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Электронная книга - «Juegos De Azar». Краткое содержание книги:

Agatha es una joven sombrerera que vive marcada por una vida sombría y sin amor. Un accidente ocurrido durante la infancia la ha dejado lisiado, pero eso no le ha impedido luchar por una vida mejor. Las circunstancias la han llevado a convertirse en adalid de la moral y defensora de la Ley Seca.
Scot, dueño de una taberna en la que el juego y el alcohol son el pan de cada día, oculta tras su vida de libertinaje un corazón destrozado y un espíritu apasionado, capaz de albergar una increíble grandeza…
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La Gazette misma publicaba un editorial destacando que la templanza surgía como el tema principal que unía a las mujeres en todo el país. Desde el pulpito de la Iglesia Cristiana Presbiteriana, el reverendo Clarksdale instó a sus feligreses a votar por la prohibición, aduciendo que ya no existía el riesgo de cólera, motivo que impulsó a la gente a mezclar cerveza en el agua, e iniciar así la locura alcohólica; por lo tanto, la necesidad de un «agente purificador» era cosa del pasado. Los maestros comenzaron a sermonear en sus clases acerca de ingerir bebidas tóxicas y los niños, a su vez, llevaban la advertencia a sus respectivos hogares, y muchos de ellos fastidiaban a los padres no sólo para que dejaran de beber alcohol sino para que, en noviembre, votaran por la ratificación de la enmienda constitucional que lo prohibía. El inspector de escuelas anunció un concurso de ensayos sobre el tema: el ganador recibiría una medalla de bronce y su nombre se inscribiría en una placa conmemorativa que enviaría la propia Lucy Limonada en persona. La Sociedad Literaria de Proffitt anunció una serie de debates abiertos en sus reuniones semanales, e invitó a participar a los miembros de ambas fracciones.

En medio de todo ese furor, Agatha y Scott se evitaban. Desde que regresó de Topeka, sólo lo veía de paso o a través del agujero en la pared, por las noches. Desde ese punto ventajoso lo vio usar por primera vez la tijera de oro, pero no le mandó una sola palabra de agradecimiento, ni acusó recibo, siquiera.

Agatha estaba mortificada. Era humillante haber hecho un regalo a un hombre por primera vez en la vida y no recibir ni las gracias. Willy se convirtió en el único vínculo entre los dos. Saltando de uno a otro, llevando consigo su fervor característico, daba entusiastas informes en uno y otro lado del edificio de Gandy.

– Scotty dice que…

– Gussie dice que…

– Yo y Scotty fuimos…

– De camino a la Iglesia, ayer Gussie y yo…

– Como perdí a Moose, Marcus y Scotty tuvieron que mover el piano…

– A Gussie y Violet les encargaron…

– Pearl dice que si pasa la prohibición, volverá a…

– Violet dice que Gussie está de mal humor…

– Scotty y Jube discutieron…

– Gussie está haciéndome unas camisas más abrigadas para…

– Scotty y Jube se reconciliaron…

Corría el mes de octubre. Faltaba menos de un mes para el día de las elecciones. Había refrescado. Ya las moscas no molestaban de noche, la actividad de los conductores de ganado mermó casi hasta interrumpirse, la taberna cerraba más temprano, pero con todo Agatha dormía mal. No era que tuviese pesadillas, pero le parecía que los debates de la Sociedad Literaria de Proffitt se realizaban dentro de su cabeza.

En sus sueños, Mustard Smith discutía a gritos con Eyelyn Sowers, y al comprender que perdía comenzaba a jadear, y miraba a Evelyn como un toro furioso que se dispusiera a embestir. Daba la sensación de que el aire silbaba entre sus dientes entrando y saliendo, entrando y saliendo.

Agatha se despertó de golpe.

La respiración jadeante era real. Venía de al lado de la cama. Pesada, sibilante, asmática. El pánico la invadió. Le sudaron las manos. Se le tensaron los músculos. Permaneció inmóvil como un cadáver mirando, tratando de ver quién estaba junto a su hombro. ¡Oh, Dios! ¿Qué hago? ¿Dónde está el objeto pesado que tengo más cerca? ¿Podré alcanzarlo más rápido de lo que el intruso me atrape a mí? ¿Qué hago primero, gritar o saltar?

Hizo las dos cosas a un tiempo, aferrando la almohada v balanceándola hacia atrás con toda la fuerza posible. Pero nunca tocó al intruso: se la arrebató y la tiró. El grito de Agatha quedó interrumpido por la mano incrustada sobre la boca. El otro brazo del sujeto la aferró, cruzado sobre el pecho y las costillas y la alzó hacia atrás, aunque ya estaba a medias levantada.

