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MI CONFESION CARLOS CASTAÑO revela sus secretos

Электронная книга - «MI CONFESION CARLOS CASTAÑO revela sus secretos». Краткое содержание книги:

Este libro es algo más que las confesiones de Carlos Castaño, uno de los principales actores de la guerra colombiana hasta su misteriosa desaparición, en abril de 2004. El testimonio de este criminal de guerra es un reflejo de la descomposición de la sociedad colombiana, de la suciedad de un conflicto armado que hace años dejó de ser ideológico. Un documento periodístico que ayuda a conocer mejor a una persona que, desafortunadamente, influyó de manera decisiva en la Colombia actual y que ha sido uno de los protagonistas de los episodios más trágicos de las dos últimas décadas. Contribuye también, a comprender que las Autodefensas Unidas de Colombia no son los hijos díscolos del gobierno de turno y de los militares, sino que funcionan de manera autónoma, aunque con frecuencia las autoridades no las han combatido, se han beneficiado de sus actuaciones e inlcuso les han facilitado la comisión de actos ilegales.
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A las once de la ma�ana vol� en helic�ptero con mi escolta personal hacia el campamento. Desembarqu� a cinco de mis hombres en el per�metro entre Casta�o y la guerrilla para brindarle seguridad al comandante. Estos patrulleros hab�an estado conmigo desde el nacimiento de la Autodefensa y dieron su vida por sacar ileso a nuestro l�der, pues horas m�s tarde fallecieron en combate, mientras Casta�o hu�a.

Los subversivos lo segu�an con fuerza y de cerca. Carlos avanzaba sin parar. La misi�n de los hombres de su escolta y la m�a era servirle de retaguardia. Disparaban contra los guerrilleros, corr�an treinta metros y volv�an a enfrentarse.

Yo me march� a otro lugar y viaje varias veces a la zona de combate, donde increment� la tropa. Dej� en puntos estrat�gicos los �nicos treinta patrulleros que encontr� en ese instante. Conmigo permaneci� uno de mis hombres de confianza con quien ametrallamos a la guerrilla desde el helic�ptero. Parec�an hormigas esparci�ndose por todos lados. Con la M-60 disparamos cananas en serie. Cada una puede tener mil tiros y se acaban en dos minutos. Mont�bamos m�s y el patrullero segu�a disparando. Tambi�n les arrojamos bombas pero continuaron avanzando.

-��Y c�mo no le dieron a su helic�ptero?

-�Sobrevol�bamos a una altura superior a los dos mil pies, las balas no nos alcanzaban y efectu�bamos c�rculos colocando el helic�ptero en posici�n de ataque.

Me impresion� c�mo cayeron cantidades de guerrilleros muertos. Como m�nimo, fallecieron setenta. La zona escond�a cargas de dinamita que se activan al paso de intrusos.

Durante el combate la comunicaci�n era deficiente y por momentos perd�amos la voz de Carlos. Adem�s nos ve�amos obligados a interrumpir las conversaciones frecuentemente para evitar que escanearan la frecuencia y ubicaran a Casta�o. Conocer�an para d�nde se mov�a y cu�ntos hombres le cuidaban la espalda. Desde el aire observaba c�mo la guerrilla lo cercaba. Yo necesitaba conocer el tiempo exacto que demorar�a Casta�o en llegar al �nico claro de la selva donde se pod�a aterrizar. Apareci� por el radio diciendo: �Estoy a siete minutos del sitio de encuentro�. Prohib� ametrallar m�s, pues parte de su escolta estaba efectuando maniobras para enga�ar a las FARC. Al final, con los tres hombres que le quedaban dej� de disparar y corri� hasta el sitio.

Llegu� al claro, que no era tan despejado, sino un hueco en medio de la selva; un espacio de treinta metros cuadrados donde apenas cab�a el helic�ptero. Sin pensarlo dos veces, inclin� el aparato bajando al sitio en forma de espiral. Cada vez deb�a lograr giros m�s cerrados, la �nica forma de acercarme al lugar. Al divisar �rboles cerca, solt� el aparato y lo met� de frente. Para no estrellarme contra el piso, fren� al m�ximo y la m�quina comenz� a temblar como si se fuese a caer pero se sustent� de manera incre�ble. El ametrallador le tendi� la mano a Carlos que subi� con dos de sus hombres y yo les grit�:!No se puede subir nadie m�s, si no, esta m�quina no despega!�.

Aterrizar hab�a resultado complicado y suicida, pero salir era a�n m�s dif�cil; depend�a de la potencia del helic�ptero y cualquier cosa pod�a suceder. Tuve que forzar el aparato al m�ximo debido a los �rboles inmensos. Una vez fuera del hueco sobrevolamos a ras la copa de los �rboles. Era un vuelo t�ctico de escape. La guerrilla te puede disparar desde la selva y nunca alcanzar�an a impactar un helic�ptero que pasa a doscientos kil�metros por hora, unos ciento veinte nudos.

