MI CONFESION CARLOS CASTAÑO revela sus secretos
- Автор: MOLINA MAURICIO ARANGUREN
- Язык: испанский
- Жанр: Биографии и мемуары
Электронная книга - «MI CONFESION CARLOS CASTAÑO revela sus secretos». Краткое содержание книги:
Al final acept� responsabilizarme por la vida del guerrillero y la seguridad de sus hombres en la entrega. Por eso la primera parte del proceso se efectu� a escondidas del Ej�rcito, pues ya que, de recibir a tanto guerrillero peligroso, despertamos desconfianza en las Fuerzas Armadas y esto no le conven�a a la Autodefensa.
En la entrega oficial, los encargados de realizar toda la negociaci�n fueron, por la Autodefensa, Hern�n G�mez; por la Iglesia, monse�or Duarte Cancino; por el Gobierno, Urbano Viana y Tom�s De la Concha. Ellos tramitaron la movilizaci�n de los guerrilleros en helic�pteros del Ej�rcito, con orden expresa del Presidente. Se produjeron varios viajes desde el campamento guerrillero en R�o Verde hasta el sitio acordado.
La tercera entrega de guerrilleros del EPL, que inclu�a al comandante �Sarley� y �Ricardo�, ocurri� por intermedio nuestro, de Hern�n G�mez y Tom�s De la Concha en el corregimiento de Fresquillo en Tierra Alta. Los delegados portaban una orden presidencial para transportar a los guerrilleros en helic�pteros del Ej�rcito. Al llegar a la brigada, cuenta Hern�n que el general Manosalva se sorprendi� y dijo: ��As� me gusta, que se entreguen porque los tengo rodeados!�
Los guerrilleros viajaron de noche y de d�a a Cedro Cocido. �Gonzalo�, el comandante m�s perseguido por las autoridades, tambi�n arrib� all�, pero como era responsable de numeroso delitos la Fiscal�a no respet� e intent� capturarlo. Un d�a antes, la fiscal departamental, Carmencita Turiso, proveniente de Medell�n, se dio cuenta de la inconveniencia de no respetar lo pactado con los que se entregaban, entre ellos �Gonzalo�.
Sin embargo, sus superiores enviaron desde Bogot� una comisi�n para capturarlo al d�a siguiente. Esa noche me enter� y, como hombre de palabra, me rob� a �Gonzalo� y termin� protegiendo a mi archienemigo.
Actualmente permanece en la c�rcel pero eso ya no es asunto m�o. Cumpl� y en la reinserci�n se hizo lo que les promet� a los guerrilleros. Recuerdo que Horacio Serpa y Hern�n G�mez, queriendo evitar que el Gobierno tuviera algo que agradecerles a las Autodefensas, plantearon la reinserci�n con un plan de desarrollo para una regi�n donde habitar�an los subversivos. Costar�a alrededor de cuarenta mil millones de pesos el plan. Pero �Gonzalo� no confiaba en las propuestas del Gobierno y decidi� el proceso al estilo Casta�o.
Para cumplir mi palabra y evitar la captura de �Gonzalo� por la Fiscal�a, le ped� a Hern�n G�mez que lo sacara del campamento. Ser�a inevitable un encuentro frente a frente, un momento bien particular. Fue trasladado a una finca de la Autodefensa, lo encontr� sentado en un piedra con su mujer. Al verme se par�. Yo llevaba mi pistola y �l, nada. Me acerqu� y lo salud�: ��Gonzalo�, c�mo est�s?� Entonces me contest� de igual manera: ��C�mo est�s, Carlos?�
No se me ocurr�a qu� comentar hasta que intervino Hern�n G�mez:
��Qu� pasa aqu�? �Se van a matar o a dar la mano?�
Estrechamos las manos y nos re�mos con el reclamo desabrochado de Hern�n. �Incre�ble!
Antes me refer�a a �Gonzalo� como �negro hijo de puta�. Me mat� civiles, me desapareci� gente, dirigi� emboscadas sangrientas, quem� ranchos y caser�os en zona nuestra; un devastador.
Por eso me sorprendi� encontrarme a un hombre sereno, de voz suave. Aparec�a calmado y se notaba que hab�a conocido situaciones m�s adversas que las que yo hab�a enfrentado en el campo de batalla.
Despu�s de conversar partimos en mi camioneta. Por el camino destap� media de aguardiente y nos la bebimos. Al final de la noche, me preguntaba por qu� nos mat�bamos.
Los enemigos comienzan odi�ndose, pero al prolongarse la guerra se examinan con curiosidad y despu�s se desprecian. Pero se reconocen en su realidad. Por lo menos eso me ha pasado a m�.
