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Las Baladas Del Ajo

Электронная книга - «Las Baladas Del Ajo». Краткое содержание книги:

Una tragedia oriental que nos introduce en una China recóndita y contemporánea, que aún continúa siendo algo desconocida a ojos occidentales.
La trama tiene lugar en el Condado Paraíso, una zona rural de China que apenas ha conocido cambios sociales en las últimas generaciones. Pero la pobreza desatará pasiones feroces que rompen con las antiguas tradiciones.
El Gobierno ha animado a los granjeros a plantar grandes campos de ajo. Éstos recorren enormes distancias con su cosecha, pagan elevados impuestos y, al final, descubren que es imposible venderlo porque los almacenes estatales están repletos. Los campesinos se sublevan y la represión se acentúa pero, incluso encarcelados, aún florecen entre ellos el amor y la lealtad.
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– Las tumbas de sus antepasados están excavadas en una tierra propicia.

Ese comentario hizo que Gao Yang se acordara de la tumba de su madre. Estaba excavada en un terreno elevado, con un río que corría hacia el norte y un canal que avanzaba hacia el este; hacia el sur, se podía ver el Pequeño Monte Zhou y hacia el oeste se extendía una interminable llanura. Después pensó en su hijo de dos días, su hijo de enorme cabeza. Toda mi vida he sido como un ladrillo recién sacado del horno y no puedo cambiar ahora. Pero el lugar de descanso de mi madre puede ser de provecho para su nieto y permitirle llevar una vida decente cuando crezca.

Un tractor pasó resoplando, con las luces delanteras reluciendo y una montaña de ajo apilada en su remolque. Cuando se dieron cuenta de que la conversación les estaba retrasando, azuzaron a los animales para que aceleraran el paso.

Se acercaron a las vías férreas bajo el rojo sol de la mañana. Aunque era muy temprano, docenas de tractores ya habían formado una fila por delante, todos ellos cargados de ajo. Su camino estaba bloqueado por una barrera de paso a nivel que se encontraba en el lado norte de las vías. Una larga hilera de carros tirados por bueyes, burros, caballos y humanos, además de los tractores y los camiones, serpenteaba a sus espaldas, mientras toda la cosecha de ajo procedente de cuatro municipios era arrastrada como un imán hacia la capital del Condado. El sol mostraba la mitad de su cara enrojecida, y dibujaba un contorno negro mientras ascendía por encima del horizonte y caía bajo la marquesina de una nube blanca cuya mitad inferior estaba teñida de rojo pálido. Ante ellos se extendían cuatro vías férreas brillantes que iban de este a oeste. Una locomotora verde que se dirigía hacia el este, lanzando humo blanco y rasgando el cielo con su estridente silbido, pasó a toda velocidad, seguida de una procesión de vagones de pasajeros y de los rostros inflados de los miembros de la clase alta asomándose por las ventanas.

Un hombre de mediana edad que sujetaba una bandera roja y verde de precaución estaba situado junto a la barrera bajada. Su rostro también era redondo y rollizo. ¿Es que toda la gente de la élite que trabajaba en los ferrocarriles tenía el rostro inflado? El suelo todavía vibraba después de que el tren hubiera pasado y su burro se estremeció por los terribles chillidos que emitía el silbato del tren. Gao Yang, que había tapado los ojos del animal, dejó caer sus manos y miró al guardia que llevaba la bandera de precaución mientras levantaba la barrera con la mano que le quedaba libre. Los vehículos empezaron a atravesar las vías antes de que la barrera estuviera completamente subida. La estrecha carretera sólo podía albergar una doble fila, y Gao Yang se quedó con los ojos abiertos mientras los carros tirados a mano y más manejables y las bicicletas pasaban delante de él y de Cuarto Tío. La tierra se levantó rápidamente al otro lado de las vías férreas, donde su camino se entorpeció todavía más por culpa de la superficie pedregosa de la carretera, que estaba en pleno proceso de reparación. Los carros, que se afanaban por ascender la cuesta, se agitaban y traqueteaban por el esfuerzo, y obligaban a los conductores a bajarse y a guiar cuidadosamente a los animales sujetándolos por las bridas para enderezar los carros entre la arcilla y la dorada arena.

