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Электронная книга - «Juegos De Azar». Краткое содержание книги:

Agatha es una joven sombrerera que vive marcada por una vida sombría y sin amor. Un accidente ocurrido durante la infancia la ha dejado lisiado, pero eso no le ha impedido luchar por una vida mejor. Las circunstancias la han llevado a convertirse en adalid de la moral y defensora de la Ley Seca.
Scot, dueño de una taberna en la que el juego y el alcohol son el pan de cada día, oculta tras su vida de libertinaje un corazón destrozado y un espíritu apasionado, capaz de albergar una increíble grandeza…
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Scott era el único en el cuarto mientras Ben Cowdry la interrogaba. Agatha se había calmado en cierta medida, y respondía con lucidez, repitiendo las amenazas del atacante, recordando que olía a cigarro y que, al parecer, tenía una barriga prominente y voz áspera. Pero cuando Cowdry le preguntó si le había hecho otro daño, además de la herida de cuchillo, los ojos angustiados se posaron en los de Scott. Éste se apartó de la esquina del guardarropa en que estaba apoyado y avanzó.

– No, Ben, ninguno más. Yo ya le pregunté.

La mirada de Cowdry pasó de uno a otra y volvió al hombre. Se levantó y se ajustó el cinturón donde llevaba las pistolas.

– Está bien. Cuando esté mejor, necesitaré que me firme unos papeles relacionados con el ataque. No se preocupe, señorita Downing, lo atraparemos.

Cuando el comisario salió, Gandy cerró la puerta de la sala y volvió al dormitorio. Los ojos redondos y asustados de Agatha estaban clavados en la entrada, como aguardándolo.

– No debería estar aquí, en tu dormitorio.

Al pasar junto a la repisa, Scott tomó la botella de whisky y un vaso.

– Ordenes del médico -dijo en tono suave, mientras iba hacia la cama y se sentaba en el borde, con una rodilla levantada. Destapó la botella, sirvió tres dedos y dejó la botella en la mesa de noche-. ¿Puedes incorporarte?

– Sí.

Se sentó con esfuerzo, haciendo muecas al moverse los músculos del cuello, y Scott se inclinó hacia la pila de almohadas que tenía detrás. Agatha se echó atrás, suspirando.

– Toma. -Le sostuvo el vaso y ella lo miró fijo-. ¿Alguna vez lo probaste?

– No.

– Entonces, prepárate. Arde, pero te ayudará.

Estiró, vacilante, las manos delicadas, y sujetó el vaso con las yemas de los dedos. Levantó la mirada con incertidumbre. Gandy rió.

– ¿Qué puedes esperar del propietario de una taberna?

Agatha hizo un valeroso esfuerzo por sonreír, pero le dolía la herida. Aferrando el vaso con fuerza, lo levantó y lo bebió en cuatro tragos, cerró los ojos, se estremeció, abrió los ojos y la boca y le tendió el vaso para que le sirviera más.

– ¡Uh! -Gandy le apartó la mano-. No tan rápido. Si sigues a ese ritmo, pronto verás perros de la pradera rosados.

– Me duele. Todavía tengo el estómago revuelto, Y aún no estoy segura de no caerme a pedazos. Si el whisky me ayuda, beberé otra ración.

Alzó el vaso y, aunque Gandy la miró, dudoso, tomó la botella otra vez. En esta ocasión, le dio la mitad y cuando ella lo levantó como para tragarlo de una vez, se lo impidió.

– No tan rápido. De a sorbos pequeños.

Lo bebió a sorbos, bajó el vaso y lo sostuvo con ambas manos. Después, tocó las sábanas y el camisón ensangrentados.

– Te dejé la cama hecha un desastre.

Scott le sonrió.

– No me opongo.

– Y Jube tuvo que irse.

Los ojos de ambos se encontraron y se sostuvieron la mirada.

– Está bien. De cualquier modo, no duerme siempre aquí.

Agatha tomó conciencia de la rodilla que le rozaba el muslo, y levantó la bebida como para protegerse. Con ese último sorbo, vació el vaso. Luego, distraída, se secó la comisura de la boca con el dorso de la mano, sin mirar al hombre.

– Ya me siento mejor. Puedo ir a mi apartamento.

– No. Te quedarás aquí.

Tendió la mano al vaso vacío, pero rodeó con los dedos el vaso y la mano de Agatha.

– ¿Qué te hizo, Gussie? Necesito saberlo.

Al levantar la mirada, vio que en los ojos de Scott se leía la preocupación, y estaban oscuros por la emoción. Tragó saliva y sintió un dolor terrible, hasta la coronilla. Al hablar, lo hizo con voz trémula y con más lágrimas colgando de los párpados.

