Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне

Электронная книга - «Lola Lo Revela Todo». Краткое содержание книги:

Cuando la ex modelo Lola Carlyle se entera de que unas fotos suyas muy privadas están colgadas en Internet, decide esconderse en un lugar soleado y?eso cree? seguro, hasta que las habladurías se apaguen. Todo va bien en el yate en el que Lola intenta relajarse, hasta que un hombre que asegura llamarse Max Zamora y trabajar como agente secreto del gobierno se apodera de la embarcación. Su cobertura ha fracasado y debe ocultarse de los hombres que lo persiguen. Lola no le es desconocida: la ha visto, casi desnuda, en las portadas de las revistas de moda. Es más hermosa y sexy en persona, pero el problema es que cuando se enfada resulta insoportable…
Esta extraña pareja se encontrará a la deriva en medio del océano, mientras la temperatura sube sin control…
1 ... 53 54 55 56 57 58 59 60 61 ... 64
Перейти на страницу:

– Seguro que ha ganado ese dinero con mis fotos -dijo Lola alisándose la falda.

Se puso de rodillas encima del asiento y, mostrándole el trasero cubierto con la piel de pitón, se inclinó sobre la parte trasera y guardó su ropa en la maleta. Luego la cerró, se giró y volvió a arreglarse la falda, aunque no había gran cosa que arreglar. Se calzó los zapatos y bajó la visera del copiloto para mirarse en el espejo.

– Creo que de todo esto tiene que salir algo bueno -comentó mientras se atusaba el pelo con los dedos.

– ¿Llevas un tanga?

– ¿Has estado mirando?

– ¿Mirando? Hablas como si no hubieses hecho todo lo posible por enseñármelo.

Lola colocó la visera en su lugar y se volvió hacia él.

– Yo no te he enseñado nada.

Por supuesto, tampoco había hecho el menor esfuerzo por no enseñarle nada.

– Prácticamente me lo has restregado por la cara.

– Eres un retorcido.

– Y tú una provocadora.

Ninguno de los dos volvió a decir nada hasta que Max aparcó el jeep delante de un edificio de piedra viejo con una pared recubierta de hiedra. Lola lo observó mientras él se ponía de nuevo los guantes de piel, sacaba el dinero de la mochila y se encaminaba a la puerta. Max introdujo el dinero en el buzón.

– ¿Qué lugar era ése? -le preguntó Lola cuando estuvieron en la carretera de nuevo.

– La organización benéfica Light House -respondió Max al tiempo que dejaba caer los guantes al suelo, junto a sus pies-. Ofrecen a los chicos de la ciudad material escolar y tutoría. Tienen un estupendo programa de orientación.

Lola no se habría sorprendido más si Max le hubiera dicho que él era un cura.

– ¿Tú eres un tutor? ¿Y qué es lo que les enseñas, a volar el colegio?

– Muy gracioso, Lola. -Max sacudió la cabeza-. Sólo les envío un poco de dinero de vez en cuando.

«Posiblemente, más que un poco», pensó Lola. Y, acto seguido, se le ocurrió otra pregunta:

– ¿Por qué no quieres tener niños, Max?

– ¿Quién ha dicho que no quiero?

– Tú lo dijiste, cuando estábamos en el Dora Mae.

Las luces de la ciudad iluminaban la parte inferior del rostro de Max.

– Sería un padre horroroso.

– ¿Por qué dices eso?

Max se encogió de hombros.

– Paso muy poco tiempo en casa.

Eso les sucedía a muchos padres.

– Es una mala excusa. ¿Cuál es la verdadera razón?

– ¿La verdadera razón? -Max la miró por un momento y volvió a centrarse en la conducción-. No me gustaría decepcionar a un niño, y eso es lo que pasaría. Yo me crié así, esperando que se cumplieran promesas que nunca se cumplían. Siempre esperaba que mi padre llegara a casa y me llevara a pescar o al cine, o que simplemente se sentara conmigo a ver la tele, pero nunca lo hizo. Siempre me hacía grandes promesas, cosas que él y yo haríamos juntos algún día, y lo más extraño es que yo le creía, sin importar cuántas veces incumpliese sus promesas, cosa que hacía en el noventa y nueve por ciento de los casos. Yo siempre le creía.

Ahora Lola se sentía culpable por haberlo llamado «retorcido», así que le puso una mano en el hombro.

– Lo siento, Max.

– No lo sientas. Me has preguntado y yo te lo he contado. Tengo cientos de historias como ésa, cada una más triste que la anterior.

– Creo que serías un padre maravilloso. El tipo de padre que consigue que un niño se sienta seguro.

Max dirigió la vista hacia la mano de Lola y, de ahí, a su rostro.

– ¿Estás intentando decirme algo?