El rescate se llev� a cabo en un minuto y, lejos ya de la zona de combate, el �Pelao� se acerc�, me abraz� por el cuello y dijo: ��Bien, muy bien!�.

Al aterrizar en una finca en zona liberada y tranquila, nos abrazamos de nuevo y le dije al �Pelao�: Gracias a Dios no le pas� nada. Todav�a me falta mucho por vivir, me contest�.

Le propuse liderar la situaci�n para que descansara pero reaccion� exaltado: ��No, no. Nos quedamos juntos!�.

Yo rescat� a Carlos a las cinco y treinta de la tarde y donde no hubiera reaccionado con rapidez ignoro qu� habr�a sucedido. El error fue exceso de confianza.

Periodista, ya aterrizaremos en la finca. Mis hijos deben estar molestos porque no les di una vuelta en el helic�ptero.

Al descender en el potrero, los dos ni�os permanec�an detr�s de la cerca. El menor, el m�s ansioso, se secaba las l�grimas de los ojos por lo que hab�a dicho su padre. Nos bajamos y se acercaron corriendo. Mancuso le dijo al piloto:

-�Capi, ll�vate a los �pelaos� y hazles bastantes maldades, que les fascina.

Atravesamos la cerca y mientras nos desplaz�bamos hacia la casa de la finca, el helic�ptero realizaba piruetas y volaba a ras. Camin�bamos en silencio por la carretera sin asfaltar. Comenzamos a hablar de la Autodefensa; Mancuso dijo:

-��No existe un camino distinto al de convertirnos en un problema para nuestros gobernantes, no para el pueblo, los colombianos saben que somos parte de la soluci�n. Tenemos que parecer un dolor de cabeza para que se dignen tenernos en cuenta en el proceso de paz y el enemigo reconozca nuestra independencia. Si no se incluye a todos los actores del conflicto en la negociaci�n, jam�s se acabar� la guerra.

-�Afortunadamente miles de personas nos expresan su gratitud porque alguien est� liderando el restablecimiento del orden, ya que ni los gobernantes ni las Fuerzas Militares afrontan la situaci�n. La gente conf�a en nosotros por comprometernos a devolverle la seguridad a varias zonas y continuaremos cumpliendo. La palabra nuestra y la de la Autodefensa pesa.

-�No s�lo nos interesa derrotar a la guerrilla; tambi�n deseamos el progreso de nuestras zonas y si esto implica que se les acabe el fort�n a numerosos pol�ticos, se acabar�. Los que m�s se quejan son los corruptos de la regi�n pues ahora les resulta imposible mantener sus intereses particulares. Deseamos que los pol�ticos de la Costa Atl�ntica recapaciten y comprendan que con su actitud y desempe�o no le han producido ning�n beneficio a la regi�n que representan. Si el pueblo no est� contento con ellos, nosotros tampoco. En algunas regiones, la Autodefensa ha demostrado que es posible mejorar las v�as, la salud, el empleo, tener maestros y generar progreso en la regi�n. Logramos lo que los pol�ticos nunca alcanzaron, tener la regi�n en el momento de desarrollo que nosotros la tenemos.

-�Casta�o dice como ejemplo: �C�rdoba fue declarada zona libre de aftosa en Latinoam�rica por la intervenci�n de la Autodefensa con los ganaderos. La autoridad que impuls� el cumplimiento de las normas fuimos nosotros: confiscamos ganado infectado, retuvimos animales temporalmente y hasta reprendimos a algunos ganaderos. La campa�a de Fedeg�n no padeci� ning�n tropiezo�.

-�Hoy, la Autodefensa les paga a m�s de doscientas personas por ser los veedores que controlan el funcionamiento de los municipios donde operamos.

-��Para alcaldes, podr�amos llamarlos? -pregunt�.

-�Algo as�. Vigilan que los municipios funcionen y el dinero del Estado no se desperdicie. La mayor�a de estas personas son j�venes universitarios de diferentes regiones del pa�s. La administraci�n municipal los emplea y nosotros les brindamos un aliciente econ�mico que compense su calidad profesional.

Mancuso interrumpi� la conversaci�n, pues ya hab�amos atravesado la casa hasta llegar a un kiosco. Prendi� los ventiladores para apaciguar los 38 grados de temperatura y luego nos sentamos.

-��Cu�l es la diferencia entre usted y Carlos Casta�o? -le pregunt�.

-�Existen varias. Yo he permanecido m�s tiempo en combate y me gusta liderar las tropas en las batallas y liberar zonas controladas por guerrilla. Desarrollo conceptos militares en las operaciones. Utilizo estrategias nuevas e invento artima�as para derrotar al enemigo. Me gusta dirigir las incursiones, pero a Casta�o le molesta: �Usted tiene prohibido luchar en el frente de la batalla. No s�lo va a dejar hu�rfanos a sus hijos, sino a la Autodefensa�.

-�El �Pelao� me discute y se pone bravo. Yo hago caso, pero de vez en cuando me le vuelo y me echo mis plomitos por ah�, eso me reduce el estr�s.

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