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Sadrac en el horno [Shadrach in the Furnace - es]

Электронная книга - «Sadrac en el horno [Shadrach in the Furnace - es]». Краткое содержание книги:

Siglo XXI. Un mundo en ruinas gobernado por un viejo y astuto tirano, Genghis II Mao IV Khan. La vida del Khan se mantiene gracias a la habilidad de Sadrac Mordecai, un brillante cirujano negro cuya misión es reemplazar los órganos deteriorados del presidente.
Los más modernos aparatos se utilizan para tres proyectos de gran envergadura, uno de ellos, el proyecto Avatar, tiene por objeto lograr la inmortalidad del viejo líder transfiriendo la mente y la personalidad del Khan a un cuerpo más joven.
Sadrac descubre que ha sido elegido para ese macabro proyecto, pero logra idear con increíble serenidad un peligroso plan para cambiar la faz de la Tierra.

Nombrado para el premio Nebula a la mejor novela en 1976.
Nombrado para el premio Hugo a la mejor novela en 1977.
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—Todos —dice Sadrac ¿Cómo le puedo explicar? —¿Si le habla de las similitudes estructurales entre el virus de la descomposición orgánica y el material genético humano normal, si le explica cómo el virus liberado en la guerra pudo integrarse al ácido nucleico y al germen plasmático y entrelazarse tan íntimamente con el sistema genético humano que pasó de generación en generación como un gen celular normal, una masa mortífera de DNA que puede entrar en acción en cualquier momento, cuánto puede llegar a entender Bhishma Das de todo esto? ¿Puede hablar acaso de la inextrincabilidad del material genético letal, de la manera implacable en que se incorpora a las características genéticas de cualquier niño concebido desde la Guerra del Virus y lograr que Das lo interprete? El gene de la descomposición orgánica es un intruso, pero está tan íntimamente ligado a la herencia humana como lo está el gene que hace crecer el cabello en el cuero cabelludo o el que proporciona calcio a los huesos: ya desde nuestro nacimiento los tejidos están programados para deteriorarse y morirse cuando se da una determinada señal interna desconocida. Pero para Bhishma Das esto puede llegar a ser tan desconcertante como los sueños de Brahma. Después de un momento de silencio, Sadrac continúa: Todo individuo que estaba con vida cuando se liberó el virus, lo absorbió a su cuerpo, a la parte de su cuerpo que determina lo que ese individuo transmite a sus hilos. Una vez que el virus entra en esa parte, no se puede erradicar, por lo tanto se transmite de generación en generación, como el color de la piel, el color de los ojos, la textura del pelo…

—Linda herencia. ¡Que triste! ¿Y el antídoto, doctor? ¿Nos liberaría de esa herencia?

—El antídoto que tienen ahora —dice Sadrac— evita que el virus afecte al cuerpo. Lo neutraliza, lo estabiliza, lo mantiene en estado latente. ¿Entiende?

—Sí, sí, entiendo. ¡Lo congela!

—Algo así. Los que reciben el antídoto deben renovar la dosis cada seis meses, para controlar el virus, para evitar que estalle la descomposición orgánica.

—¿Un poco más de té, doctor?

—Por favor.

—¿Y usted? ¿Recibió el antídoto?

La pregunta lo incomoda a Sadrac. Sin embargo, después de un momento responde:

—Sí.

—Ah. Porque es médico, y a los médicos debemos mantenerlos vivos. Entiendo. Ya me parecía que usted había recibido el antídoto. Hay algo especial en usted, como si no fuera uno de nosotros. Usted no se levanta cada día preguntándose si ése es el día en que su cuerpo comenzará a descomponerse. ¡Ah! Algún día también nosotros recibiremos el antídoto.

—Sí. Algún día. El gobierno hace todo lo posible para aumentar las reservas —la mentira le amarga la boca—. Ojalá pudieran hoy mismo recibir la primera dosis.

—Por mí no importa dice Das sereno—. Soy viejo y siempre gocé de buena salud, y fui muy feliz toda mi vida, aun en los momentos más difíciles. Estoy preparado para enfermarme mañana mismo, pero no quema que sufran mis hijos y los hijos de mis hijos. ¿Qué significado tienen para ellos las guerras del pasado? ¿Por que habrían de padecer muertes horribles por naciones que ya habían caído en el olvido antes que ellos nacieran? Quiero que vivan. Mi familia ha estado en Kenya durante ciento cincuenta años, desde que nos fuimos de Bombay, y nuestra vida aquí fue muy feliz. ¿Por qué habríamos de morirnos ahora? Triste, doctor, triste. Una maldición para la humanidad. ¿Podremos alguna vez erradicar la putrefacción que nosotros mismos creamos?

