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Электронная книга - «Juegos De Azar». Краткое содержание книги:

Agatha es una joven sombrerera que vive marcada por una vida sombría y sin amor. Un accidente ocurrido durante la infancia la ha dejado lisiado, pero eso no le ha impedido luchar por una vida mejor. Las circunstancias la han llevado a convertirse en adalid de la moral y defensora de la Ley Seca.
Scot, dueño de una taberna en la que el juego y el alcohol son el pan de cada día, oculta tras su vida de libertinaje un corazón destrozado y un espíritu apasionado, capaz de albergar una increíble grandeza…
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Scott percibió que quería decir algo más sobre la madre, pero en ese momento se concentró en la historia del padre.

– Él llegó una noche borracho, enfadado, desilusionado. Al parecer, antes de que fuésemos a ese pueblo, tuvo la posibilidad de elegir entre dos y, como de costumbre, eligió el peor. Su amigo Dennis, que reclamó un territorio donde buscar oro cerca de la ciudad Oro, encontró el metal mientras que la mina de mi padre resultó ser estéril una vez más.

»Esa noche, estaba muy borracho: maldecía, tiraba cosas. Mi madre también estaba enfadada y lo acusaba de beberse el poco dinero que teníamos mientras teníamos que vivir en una casa indigna de ratones, donde no había siquiera un dormitorio para mí. Lo amenazó con abandonarlo, como siempre hacía, pero en esta ocasión se dirigió arriba a empacar. Recuerdo que estaba acostada en mi catre y los oía pelear arriba. Los golpes sordos en el suelo, las maldiciones de mi padre. Oí un grito ahogado y corrí escaleras arriba, con la pretensión infantil de proteger a mi madre. Sé que fue una tontería, pero a esa edad uno no piensa, reacciona. Estaban en la parte superior de la escalera, peleando. No recuerdo mucho de esos momentos, sólo que aferré el brazo de mi padre, en la esperanza de que dejara de pegar a mi madre, y cuando él me sacudió para librarse de mí, caí hacia atrás por la escalera.

El corazón de Gandy empezó a golpear como si él mismo estuviese cayendo Con ella por las escaleras. «Oh, Dios, así no -pensó-. ¡A manos de su propio padre!» De súbito, el cigarro le supo mal y lo tiró. Quería calmarla, detener esos recuerdos que debían de ser torturantes. Pero Agatha prosiguió con la misma voz serena.

– Algo… -se apretó las rodillas y tragó saliva-…algo le pasó a mi cadera. Después de eso, tuve…

Tuvo valor para decir todo, menos la palabra más dolorosa. Contemplándole el perfil que le daba una apariencia tan compuesta, Scott sintió de nuevo la culpa por aquel día en que la empujó y la hizo caer en el barro. Y odio por el hombre que le había causado el daño. Una asfixiante sensación de inutilidad, pues no podía hacer nada para remediarlo. Pero podía pronunciar la palabra:

– ¿Cojera? -preguntó, en tono bajo, comprensivo.

Asintió, sin poder mirarlo en los ojos:

– Mi cojera. -Dejó que la mirada se perdiera en la distancia-. Pero lo irónico es que logré lo que quería: que dejaran de pelear… para siempre. En aquel momento, mi madre lo abandonó y vinimos a parar aquí, donde abrió la sombrerería. Yo era adolescente. Recuerdo el día en que mi madre me dijo que mi padre había muerto: se cayó de una mula y rodó por la falda de una montaña. Encontraron el cuerpo varias semanas después.

Por la mente de Scott pasaron, fugaces, imágenes de su propia infancia superpuestas a las de ella. Seguro, amado, y sabiéndolo siempre. No había perdido mucho tiempo imaginando cómo sería crecer en otra clase de ambiente hasta que llegó a Proffitt y se topó con Willy. Y ahora, con Agatha.

– Le dije a mi madre que no me importaba nada que hubiese muerto. -El tono se hizo ligero, pero, sin advertirlo, se meció revelando las emociones más profundas que ocultaba-. Nada. -Vio que luchaba contra las lágrimas por primera vezdesde que empezó a relatar la historia-. Igual que Willy la noche en que murió su padre. Me lo gritó una y otra vez y, por fin, empezó a dar puñetazos al colchón y a llorar entre mis brazos.

