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Электронная книга - «Juegos De Azar». Краткое содержание книги:

Agatha es una joven sombrerera que vive marcada por una vida sombría y sin amor. Un accidente ocurrido durante la infancia la ha dejado lisiado, pero eso no le ha impedido luchar por una vida mejor. Las circunstancias la han llevado a convertirse en adalid de la moral y defensora de la Ley Seca.
Scot, dueño de una taberna en la que el juego y el alcohol son el pan de cada día, oculta tras su vida de libertinaje un corazón destrozado y un espíritu apasionado, capaz de albergar una increíble grandeza…
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Antes de responder, se apoyó en la baranda y la examinó bajo las cejas unos minutos:

– ¿Qué probabilidades hay de que la ley pase?

Agatha sintió alivio de que pudiesen discutir el tema sin rencor, otra vez, aunque fuesen miembros de facciones opuestas.

– En la última edición de The Temperance Banner, le dan un cuarenta por ciento de posibilidades -respondió, con sinceridad-. Pero ese margen se estrecha constantemente. -Gandy inspiró una honda bocanada, se mesó el cabello y dejó vagar la mirada, distraído, por encima del tejado del imprescindible-. ¿Qué harías si se aprobase?

– ¿Qué voy a hacer? -Apoyó los codos en las rodillas y giró el rostro hacia Agatha-. Haré las maletas y me iré de Kansas. ¿Qué otra cosa podría hacer?

Agatha sintió un flechazo de temor ante la idea.

– ¿A dónde irías?

– No sé.

Un coyote aulló, y pareció el acompañamiento adecuado para las sombrías reflexiones de ambos.

– ¿Y qué me dices respecto de Waverley?

– ¿Waverley? -Scott se crispó-. ¿Qué sabes tú de Waverley?

– Por favor, Scott, no te pongas hostil otra vez. Soy tu amiga, ¿No puedes hablarme de ello?

Vio que luchaba contra un torbellino interior hasta que, por fin, admitió:

– No sé por dónde empezar.

– Déjame ayudarte -sugirió con suavidad-. Antes de la guerra, vivías ahí con tu esposa y tu hija.

La miró con el entrecejo muy fruncido, y Agatha percibió su sorpresa por lo mucho que ella sabía. Permaneció callado tanto tiempo, que creyó que no quería contarle nada. Al fin, cambió de posición, y apoyó el mentón en los pulgares. Agatha esperó, escuchando los coyotes, sabiendo que, fuera lo que fuese lo que tenía dentro, debía de serle tan difícil revelarlo como a ella su propia historia. Por último, lanzó un hondo suspiro, dejó caer las manos entre las rodillas y dijo:

– Mi esposa se llamaba Delia. Era… -Se interrumpió, miró el cielo nocturno y concluyó, emocionado-:…cuanto yo podía desear.

Agatha se limitó a esperar. Cuando pudiese, continuaría.

– El padre era un comerciante de algodón que iba periódicamente a nuestra plantación y, a menudo, llevaba con él a Delia y a la madre. Por eso, yo la conocía de toda la vida. En ocasiones, se quedaban a dormir y nosotros, Delia y yo, teníamos todo el lugar a nuestra disposición. Y cómo corríamos. Explorábamos el río, el sitio donde se desmotaba el algodón, los gallineros, jugábamos con los niños negros, recogíamos uvas silvestres, y sumergíamos las manos en la cera derretida de la lechería, los días de hacer queso, robábamos tortas de melaza de la cocina y corríamos, salvajes como ciervos. -La evocación le provocó una suave sonrisa-. Pero el padre interrumpió todo eso antes de que ella dejara de lado las trenzas y mi voz empezara a cambiar. Tengo la sensación de que, desde aquel momento, yo supe que querría casarme con Delia. También lo sabían nuestros padres, y lo aprobaban.

»Nos casamos en Waverley, a Delia siempre le gustó, en lo que mi madre llamaba «la alcoba nupcial». Mamá insistió en que la construyesen cuando se hizo el recibidor: era una habitación con arcadas, decorada con hojas de yeso, y mi madre declaró que ahí serían bautizados y se casarían todos sus hijos antes de que a ella se la llevaran en su ataúd.

Se interrumpió, y Agatha le preguntó:

– ¿Cuántos de sus hijos fueron bautizados ahí?

– Tres. Todos varones. Aunque de nosotros, dos nunca fueron a esa alcoba en sus ataúdes.

– ¿Tenías dos hermanos?

– Rafael y Nash. Los dos murieron en la misma batalla, durante la guerra. Los sepultaron cerca de Vicksburg, en lugar de hacerlo en Waverley, con los demás. -Reflexionó unos minuto y fue evidente que se esforzaba por continuar el hilo de la narración con situaciones más dichosas-. Después de casarnos, Delia y yo fuimos a vivir a Waverley. Ah, entonces era algo especial. Me gustaría que lo hubieses visto.