Sadrac se encoge de hombros. No hay manera de eliminar el nuevo gen asesino del sistema genético, pero, en teoría, un antídoto permanente es posible, un DNA híbrido que puede integrarse a los genes contaminados para absorber y detoxificar el material genético letal. Sadrac ha oído decir que algunos miembros del gobierno están trabajando sobre ese antídoto. Claro que los rumores pueden ser falsos, y que el grupo de investigación sea sólo un mito y que, incluso el mismo antídoto permanente sea sólo un mito.

—Creo que estos últimos veinte años. fueron una depuración que la humanidad tenía que sufrir necesariamente —dice Sadrac— Tal vez haya sido un castigo por las estupideces y tonterías acumuladas. Toda la historia del siglo XX es como una flecha que apunta derecho a la Guerra del Virus y sus consecuencias. Pero creo que sobreviviremos a la prueba.

—¿Y todo volverá a ser como antes?

Sadrac sonríe.

—Espero que no. Si volvemos a donde estábamos antes, todo se repetirá y finalmente terminaremos en el lugar donde estamos ahora, y no creo que sobrevivamos a la próxima versión de la Guerra del Virus. No, pienso que, de las ruinas, construiremos un mundo mejor, más tranquilo, menos ambicioso. Llevará tiempo y no sé bien cómo lo lograremos. Primero sucederán cosas desagradables. Millones de hombres y mujeres padecerán muertes horribles e innecesarias. Pero finalmente, finalmente, el sufrimiento terminará, y no habrá más muertes, y los que queden volverán a mar en un mundo feliz.

—¡qué reconfortante es oír palabras tan optimistas!

—¿Yo soy optimista? Nunca me vi como un optimista. Realista, quizá, pero no optimista. ¡Qué extraño descubrir de pronto que uno es un apóstol de la fe y la buena esperanza!

Los ojos le brillaban. Parecía que estaba viviendo en ese mundo mejor mientras hablaba.

—¿Quiere retractarse de su profecía? No lo haga, por favor. Usted cree que ese mundo mejor llegará.

—Espero que llegue —dice Sadrac con voz grave.

—Usted sabe que sí.

—No estoy seguro. Tal vez parecía seguro hace un momento, pero… —Sadrac menea la cabeza. Trata de recuperar el optimismo de esas palabras tan alentadoras e inesperadas que dijo hace un momento—. Sí —dice—, no me cabe duda de que todo será mejor —ya no habla con tanta naturalidad, pero sin embargo continúa—. La decadencia no será eterna. Podemos vencer a la descomposición orgánica. La reducida población actual podrá vivir más cómodamente en un mundo incapaz de contener a los millones y millones de habitantes que vivían antes de la guerra. una depuración, una prueba de fuego, un castigo necesario por los abusos del pasado, todo en pos de un mundo mejor. El amanecer después de la larga oscuridad.

—¡Ah! ¡Es optimista!

—Tal vez sí. A veces.

—Me gustaría que un hombre como usted fuera el líder de ese mundo nuevo —dice Bhishma Das como embelesado.

Sadrac rechaza la idea:

—No, yo no. Déjeme vivir en ese mundo, sí. Pero no me pida que lo gobierne.

—Cambiara de idea cuando llegue el momento. Le ofrecerán el gobierno, doctor, porque usted es inteligente y bueno, y usted lo aceptará. Porque es inteligente y bueno —Das sirve más té. Esta fe ingenua es conmovedora. Sadrac toma un sorbo de té y, de pronto, se imagina el grito de sorpresa y felicidad de Das Bhishma cuando, dentro de uno o dos años, vea reflejada en la pantalla de su televisor la figura del nuevo presidente del Comité Revolucionario Permanente, y descubra que el rostro del presidente es el rostro negro y de bellos rasgos de aquel médico norteamericano, bueno e inteligente, que una vez visitó su negocio. Sadrac tose y se atora y casi vuelca el té de su tasa. Ese rostro será el rostro del doctor Mordecai, sí, pero la mente alojada detrás de esa mirada cálida y penetrante será la mente fría y oscura de Genghis. Desde que llegó a Nairobi, Sadrac casi ha logrado olvidarse del Proyecto Avatar. Casi.

—Debo irme —dice Sadrac—. Ya es tarde, y usted seguramente quiere cerrar el negocio.

—Quédese un rato más. No hay apuro. Lo invito a cenar a mi casa esta noche.

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