Juegos De Azar
- Автор: Spencer LaVyrle
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Juegos De Azar». Краткое содержание книги:
Scot, dueño de una taberna en la que el juego y el alcohol son el pan de cada día, oculta tras su vida de libertinaje un corazón destrozado y un espíritu apasionado, capaz de albergar una increíble grandeza…
De pie en la oscuridad, el pecho agitado, trató de controlarse después de haber pasado por la experiencia más terrible que había tenido que enfrentar hasta el momento.
– S… S… Scott… a… a… ayuda… me -rogó-. S… S… Scott…
Scott Gandy emergió de un profundo sueño al oír el susurro. Abrió los ojos, preguntándose si Jube había hablado en sueños. No, estaba llorando. Rodó para mirar sobre el hombro y vio una figura de blanco a los pies de la cama. El primer impulso fue ir a buscar la pistola, pero entonces oyó otra vez el gemido quebrado, desgarrado.
– S… S… Scott… p…p…por… favor.
Así, desnudo como estaba, saltó de la cama.
– ¡Agatha! ¿Qué ha pasado?
– U… u… un… h… ho…
Todavía alterada por la impresión, sólo pudo tartamudear. Temblaba con tal violencia que Scott le oyó castañetear los dientes. La sujetó de los hombros y sintió que su propio corazón se aceleraba de miedo.
– Cálmate, vamos, tranquila, respira hondo, otra vez.
– Un ho… ho… hombre.
– ¿Qué hombre?
– Un ho… ho… hombre f… f… fue…
– Despacio, Gussie. Un hombre…
– Un hombre f… f… fue a mi c… c… cuarto y te…tenía un cu… cu… cu… -Cuanto más lo intentaba, más difícil le resultaba la palabra-. Cu… cu…
Los temblores le recorrieron todo el cuerpo y respiraba como si estuviese debatiéndose en aguas profundas.
Scott la atrajo hacia él y la abrazó con firmeza, sujetándola con las manos y los codos, una mano en la nuca. Aun así, seguía jadeando con bocanadas breves, insuficientes, como un perro fatigado. Sintió contra el pecho los movimientos bruscos del torso de la mujer.
– Ahora estarás bien. Estás a salvo. Di una palabra por vez. Un hombre fue a tu cuarto y tenía un… ¿qué tenía, Gussie?
– Cu… cu… -El jadeo se hizo más rápido contra la oreja de Scott, como si apelase a toda su energía vocal, hasta que al fin explotó-: ¡Cuchillo!
– ¡Dulce Jesús! ¿Estás bien?
A Scott le pareció que cada uno de sus propios latidos era una explosión. Sin soltarla, se echó hacia atrás y se inclinó hasta que pudo verle los ojos inmensos, aterrados.
– N…no… lo s…sé.
Jube se despertó y preguntó, soñolienta:
– ¿Amor? ¿Qué pasa?
Gandy no le hizo caso.
– C…c…creo qu…que estoy san…sangrando -gimió.
La tomó en los brazos en el preciso instante en que a Agatha se le doblaban las rodillas.
– ¡Levántate, Jube! Agatha está herida. ¡Despierta a los hombres y corre a buscar al doctor!
– ¿Eh? -farfulló, desorientada.
– ¡Ahora, Jube! -vociferó-. ¡Trae al doctor Johnson!
Jube salió de la cama y encontró la bata camino de la puerta.
– ¡Manda a Jack aquí! -ordenó, mientras acostaba a Agatha en la cama tibia.
Cuando encendió la lámpara, vio enseguida la sangre sobre el camisón blanco. Fue presa del terror mientras buscaba la herida y la encontraba bajo la mandíbula. Revisó el cuerpo pero no encontró más desgarros en el camisón.
Agatha cruzó los brazos sobre el pecho, cerró los ojos y se estremeció.
– Tengo m…mucho f…frío.
La tapó hasta el cuello y se sentó al lado, sintiendo que el miedo daba paso a la furia.
– ¿Quién te hizo esto?
Sin abrir los ojos, tartamudeó:
– N…no s…s…é -respondió, entre hipos.
– ¿Qué quería?
– La pro…hibición en las ta…ta…
Tembló con tal violencia que el resto de la palabra se perdió.
Gandy habló en tono duro, cortante.