– Se lo advertí, pero no me hizo caso -siseó, en el oído de Agatha-. Ahora me escuchará, señora. Aquí tengo algo que la obligará a escucharme aunque no quiera.

La presión pasó a los pechos, y algo la pinchó bajo la mandíbula, del lado izquierdo.

– No veo bien en la oscuridad. ¿Está cortándole?

Estaba cortándola. Sintió que la punta del cuchillo le penetraba en la carne y gritó bajo la mano, clavándole las uñas en el brazo que sostenía el cuchillo.

– Tenga cuidado, señora.

Dejó de clavarle las uñas. Si tironeaba, y el sujeto se flexionaba contra la cadera de ella, el cuchillo podía clavársele en el ojo.

Oyó su propia voz que gemía, a cada exhalación aterrada. «¡Scott, ayúdame! ¡Comisario Cowdry… Violet… alguien! ¡Por favoooor!»

– Usted es la que empezó con esa basura de la prohibición, aquí. Organizó, sermoneó, y oró en los umbrales de las tabernas. Después, fue a gimotearle al gobernador hasta que logró que este maldito Estado explotase en un solo clamor. Bueno, en este pueblo, somos once a los que no nos gusta. ¿Entendió?

La apretó más fuerte. Los dientes le cortaron el labio y sintió el sabor de la sangre.

Intentó suplicar, pero las palabras salieron como gemidos ahogados contra la mano sudorosa, salada del sujeto.

– Ahora, se echará atrás, hermana, ¿entendió? Diga a las demás mujeres que terminen con sus malditos debates. Dígale a esa predicadora melosa que cierre la boca. ¡Y deshaga esa sociedad por la templanza! ¿Entendió?

Asintió, con gestos enloquecidos, frenéticos, y sintió que algo tibio le resbalaba por el cuello. Un dolor agudo provocado por la punta del cuchillo le dio la sensación de que la hoja ya le había atravesado el ojo. Gritó de nuevo, y el hombre le apretó la cara con tanta fuerza que creyó que le había roto la mandíbula. A cada latido, sentía que le explotarían las venas.

Los gemidos sé aceleraron, al pasar del pánico a la semiinconsciencia.

Por los orificios dilatados de la nariz le entró olor a cigarro y a sudor.

– Si cree que tengo miedo de matarla, se equivoca. -Creyó que se le saltarían los ojos de las órbitas-. Una organizadora muerta sería de lo más eficaz para ponerles paños fríos a todas las reformadoras de por aquí. Pero le daré una última oportunidad, porque tengo un gran corazón, ¿sabe?

Rió con malicia.

Agatha siguió hipando, desesperada.

– ¡Eh, hermana!, ¿qué es esto que siento? -La hoja se apartó y la mano se cerró sobre un pecho-. Para ser una lisiada, no está nada mal, ¿sabe? Quizá tenga una manera mejor de lograr que se porte bien, en lugar de matarla, ¿eh? -Deslizó una mano por el vientre de Agatha y lanzó una carcajada perversa mientras ella, sin querer, apretaba los muslos. Un instante después, sintió que le metía el camisón entre las piernas. Contuvo las ansias de gritar otra vez, pero se le cerraron los ojos y las lágrimas brotaron por las comisuras de los ojos-. Apuesto a que nunca lo hizo, ¿no, renga? Bueno, esta noche no tengo tiempo, pues ese maldito comisario entrometido anda por el callejón. Pero si no hace lo que le digo, volveré. Y no me importa para nada que pueda rodearme con las piernas o no. Usaré esto.

La hizo caer a gatas sobre la cama, con el camisón aún metido entre las piernas, y poniéndole una mano en la nuca, le aplastó la cara contra el colchón.

– Ahora, se quedará así cinco minutos… ¿entendido?

De rodillas sobre la cama como un musulmán de cara a la Meca, sangrando sobre las sábanas, sintió la cadera como si estuviese rompiéndosele otra vez. Si pasaron cinco minutos o cinco horas, no estaba en condiciones de saberlo. Lo único que supo fue que el hombre salió por la puerta y que sólo había otra manera de salir del apartamento. Por ahí salió Agatha. Por la ventana, por la angosta cornisa que había detrás del falso frente de la tienda, hasta la primera ventana que encontró. Golpeó, pero Jube no salió. Desesperada, siguió hasta la próxima y golpeó otra vez, demasiado aturdida para comprender que también pertenecía al cuarto de Jube. Se arrastró hasta la siguiente y la aporreó con el puño, pero era la ventana del pasillo. Llorando, gimiendo, se tambaleó junto a la pared hasta la próxima ventana, que estaba abierta unos centímetros. La empujó hacia arriba y pasó por el alféizar al dormitorio de Scott.

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