– Oh, Gussie… Gussie… ven aquí. -Se deslizó por el escalón y la tomó entre los brazos, interrumpiendo los angustiosos movimientos. Agatha se dejó abrazar y empezó a llorar, sin ruido, en una quietud total. Aceptó el abrazo pasivamente y esa misma pasividad le desgarró a Scott el corazón como un cuchillo oxidado-. Gussie, lo siento -murmuró con voz quebrada.

– No quiero que me compadezcas. Nunca lo deseé.

Le apretó la cara contra el hueco de su propio cuello y sintió que las lágrimas de Agatha le corrían por el pecho desnudo.

– No lo dije en ese sentido.

– Sí, lo dijiste. Por eso nunca te lo conté hasta ahora. Nunca se lo conté a nadie. Ni a las mujeres de la U.M.C.T. Pero no soportaba que te enfadaras conmigo por lo que tengo que hacer. Por favor, Scott, no te enfades conmigo nunca más.

Era menuda, de hombros estrechos, y se acomodaba a la perfección bajo la barbilla del hombre. Le acarició el cabello y se lo apartó del rostro. En los últimos tiempos, se preguntó cómo lo sentiría bajo los dedos. Pero en ese momento, preocupado por ella, casi no lo advirtió.

– En realidad, no estoy enfadado contigo. Cada vez que miro a Willy, sé que tienes razón. Y tengo que esforzarme para olvidar que existen miles de Willy en el mundo sin nadie que los ayude a salir de una situación que no merecen.

Agatha cerró los ojos y descansó apoyada en él, absorbiendo el consuelo ofrecido. La piel desnuda estaba resbalosa por las lágrimas. Era duro y tibio y olía a cigarro. Y cuando la mano le acomodó la cabeza contra él, lo aceptó agradecida, con la mejilla apretada contra la mata áspera del pecho.

Representaba la seguridad, la fuerza, la protección, tres cosas de las que Agatha había carecido en la vida. Pasó los brazos por los costados, extendió las manos sobre la espalda desnuda y lo estrechó.

Y ahí, entre los brazos de él, comenzó a curarse esa antigua herida.

Los dedos de Scott se movían al azar sobre el cabello de Asatha. El latido firme, regular del corazón repercutía en su sien. La noche los cobijaba. Quiso quedarse así para siempre.

Pero llegó el momento en que interfirió el pudor. Tomó conciencia de que Scott estaba desnudo de la cintura para arriba y que ella sólo tenía ropa de dormir. Se apartó y lo miró.

– ¿Entiendes por qué tengo que ir a Topeka?

– Sí.

Fue desconcertante mirarlo en los ojos, después de haber llorado entre sus brazos. Apeló al sentido del humor y le dijo:

– Detesto que discutamos.

La recompensa fue una pequeña carcajada de simpatía:

– Yo también.

Agatha también rió y se secó los párpados con el dorso de las manos.

– Y jamás había llorado sobre el pecho de un hombre. Por cierto, no tengo intenciones de convertirlo en una costumbre.

– ¿Acaso me quejé?

– No, pero no es decente. Tú estás casi desnudo y yo, en ropa de dormir. Te dejé hecho un desastre.

Sujetó el borde de una manga, la mantuvo estirada y empezó a secarle el pecho.

Scott le aferró la muñeca:

– Gussie, deja eso y escúchame.

Vio que los ojos del hombre eran sólo sombras. De pronto, el pulso le latió en la garganta y comprendió que él estaba tan perturbado como ella por esa fugaz intimidad, y eso despertó el atractivo sexual que sentía hacia él. Scott le tomó las manos sin apretarlas, bajó la mirada, y después la levantó, contemplándole el rostro largo rato.

– Gracias por contármelo. Para mí significa mucho saber que soy el primero en quien confías. -Agatha bajó el mentón. Había contado todo sin ruborizarse, pero en ese momento sintió que enrojecía. Él le acarició los nudillos con los pulgares-. Y lo que dije antes es verdad. Cuando digo que lo siento, no quiero decir que me apena tu cojera. Como tú no sientes compasión por ti misma, los demás tampoco. Ésa es una de las cosas que admiro de ti. Hace mucho que no pienso en ti más que como Agatha, mi animosa vecina, a la que no puedo considerar una lisiada porque es como una espina en mi costado.

Agatha no pudo evitar una sonrisa, pero aún sin levantar la vista de las manos unidas de los dos.

– No es mi intención ser una espina en el costado de nadie, y menos en el tuyo. -Retiró las manos con delicadeza y preguntó-: ¿Qué piensas hacer conmigo?

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