No s� si con las Farc me suceda lo mismo alg�n d�a, pero a medida que pasan los a�os y uno se encuentra con el enemigo, m�s valor tiene esa pregunta: ��Por qu� nos matamos?�
XVII. D�AS DE CONSPIRACI�N
El humo de la fogata irrit� nuestros ojos pero dispers� eficazmente a las polillas. La bella cascada que divisaba desde el altillo natural donde nos encontr�bamos se perdi� en la oscuridad. La noche lleg� m�s pronto de lo esperado. S�lo nos iluminaban las luci�rnagas gigantes y el chorro de luz amarilla de una linterna de bolsillo recostada sobre la mesa. Durante nuestra conversaci�n se desgaj� un aguacero como un baldado de agua derramado desde el cielo de la selva. Guardamos nuestros documentos en los morrales y corrimos por la trocha enfangada a escampar en la choza central del campamento. Un bombillo alumbraba una extensa mesa de madera donde hablamos s�lo unos minutos m�s, porque a Casta�o lo venc�a el sue�o. Pronto decidi� irse a dormir a su carpa. Yo me qued� escuchando las historias de guerra de los patrulleros, en medio de un fr�o intenso. A la una de la ma�ana llov�a igual. Decid� descansar y un guardia me acompa�� hasta mi carpa, vecina a la de Casta�o.
-�Puede dejar las botas frente a la carpa pues el toldo que la protege evita que se mojen -me dijo el guardia.
Le agradec� la sugerencia y permanec� solo ante la malla trasparente de la entrada. El �nico orificio libre para halar la cremallera y entrar era el que dejaba el cable del bombillo que alumbraba el interior de la carpa. En mis momentos de insomnio escuchaba el fragoso golpe de la lluvia sobre el toldo que proteg�a la carpa. Me impresionaba el estruendo de los truenos en la selva, distinto a los que escuchaba en la ciudad, el campo o el mar. El eco era largo e interminable encaden�ndose un ruido pavoroso.
A�n no eran las seis de la ma�ana. Abr� la cremallera de mi carpa y al pasar por el frente Carlos Casta�o pregunt�:
-�Buenos d�as, �Madrug�? Luego me invit� a ba�arme en la cascada.
Sal� en pantaloneta y sin camisa, con un malet�n de aseo, con mis botas puestas y una toalla al hombro. El clima era extra�o, una mezcla de fr�o y humedad.
Dej� mis botas en un arbusto cercano a �La Cristalina�, como llamaba Casta�o el sitio que comprend�a una peque�a playa de piedras diminutas similares a suave arena de mar. El agua pura y menos fr�a que la temperatura ambiente invitaba a nadar en ella. Nad� hacia Casta�o que ten�a espuma blanca por todo el cuerpo. Me pas� la pasta de jab�n, se sumergi� para enjuagarse y luego me dijo:
-�Anoche le� algunas p�ginas del libro que me regal�. En la extensa entrevista al ex candidato presidencial �lvaro G�mez Hurtado distingu� su faceta humana y familiar que no conoc�a bien. Pens� en contarle lo que conozco sobre su asesinato, pero me arrepent�. Primero, no tuve nada que ver, y segundo, la verdad ya la conocen los afectados.
Por una extra�a raz�n, entre ellos y los victimarios parece que se hubiese pactado un armisticio sordo y rencoroso. El crimen del l�der conservador fue perpetrado por un sector del narcotr�fico y uno del Estado.
Por eso dudo si deba ser yo el que revele la verdad sobre el responsable de la muerte del doctor G�mez, sobre todo cuando la gente del poder en Colombia ha preferido guardar silencio. Lo que s� permanece claro para m� es que han tratado de torcer la verdad de manera insistente.
Hablo de este caso, porque en la investigaci�n del crimen sospecharon de m�, cuando �nicamente he admirado a ese hombre. Por eso le cuento que un d�a me visit� el narcotraficante Orlando Henao Montoya acompa�ado de su lugarteniente y otro narco m�s. Henao me dijo: �Vengo en nombre de un importante grupo de personajes colombianos y queremos ofrecerle un mill�n de d�lares por asesinar a �lvaro G�mez Hurtado o al ex fiscal Alfonso Valdivieso Sarmiento�.
Ellos pod�an hacerlo solos pero me quer�an involucrar en el magnicidio. Nunca cre� que pretend�an hacerlo realmente, entend� que su intenci�n era enviar conmigo una advertencia velada a quienes ellos ve�an como un riesgo para el Gobierno Samper. Es algo como hablarle a Bol�var para que escuche Santander. Esto lo percib� sobre todo en el consejero de Orlando Henao y su lugarteniente, que no ten�a limites, su irracionalidad era tal que advert�a, mataba y endilgaba. As� Orlando Henao Montoya tuvo el poder sobre los narcos durante a�os. Fue el capo de capos.