Esta extraña pareja se encontrará a la deriva en medio del océano, mientras la temperatura sube sin control…
Max, que sólo llevaba unos calzoncillos largos de color blanco, se levantó y se dirigió a su despacho, instalado en la parte trasera de la casa. En cuanto Lola oyó el sonido de la puerta que se cerraba, el estómago se le encogió y se sintió enferma. La sangre se le acumuló en la cabeza y el corazón se le aceleró. Notaba una opresión en el pecho y era incapaz de reposar la vista en ningún lugar de la cocina. Ni en la cafetera, ni en la batidora, ni en el abridor magnético pegado a la puerta de la nevera. Tampoco en el papel de pared que no iban a cambiar.
Cuando Max reapareció, llevaba una bolsa de lona y su mochila. Una amarga sonrisa le deformaba los labios, y Lola vio en ella confirmada su peor pesadilla. Antes de que Max abriera la boca, Lola sabía qué iba a decir.
– Tengo que irme, y no sé cuándo volveré.
Lola tomó a Baby en brazos y se levantó.
– Ni cuándo ni si volverás, querrás decir.
– Hablaremos cuando vuelva.
Lola sacudió la cabeza. Desde el principio se había preguntado qué haría cuando llegara ese momento.
– No puedo hacer esto, Max. Te quiero, pero no puedo vivir así. No esperaré a que vuelvas.
– No hagas eso, Lola. Podemos conseguir que esto funcione.
Max dejó las bolsas en el suelo y se dirigió hacia ella. Lola le detuvo con un gesto de la mano.
– No -respondió, aunque su corazón le pedía que le echase los brazos al cuello, que lo abrazara y nunca le dejase marchar-. No comprendo por qué tienes que irte -le dijo, en un tono sorprendentemente tranquilo-. Sólo sé que te vas. No voy a pedirte que te quedes, Max. No voy a pedirte que te quedes por mí. Nunca te pediría eso. Además, sé que no lo harías. Y eso es algo que no comprendo. Quizá porque te quiero. Quizá porque tú no me quieres de verdad -acabó Lola, enfrentándose a la posibilidad de que él realmente no la amara, de que sus propios deseos la hubiesen llevado a creer que en sus besos había más de lo que Max sentía, más de lo que nunca sentiría-. Quizá si yo fuera una persona más fuerte soportaría verte marchar sin saber si te pegarán, te torturarán o te dispararán. Si morirás en un país del Tercer Mundo, solo, sin nadie que te coja de la mano. -La voz se le quebró y Lola meneó la cabeza-. No soy tan fuerte, y no quiero pasar por esto una y otra vez sólo para que tú puedas satisfacer esa necesidad de arriesgar tu vida por gente a quien no conoces y por un gobierno que te arrestó por un delito que no cometiste, sólo para deshacerse de ti.
– No te vayas así, Lola. -Max le acarició el cabello. Su expresión angustiada se le clavó en el alma a Lola-. Hablaremos cuando vuelva. Por favor, quédate.
– Dime algo que me convenza de que me quede.
Max suspiró, despacio. Bajó las manos.
– Te quiero.
No era justo. Ésas eran las palabras que ella había estado esperando escuchar. Ahora le atravesaron el corazón, destrozándoselo. Lola estaba casi segura de que Max no le había dicho eso a ninguna otra mujer antes, pero no era suficiente. Sentía lástima por él. Sentía lástima por sí misma. Sentía lástima por la vida que nunca compartirían.
– Me merezco algo más. Merezco a un hombre que me ame lo suficiente para desear envejecer conmigo.
– No es tan sencillo…
– Sí lo es, Max.
– ¡No! -Max cerró los puños-. Me estás pidiendo que abandone mi vida por ti. Me estás pidiendo que me convierta en alguien distinto de quien soy.
– No te estoy pidiendo que hagas nada. Te estoy diciendo que te quiero demasiado para contemplar cómo te dejas matar.
– No voy a morir, Lola.
– Sí, sí vas a morir. Quizá no esta vez, pero vas a morir. Y no pienso pasarme la vida preguntándome si hoy va a ser ese día.
