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Электронная книга - «Juegos De Azar». Краткое содержание книги:

Agatha es una joven sombrerera que vive marcada por una vida sombría y sin amor. Un accidente ocurrido durante la infancia la ha dejado lisiado, pero eso no le ha impedido luchar por una vida mejor. Las circunstancias la han llevado a convertirse en adalid de la moral y defensora de la Ley Seca.
Scot, dueño de una taberna en la que el juego y el alcohol son el pan de cada día, oculta tras su vida de libertinaje un corazón destrozado y un espíritu apasionado, capaz de albergar una increíble grandeza…
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Apoyó la cabeza en el asiento y cerró lentamente los ojos. Le ardieron los párpados y se le formó un nudo en la garganta. Casi tuvo ganas de que la prohibición fracasara.

El jardín de la mansión del gobernador estaba diseñado en macizos en forma de diamante. Cercos de ligustro cuidadosamente recortados delimitaban los senderos de grava, entre rosales repletos de flores. Rojas, salmón, blancas y rosadas, perfumaban el aire con su fragancia inimitable. Los crisantemos formaban retazos amarillos y bronce en los cruces de los senderos. Tejos majestuosos, erectos y uniformes como las picas verdes de una cerca, custodiaban los límites, y castaños de la India aquí y allá proveían oasis de sombra en puntos estratégicos de ese diseño tan formal. Sentadas en bancos de hierro pintados de blanco, las mujeres de polisón bebían el té de tazas para café, mientras dignatarios de vestimenta formal, con las manos cruzadas a la espalda comentaban la situación política, sacudiendo los bigotes.

Era una escena muy pomposa, muy de élite. Agatha, con sus galas a la moda, su porte regio y sus modales impecables, encajaba a la perfección en la reunión. Sin embargo, mientras explicaba la forma adoptada por la U.M.C.T. local en el combate contra el ron, mientras aprendía métodos nuevos para conquistar votos y difundir la propaganda contra el alcohol, se sentía una traidora hacia esos dos seres que la habían despedido en la estación.

El gobernador tenía un especial aire de decoro, metido a la fuerza en un cuello blanco de palomita y corbata Oxford negra. Hizo una reverencia sobre la mano de cada una de las damas presentes, conversó, solícito, con los ministros bautistas, y realizó consultas con conocidas figuras del movimiento por la templanza.

Estaban Drusilla Wilson, Amanda Way y otras líderes famosas cuyas fotografías Agatha había visto en el Banner. Compartiendo el encuentro con ellas, se sintió fuera de lugar pues por las venas de estas mujeres corría, ardiente, el fervor por la causa mientras que, en las de ella, se había enfriado considerablemente. Recordó el entusiasmo que sintió el día en que recibió la invitación a este evento, y deseó recuperar una parte de ese entusiasmo. En cambio, pensó que era muy probable que el 2 de noviembre cayese la guillotina… no sobre Scott Gandy, sino sobre sí misma.

Alquiló carruaje y conductor para que la llevase de vuelta al hotel, cenó en el elegante comedor, y deseó estar en el restaurante de Cyrus y Emma Paulie, comiendo pollo y pasteles con Willy y Scott. Se instaló en la habitación decorada con buen gusto, de empapelado tramado y cortinas adornadas con borlas, pero hubiera preferido estar en su estrecho apartamento, escuchando el piano y el banjo filtrarse por el suelo. Se tendió en la cama forrada de cotí y rellena de plumas de ganso, pero con ganas de estar sentada en un duro escalón de madera mirando las estrellas, oyendo aullar a los coyotes y disfrutando el aroma del cigarro de un hombre.

A la mañana, salió de compras y encontró una armónica para Willy y un broche de marfil tallado para Violet. Pasó ante una tabaquería y se detuvo.

No, Agatha, no servirá. Eres una mujer soltera, es un hombre soltero. No sería correcto.

Siguió andando con paso decidido, pero a pocos metros se detuvo y desando el camino. Se paró ante la vitrina y admiró las pipas de cerezo, los humidificadores de tulipanero, y las cajas de cigarros. Al levantar la mirada, vio su propio reflejo en el cristal, iluminada por el sol matinal de un tibio día de otoño. Se imaginó a Scott Gandy junto a ella, caminando juntos hacia el mercado, él con el Stetson de copa baja y el crujiente traje color gamo, ella con el gracioso vestido y el sombrero en pico, la mano enlazada en el hueco del codo de él.