– No me hizo lo que tú piensas. Sólo… sólo…

Con delicadeza, le quitó el vaso de los dedos tensos y lo apoyó.

– Acuéstate -le ordenó, levantando las mantas y acomodando las almohadas mientras Agatha se deslizaba otra vez en la tibia seguridad de la cama de él.

La tapó hasta el cuello, se tendió al lado y la hizo girar de cara hacia él. Con la mano abierta en la espalda de Agatha sintió, a través de las mantas, que se estremecía de nuevo. Frotó el hueco entre los omóplatos y contempló el rostro ruborizado.

– Abre los ojos, Gussie.

Lo hizo, y contempló la mirada fija en ella, vio de cerca las pestañas negras y espesas, los ojos castaños intensos, las cejas bien delineadas y los labios oscuros. El whisky había comenzado a relajarla, pero se acurrucó bajo las mantas, con los brazos cruzados sobre el pecho en gesto protector. Cuando Scott tragó, la manzana de Adán bajó y subió.

– Tú me importas -le dijo en un murmullo ronco-. ¿Entiendes eso?

No movió un músculo durante un lapso largo y cargado de emociones y contempló los angustiados ojos verdes hasta que ella también tragó saliva.

– Me manoseó -murmuró- de un modo desagradable, que me hizo sentir sucia. Y me amenazó con volver y hacerme algo peor si no combatía el interés de la gente en la ratificación de la enmienda.

– Pero es demasiado tarde para poder hacer algo al respecto.

– Lo sé.

Con las mejillas apoyadas en las almohadas, permanecieron acostados, mirándose a los ojos.

– Lo siento -dijo Scott en voz suave, deseando poder borrar la agresión que había sufrido.

Agatha parpadeó, y Scott vio que el alcohol comenzaba a hacerle efecto.

– Ya es suficiente -susurró, contenta.

– ¿Sí?

No le pareció suficiente enfurecerse, mandar a los hombres a revisar la calle, a buscar al comisario y al médico y darle un par de vasos de whisky. Era una mujer buena, pura, y no merecía sufrir otra vez a manos de alguien que reverenciaba el alcohol.

Bajo la mano de Scott, el temblor cesó. Los ojos inmensos, tan claros, se negaban a cerrarse. Le miró los labios… lo que le pasó por la mente hacía mucho merodeaba por ella. Había ocasiones en que estaba seguro de que ella también lo pensaba, como él.

Levantó la cabeza lo suficiente para eludir la nariz y la besó como el pincel de un artista que deseara retratarla. Agatha permaneció inmóvil como si lo fuera, los ojos cerrados, conteniendo el aliento, los labios quietos.

Gandy se acostó otra vez y la observó. Agatha abrió los ojos y respiró de nuevo, como probando su capacidad para hacerlo. El hombre trató de leer lo que veía en esos ojos, buscó el deseo, pero comprendió que era demasiado tímida para dejarlo ver. No obstante, vio el pulso que latía con rapidez en las sienes, y eso le bastó. Aunque no sabía a dónde llevaría, estaba convencido de que hacía mucho que pensaban en ello y que esa curiosidad tenía que ser satisfecha.

Se apoyó en un codo, le apretó el hombro y, con delicadeza, la hizo acostar de espaldas. Inclinándose sobre ella, le buscó la mirada un momento largo y ardiente. Luego, con suma lentitud, bajó la boca hasta posarla en la de Agatha. En gesto intuitivo, proyectó la lengua, pero aunque ella alzó la cara hacia él, dejó los labios cerrados. La rozó con ligereza… una vez, sólo para tocar la unión de los labios. De súbito, comprendió: Agatha no sabía cómo proceder. No supo que estaba conteniendo el aliento hasta que el beso se prolongó y lo sintió vibrar en la mejilla. Sintió una extraña opresión en el corazón: era más inocente de lo que había imaginado. Pensó pedirle que abriese los labios, pero supo que la asustaría. Entonces, se lo dijo con los labios, con la lengua, con suaves mordiscos, toques húmedos, diestros, con el movimiento lento de la cabeza: Gussie, Gussie, ábrete a mí.

Percibió el momento en que Agatha captó el mensaje y aflojó el abrazo esperando… esperando: el beso se convirtió en una invitación.

Primero, una pequeña abertura, vacilante. Luego, la lengua encontró su camino entre los labios: Ábrete más, no tengas miedo.

Lo entendió, abrió más los labios y contuvo otra vez el aliento, esperando el primer contacto fugaz dentro de su boca.

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