– ¿Te hizo daño de alguna otra manera?
La única respuesta fue que Agatha se acurrucó más, las lágrimas brotaron tras los párpados cerrados, y giró la cara, avergonzada.
Scott le apretó el hombro a través de las mantas, e insistió:
– Gussie, ¿lo hizo?
Mordiéndose los labios, con los ojos apretados, negó enfáticamente con la cabeza.
Jack irrumpió en la habitación, vestido con su traje de dormir de una pieza.
– Alguien atacó a Agatha. Ve a echar una mirada atrás.
Llegaron Marcus e Ivory, sin otro atuendo que los pantalones.
– ¿Está bien?
– La hirieron con un cuchillo. Tal vez sea algo peor.
Jack rechinó los dientes, y la mandíbula se le tensó.
– ¡Vamos! -ordenó, y salió corriendo mientras los otros hombres le pisaban los talones.
Gandy miró a Agatha, acomodó las mantas bajo la barbilla y quiso saber:
– Te puso encima algo más que la hoja del cuchillo, ¿no es cierto? -Se levantó de un salto-. ¡Maldito sea! Descubriré quién es ese hijo de perra, y las pagará. ¡Juro por Dios que las pagará!
Agatha abrió los ojos y suplicó:
– ¡No… por favor, es peligroso… y fuerte!
Gandy cruzó a zancadas el cuarto, agarró los pantalones de un manotón, se los puso y se volvió otra vez de cara a ella, mientras se los abotonaba con gestos furiosos. Se tragó los epítetos que pugnaban por escapársele y se acercó de prisa a la cama, empujándola hacia abajo por los hombros.
– Acuéstate otra vez, Gussie, por favor. Todavía estás sangrando.
Quiso tocarse la herida con los dedos, pero Scott los sujetó antes de que pudiese hacerlo.
– Por favor, no.
– Pero, tus sábanas…
– No importa. Por favor, no te muevas hasta que llegue el doctor Johnson.
Le metió la mano bajo las mantas y la arropó otra vez. Después, se sentó junto a ella callado, la vista fija en los ojos enormes, desenfocados, acariciándole el cabello, apartándoselo de la frente una y otra vez.
– Scott -murmuró, los ojos llenos de lágrimas que los hacían parecer transparentes, como agua verde y profunda.
– ¡Shh!
– El hombre no me…
– Después… hablaremos de eso después.
Las lágrimas corrían en arroyuelos de plata por las sienes, y Scott las secó con los pulgares.
– No me dejes.
– No lo haré -le prometió.
Al ver que llegaba el doctor Johnson y ocupaba el lugar de Scott en el borde de la cama, los ojos de la herida se llenaron de pavor. El médico limpió la herida con salmuera y afirmó que no haría falta coser. Mojó generosamente un aposito de gasa con tintura de árnica, lo aplicó a la herida y lo sujetó con una tira alrededor de la cabeza. Entretanto, Ruby, Pearl y Jube espiaban ansiosas en la puerta. Los hombres informaron que no encontraron a nadie en el callejón ni en el apartamento de Agatha. El doctor Johnson se lavó las manos en el lavabo que usaba Gandy para afeitarse y; mientras las secaba, aconsejó:
– Esta noche, sentirá un poco de dolor. Tal vez una medida de whisky lo atenúe. Tendrá escalofríos hasta que pase la impresión pero, fuera de eso, se recuperará sin inconvenientes.
– Jack, ve abajo a buscar una botella, por favor -dijo Gandy, sin sacar la vista del rostro pálido de Agatha.
Jack desapareció sin decir una palabra.
– Marcus, Ivory, gracias por ir a ver. Si uno de vosotros quiere ir a buscar al comisario, creo que será mejor que hable con él esta misma noche.
– Ya te lo dije. Llegará en cualquier momento.
– Bien. -Gandy se dirigió a las mujeres-. Chicas, volved a la cama. Yo me quedaré con ella.
Jube se demoró un momento cuando las otras se fueron. Gandy le tomó la barbilla con ternura:
– Lo siento, Jube. Me pidió que no la dejase. ¿Te molestaría ir a tu propio cuarto lo que queda de la noche?
La muchacha le besó el mentón:
– Por supuesto que no. Vendré a verla por la mañana.