Lola miró por última vez sus hermosos ojos azules y se obligó a salir de la habitación, dejando a Max de pie en la cocina asegurándole que la amaba y pidiéndole que se quedara. Alejarse de él era lo más difícil que había hecho jamás.
Con su perro contra el pecho, Lola subió las escaleras hasta la habitación de Max y recogió su bolso de viaje de Louis Vuitton. Su corazón herido le imploraba que se quedara, porque vivir con él era mejor que vivir sin él, así que Lola se vistió deprisa. Casi esperaba oír los pasos de Max subiendo la escalera para decirle que había cambiado de opinión o para pedirle otra vez que se quedase con él. Pero no los oyó.
Antes de irse, echó un último vistazo a la habitación. Miró la cama grande con el edredón a cuadros. En la cómoda había una foto de Max cor su padre en un porche desvencijado, de la que colgaba un rosario. Al lado, había una foto de Lola con Baby. El conjunto resultaba triste y solitario; Lola dio media vuelta, salió de la habitación y bajó las escaleras. Max estaba en el salón, con la vista fija en la ventana.
Con los ojos secos, Lola observó por última vez la cabeza y los hombros de Max, que estaba de espaldas. Si él se hubiera girado y la hubiese mirado, no estaba segura de que hubiera tenido la fuerza suficiente para salir por la puerta.
– Adiós, Max -se despidió.
Pero él no la miró, y, con las rodillas y las manos temblorosas, Lola salió de la casa. Dejó el bolso y a Baby en el asiento del copiloto del BMW, subió y lo puso en marcha. Sin volver la vista atrás, Lola se alejó. No lloró hasta que hubo recorrido ochocientos metros. No perdió la compostura hasta que llegó a Fredericksburg.
Tuvo que salir de la autopista y detener el coche en el aparcamiento de un hotel Best Western.
Las lágrimas le bajaban por las mejillas, así que puso las manos en el volante y se dejó ir. Unos fuertes sollozos le agitaban el pecho y le desgarraban el corazón.
Hasta ese momento, Lola no había sabido que el amor podía doler tanto. Lola había estado enamorada antes, pero no de esa forma. Nunca antes se había sentido como si la hubieran partido en dos.
Lola no supo cuánto tiempo había permanecido en el coche cuando se dio cuenta de que no podía hacer el trayecto de cuatro horas hasta casa. La cabeza le dolía y le picaban los ojos, todavía arrasados en lágrimas. Sacó las gafas de sol del bolso y se dirigió al Best Western. Ella y Baby alquilaron una habitación cercana a la máquina de hielo y Lola encendió el televisor en busca de distracción. Pero no había nada que la distrajera del dolor de perder a Max. Si hubiese creído que Max estaba todavía en casa, lo habría llamado y le habría dicho que no quería hacerlo. Que había cambiado de opinión, que se quedaría con él bajo cualquier circunstancia durante el tiempo que fuera necesario. Pero Lola sabía que no estaba en casa, y sabía también que si ella no cortaba por lo sano ahora, esa escena se repetiría una y otra vez.
Baby gimió y le lamió la cara, como si también lamentara la pérdida de Max y se sintiese perdido y vacío. Lola se tumbó en la cama y se rodeó el cuerpo con los brazos. Ese horrible vacío le había abierto un hueco en el estómago, así que alcanzó la guía de teléfono, buscó en las páginas amarillas y marcó un número.
– Es para hacer un pedido -dijo, ahogando un sollozo-. Quisiera media pizza «enamorados», una ración de bastoncillos y una ración pequeña de alitas de pollo. ¿Tienen Pepsi light?
Media hora después, Lola estaba sentada a la pequeña mesa, al lado de las cortinas cerradas, dándose un reconfortante atracón. Se había comido dos trozos de pizza, tres bastoncillos y la mitad de las alas de pollo cuando apartó la comida a un lado.
No le ayudaba en nada. Sólo la hacía sentir peor. Una vieja y familiar vocecilla insistió en que vomitara toda esa comida, pero ella la hizo callar.
Baby saltó a la mesa y hurtó algunas lonchas de salami. Lola no fue capaz de reñirlo. Comprendía su dolor.