Pasó un caballo arrastrando un coche sobre los adoquines y el traqueteo la sacó del ensueño. Entró en la tienda.

El interior era polvoriento y aromático, de fragancias intensas y masculinas, tan diferentes de los familiares olores a tintura, almidón y aceite de máquina.

– Buenos días, señora -la saludó el dueño.

– Buenos días.

– ¿Quiere algo para su marido?

Al sonreír, los bigotes manubrio y las mejillas sonrosadas del hombre se elevaron.

Su marido. Era una idea peligrosamente provocativa. Scott Gandy no era su marido, ni lo sería nunca aunque, por un momento, era divertido imaginarlo. No sabía nada de marcas y al darse cuenta de que se había traicionado, se preguntó: «¿Qué esposa no conocería la marca favorita del marido?».

– Sí, podrían ser unas tijeras.

– Ah, creo que tengo justo lo que buscaba.

Salió de la tabaquería con unas minúsculas tijeras de oro de punta roma en un estuche plano de cuero, y se preguntó si, al regresar, tendría el valor de dárselas.

Qué poco propio de ti, Agatha. Qué raro en ti.

Pero él me regaló una máquina Singer de coser. Comparado con eso, ¿qué son unas pequeñas tijeras?

Estás justificándote, Agatha.

¡Oh, vete al diablo! Fui una remilgada toda mi vida, y, ¿de qué me sirvió? Por una vez, seguiré el impulso de mi corazón.

Aquel día, el corazón la llevó de vuelta al hogar, martillando con ansiedad mientras el tren entraba en la estación de Proffitt. El corazón le dijo que no tenía que buscar a Gandy entre el gentío, no tenía que esperar que estuviese ahí. Pero se acomodó el sombrero y revisó el peinado, esperó que la falda no estuviese demasiado arrugada y escudriñó la estación, a pesar de sí misma.

No estaba. Pero sí estaba Willy, todavía rígido con sus pantalones azules, parado sobre un banco en la acera de la estación, agitando la mano y saltando con brío.

Agatha se apeó y el muchacho fue corriendo hacia ella.

– ¡A que no sabes, Gussie!

– ¿Qué?

– ¡Teno un gato!

– ¡Un gato!

Aunque le dirigió una sonrisa radiante, tuvo que hacer un esfuerzo para no observar la estación en la esperanza de que Scott llegara tarde. Se dijo que era totalmente ridículo estar desilusionada por su ausencia.

Willy parloteaba a toda velocidad.

– Violet dice que la señorita Gill tenía una carnada en la casa de pensión y que si no se deshacía de ellos pronto habría que ahogarlos, y yo fui allí y estaba este, que es púrpura y blanco…

Agatha rió:

– ¡Púrpura y bl…!

– Y era el que más me gustaba, y le pegunté si podía quedármelo y me dijo que sí, entonces lo truje a casa de Scotty y Scotty dice que puedo, siempre que duerma conmigo por las noches para que no se meta entre los pies de la gente en la taberna, y que, de día, Moose puede cazar ratones en la despensa.

– ¿M… Moose? -rió Agatha.

– Le puse ese nombre, porque es el más grande de todos.

– ¿Y Moose es de color púrpura?

Agatha se preguntó cómo pudo pasar un día sin Willy para iluminarlo. El chico se rascó la cabeza casi sin darse cuenta y se dejó el cabello erizado como tallos de melcocha secos.

– Bueno, más o menos… Scotty dice que es gris, pero a mí me parece púrpura con manchas blancas donde salen los bigotes, ¡y durmió conmigo anoche y no rodé encima de él ni lo aplasté, ni nada! ¡Ya vas a ver, Gussie! ¡Es el gato más hermoso que hayas veído jamás!

– Visto.

– Sí, bueno, vamos. ¡Date prisa! Está en la taberna, y Jack está cuidándomelo, pero tengo que regresar para vigilarlo.

No tuvo más remedio que «darse prisa». Willy levantó el bolso y salió corriendo.

– ¡Espera, Willy! Yo puedo llevarlo.

– ¡No-o! Scott dice que yo tengo que llevártelo.

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