Al igual que antes, Cuarto Tío encabezó la marcha. Gao Yang observaba cómo el humo ascendía por su cuerpo y advirtió que su rostro estaba tan negro como el extremo de una sartén mientras se afanaba por guiar a su vaca, sujetando la cuerda con la mano izquierda y una vara de sauce con la derecha. «¡Vaaamos, avanza!», vociferó mientras agitaba la vara por encima del trasero del animal sin llegar a tocarlo. En la comisura de los labios de la vaca se formaron algunas burbujas espumosas; su respiración era profunda y áspera; sus ijadas se agitaron y se contornearon, probablemente debido a las piedras que le cortaban las pezuñas.

La bola roja del sol y unas cuantas nubes desgarradas eran todo el escenario que el cielo podía ofrecer; una carretera desvencijada y docenas de carros cargados de ajo configuraban un espectáculo terrenal. Gao Yang nunca había formado parte de semejante comitiva y se sentía tan aturdido que no despegó los ojos de la nuca de Cuarto Tío ni un momento, y no dejó que su mirada se apartara de ella ni un milímetro. Su pequeño burro parecía bailar sobre unas pezuñas que se cortaban sin misericordia por las afiladas piedras; su pezuña izquierda iba dejando un rastro de sangre oscura sobre las blancas piedras. El pobre animal se veía obligado a ir de un lado a otro por los bandazos que daba el eje, pero Gao Yang estaba demasiado decidido a seguir avanzando como para sentir compasión por él. Nadie se atrevía a reducir el paso, por temor a que la criatura infrahumana que había tras ellos pudiera intentar aprovecharse de la situación.

Una explosión, como si fuera una granada de mano, se escuchó a su izquierda, y asustó a todos los humanos y bestias por igual. Gao Yang se estremeció. Giró la cabeza hacia el lugar de donde procedía el sonido y observó que un carro había reventado un neumático, cuya cámara roja había quedado extendida sobre el caucho negro. Dos mujeres jóvenes, aproximadamente de la misma edad, tiraban del carro. La cabeza de la que era un poco más mayor tenía la forma del tronco de un árbol y estaba invadida de marcas de acné. Su enjuta acompañante tenía un atractivo rostro ovalado con, lamentablemente, un ojo ciego. Gao Yang suspiró. El ciego Zhang Kou lo explicó mejor que nadie: hasta una belleza famosa como la de Diao Zhan tenía cicatrices de la viruela, algo que simplemente demuestra que la belleza perfecta no existe. Las dos mujeres se quedaron mirando el neumático reventado y se retorcieron las manos, mientras los que estaban detrás de ellas gritaban y maldecían para que se pusieran de nuevo en marcha. Tropezando y con mucho esfuerzo, empujaron el carro hacia el cenagoso arcén de la carretera, mientras los demás se acercaban rápidamente.

Eso hizo que comenzara una epidemia de reventones: un tractor de cincuenta caballos de potencia perdió algunos de ellos en una ensordecedora explosión que hizo que las ruedas metálicas se hundieran profundamente en la carretera y que el tractor casi volcara. Un grupo de oficiales permanecía impotente frente a un amasijo de caucho inservible, mientras que el conductor -un joven cuyo sudoroso rostro estaba ennegrecido por el barro- sujetaba una enorme llave mecánica y lanzaba insultos contra la madre de todo aquel que trabajara en el Departamento de Transportes.

Ascendieron por una pendiente y después bajaron por el otro lado. Tanto en el ascenso como en el descenso se vieron entorpecidos por la misma superficie empedrada: dientes mellados y colmillos de lobos que se les clavaban en los talones. Los frecuentes reventones provocaban una sucesión de atascos y Gao Yang rezaba en silencio: «Anciano que estás en el Cielo, por favor cuida de mis neumáticos y no permitas que estallen».

Al fondo de la última colina tomaron la autopista que iba de este a oeste, donde una banda de hombres ataviados con un uniforme gris y gorras de visera ancha permanecía esperando a que se abriera el semáforo. A los carros cargados de ajo que llenaban la carretera se les unió una corriente de rezagados que emergió del sur. Cuarto Tío le informó de que tanto ellos como todos los demás se dirigían hacia los nuevos almacenes frigoríficos del Condado que se encontraban en el este.

Después de haber viajado varios cientos de metros por la autopista, el paso se vio bloqueado por los carros que avanzaban delante de ellos. Ahí fue cuando los hombres ataviados con el uniforme gris y pequeñas mochilas de plástico en mano se pusieron en acción. Sus insignias les identificaban como empleados de la estación de control de tráfico.

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