Se echó hacia atrás y contempló las estrellas.

– Vi el cuadro en tu sala de estar. Es hermoso.

– Era más que hermoso. Era… -Hizo una pausa, buscando las palabras-…majestuoso. -Se inclinó hacia adelante, ansioso-. En su plenitud, Waverley mantenía a mil doscientas personas y contaba con todos los elementos para ser autosuficiente. Teníamos fábrica de hielo, desmotadora de algodón, curtiduría, aserradero, molino harinero, horno de ladrillos, huertas, viñedos, establos, jardines, perrera, ferretería, galpón para botes, y hasta una balsa.

– ¿Tanto?

Agatha estaba impresionada.

– Tanto. Y la casa… todos la llamaban la mansión… -Otra vez, el fantasma de una sonrisa-. El cuadro no le hace justicia. Siempre me recordó a un águila orgullosa que extiende las alas sobre los pichones, con la cabeza levantada, vigilante.

– Cuéntame -lo animó-. Cuéntamelo todo.

– Bueno, ya viste el cuadro.

– No muy atentamente.

– La próxima vez que vayas a mi apartamento, obsérvalo bien. Waverley es única. No hay otra casa como esa en todo el Sur. Las alas del águila son, en realidad, las alas de la casa, las habitaciones que se extienden a cada lado de una rotonda central o, como la llamaba mamá, la cúpula. Y la cabeza del águila, la rotonda misma, era una impresionante entrada en forma de octógono, con escaleras gemelas curvas que ascendían poco menos de veinte metros hasta un observatorio con ventanas en los ocho lados. Todavía puedo ver a mi papá paseando todas las mañanas por el pasadizo que pasaba junto a esas ventanas, vigilando sus dominios. Los campos de algodón se extendían hasta donde daba la vista, ¿sabes, Gussie? En aquella época, teníamos más de mil doscientas hectáreas de algodón, alimentos y cereal. Además, seis hectáreas de jardines.

Agatha pudo imaginar Waverley tal como Scott la describía, orgullosa con sus pilares, reinando sobre el verde lozano que la rodeaba.

– El interior de la casa siempre estaba fresco -continuó Scott-. Cada mañana, cuando el tiempo era caluroso, Leatrice, la vieja déspota que mandaba en ese lugar, subía las escaleras, abría todas esas ventanas y la corriente era capaz de arrancarte el pelo. Y por si no hacía suficiente fresco, en el extremo del sendero había una piscina de ladrillos y mármol, con techo para proteger del sol a las damas.

– La que le contaste a Willy la primera noche que lo encontramos.

– La única en todo el norte del Mississippi. A Delia le encantaba. Ella y yo solíamos ir por la noche a refrescarnos, cada vez que…

De pronto, se interrumpió, carraspeó y se sentó más erguido.

– Nunca nadé. ¿Cómo es?

– ¡Nunca nadaste!

Negó con la cabeza.

– Ni bailé, ni monté a caballo.

– ¿Te gustaría?

Incómoda, apartó la vista, pero no pudo mentir.

– Lo que más me gustaría, es bailar. Aunque fuese una vez. -Lo miró otra vez de frente, y habló en voz alta y entusiasta-: Pero nadar también debe de ser sensacional.

– Alguna vez, tengo que llevarte. Te encantará. Es la mayor sensación de libertad posible.

– Me encantaría -dijo en tono quedo. Luego, más alto-: Pero te interrumpí. Estabas contándome cómo era Waverley.

– Waverley… ah, sí. -Prosiguió, entusiasta-: En invierno, cuando se encendían los hogares, no existía lugar más cálido. Y además teníamos lámparas de gas, alimentadas con nuestra propia fábrica de gas, que pasaba por caños hasta dentro de la casa.

– ¿Teníais fábrica de gas propia?

– Se obtenía por combustión de leña de pino, y eso era gas de resina.

Agatha jamás había oído algo semejante, y le costaba imaginar el lujo de las lámparas de gas, que se encendían al contacto de un dedo.

– Oh, Scott, debe de ser maravilloso.

– En el centro del hall de entrada hay una lámpara que cuelga desde lo alto de la cúpula. -Miró hacia las estrellas, como si fueran las que sostenían la lámpara-. Y había más de setecientos candelabros de caoba muy esbeltos que bordeaban la escalera y sobresalían de las galerías. Y luces laterales de cristal veneciano alrededor de la puerta principal, molduras de cemento en los techos, cornisas de bronce en todas las ventanas, y espejos en el salón de baile.

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