Lola tardó unos instantes en comprender lo que él le preguntaba.

– No. ¡No! Ya te dije que llevo un DIU.

– ¿Te ha venido ya la regla?

Bueno, Max no se cortaba un pelo. Lola retiró la mano de su hombro

– Sí, al cabo de pocos días de haber vuelto.

– Gracias a Dios.

El alivio tan evidente de Max sentó a Lola como una bofetada. En esos precisos instantes quedarse embarazada no habría sido una buena idea, pero Max no tenía por qué comportarse como si lo hubieran indultado.

– Tampoco hace falta que actúes como si eso fuera un destino peor que la muerte. -Lola cruzó los brazos y miró por la ventana los árboles y los coches que desfilaban por la carretera. Lola había intentado hacer sentir bien a Max y él la había hecho sentir fatal-. Tampoco estoy tan mal.

– No estás mal en absoluto -le aseguró Max.

– Vaya, gracias.

El jeep enfiló un camino que conducía a una casa de ladrillos y Max pulsó el mando de la puerta del garaje. La planta baja y el primer piso de la casa estaban iluminados, como si hubiera alguien dentro.

– ¿Todavía piensas irte mañana por la tarde? -le preguntó Max mientras la puerta del garaje se cerraba detrás de ellos.

– Sí.

Max agarró la maleta de Lola y su mochila, y ella lo siguió por las escaleras y por la cocina de la casa, que estaba a oscuras. A la luz del porche, que entraba por una de las ventanas e iluminaba el fregadero, Lola vislumbró el viejo papel de pared y el gastado linóleo mientras seguía a Max por el vestíbulo hasta el salón. Las cortinas, de terciopelo marrón, estaban cerradas, y una bombilla desnuda colgaba de una lámpara de cristal rosa. Los suelos de madera estaban recién pulidos, pero el papel de pared, de motivos rojos y dorados, estaba a medio arrancar. Los muebles y las mesas de roble, de un color beige con rayas azules, estaban totalmente fuera de lugar en esa habitación sin decorar.

– Ponte cómoda -le dijo Max, mientras se arrodillaba delante de una estufa de leña empotrada en la chimenea.

Lola se hincó a su lado mientras él prendía el fuego. En unos pocos minutos, Max encendió un buen fuego y ambos se dedicaron a alimentarlo con todo lo que se habían llevado de casa de Sam.

Max le dio a Lola las fotos que tanta vergüenza y dolor le habían causado y, de una en una, ella las echó a las llamas. Parecía que cada lengua de fuego que prendía en las fotos y en los negativos le quitase un peso de cuatro kilos de la espalda, reduciéndolo a cenizas. Lola era libre. Por fin. Gracias a Max.

Max cerró la puerta de la estufa y el fuego siguió ardiendo dentro. Nunca un hombre había arriesgado tanto por ella, y Lola no sabía cómo compensarlo por ello.

– No me has dicho cómo puedo pagarte lo que has hecho por mí esta noche.

– No te preocupes por eso -Max se puso de pie y ayudó a Lola a hacer lo mismo-. No me debes nada. Desde esta misma noche, puedes librarte de mí.

¿Librarse de él? La idea de no volver a ver a Max le oprimió el pecho y sólo cuando notó que esas palabras le dolían en él corazón se dio cuenta que, en algún momento, entre el beso en el Foggy Bottom y ahora, se había enamorado por completo de él. O quizá no había sido esta noche. Quizá se había enamorado de él el día que abrió la puerta de su casa y lo vio ante sí, con el cepillo de dientes en la mano.

O quizás había ocurrido antes de eso. A bordo del Dora Mae, cuando él había permanecido a su lado durante la tormenta, o la noche en que se dirigían a Florida en la lancha de los traficantes y él la había tapado con la única manta que había. O quizá se había enamorado de él un poco en cada una de esas ocasiones hasta que ese amor la invadió por completo.

Él quería que cada uno hiciera su vida, pero Lola no podía imaginar la suya sin él. Abrió la boca para comunicarle lo que sentía en lo más profundo del corazón, pero las palabras se le quedaron atascadas en la garganta. Max se dio cuenta de que le sucedía algo.

– ¿Qué pasa, Lola? -le preguntó.

Lola sacudió la cabeza como si no tuviera la menor idea. Pero lo sabía. Debajo de esa lámpara de cristal rosa, sentía que enamorarse era muy doloroso y terrorífico.

– Max -dijo, y le posó la mano en el pecho-, yo no quiero librarme de ti. Por favor, creía que éramos amigos.

Max exhaló todo el aire de los pulmones, como si le hubieran dado un puñetazo en el estómago. Miró la mano de Lola sobre su pecho y murmuró, como si no le quedara aliento:

1 ... 53 54 55 56 57 58 59 60 61 ... 64
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)