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Электронная книга - «Mal De Amores». Краткое содержание книги:

Mal de amores es la historia de una pasi?n entretejida a la historia de un pa?s, de una guerra, de una familia, de varias vocaciones desmesuradas. Emilia Sauri, la protagonista de esta inquietante novela, nace en una familia liberal y tiene la fortuna de aprender el mundo de quienes lo viven con ingenio, avidez y entereza. Cobijada por la certidumbre de que el valor no es tal sin la paciencia, busca su destino enfrentando las limitaciones impuestas a su g?nero y los peligros de su amor a dos hombres: desde su infancia por Daniel Cuenca, inasible aventurero y revolucionario, y en su madurez por Antonio Zavalza, un m?dico cuya audacia primera est? en buscar la paz en mitad de la guerra civil. Regida por la mejor tradici?n de las novelas costumbristas, Mal de amores es una novela cuya prosa n?tida y r?pida consigue arrobarnos con su maestr?a, mientras nos regala los delirios de una invocaci?n amorosa cuya desmesura nos contagia de futuro y esperanza.
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– Nadie quiere ser sensato, ni ponderado, ni bueno -dijo Salvador-. Sin ofender a Emilia, debo decir que el amor es un mal amigo de quienes hablan con hombres en guerra.

Explicó que tenía una oferta para Daniel y que esperaba que fuera tan cuerdo como para escucharla.

Al día siguiente saldría para Veracruz un grupo de curas extranjeros a los que expulsaba del país el ímpetu anticlerical en boga. Como eran más importantes que otros, y Carranza no quería demasiados líos con los jefes de la mitra, le había encomendado a Salvador que los pusiera en un tren a Veracruz y ahí los subiera a un barco que los llevara sin escándalo hasta España. Daniel podría y debía ir con ellos acompañado por Emilia, a la que sería fácil hacer pasar por monja hasta el momento en que zarpara el barco.

La expectativa de tan insólita aventura, palió la pena que a Daniel le provocaba la sola idea de abandonar la ciudad, justo cuando, a su parecer, las cosas estaban más cerca de volverse mejores, dado lo mal que se habían puesto en los últimos meses. Fantasioso y viajero por excelencia, se puso a pensar en lo completo que resultaría un reportaje narrando todo lo que irían viendo en el camino. Además, siempre podrían regresar clandestinos desde Cuba, y andar por el país sin identificarse, y sin que nadie supiera en dónde perseguirlos.

Aceptó la idea de Salvador a condición de que incluyera en la cuerda de presos a Ignacio Cardenal, cuya historia contó en un suspiro. Salvador estaba tan contento con la reacción de su hermano que aceptó la propuesta y hasta le prometió que intentaría vender las enciclopedias si el español quería dejarlas a su cargo por un tiempo. Total, para cuando Ignacio entró a la casa con su delgada elegancia y el aplomo inteligente de su cabeza, Daniel ya tenía puesta una sotana con la que ensayaba su destino de la mañana siguiente dando por hecho que nada mejor podría pasarle a él y a Emilia que acompañar al enciclopedista al menos en parte de su regreso a la patria. Ignacio se alegró hasta las lágrimas con la idea de volver a su país y a su mujer, pero tras dar las gracias por tan generosa oportunidad, le preguntó a Daniel si Emilia estaba de acuerdo en ir con ellos. Sorprendido por la pregunta, Daniel abandonó el espejo en que contemplaba los aspectos más cómicos de su disfraz. Emilia no había dicho que ella iría, aunque estuvo de acuerdo en que Daniel debía quitarse cuanto antes de ahí. Había besado a Salvador cuando aceptó meter a Cardenal entre los exiliados, pero a buen tiempo se había levantado de la mesa para salir corriendo al hospital. Daniel estaba seguro de que tendría todo arreglado para poder irse con ellos.

– ¿Qué tan seguro estás? -le preguntó Ignacio-. A veces actúas como si no la conocieras.

– Ella no me puede traicionar así -le contestó Daniel dejándose caer sobre un sillón.

– ¿Quién traiciona a quién, entre dos como ustedes? -le preguntó Cardenal antes de irse a recoger sus cosas.

Daniel se quedó solo con la duda como un clavel en el centro de su pecho. Emilia volvió temprano. Lo encontró en la recámara, jugando a elegir los libros que llevaría consigo. Desde la puerta lo miró un rato hacer que trajinaba, como si no la hubiera oído subir los escalones, tan despacio. Luego, caminó a tocar su cuerpo, único amuleto que ella necesitaba para soportarse, y lo abrazó hasta la impredecible luz del día siguiente.

XXVI

Se lo puso en palabras hasta el amanecer, cuando ambos ya sabían que estaba dicho. No iría con él. Ni siquiera tuvo ánimos para vestirse y acompañarlo.

– Traidora -dijo Daniel desde la puerta de la recámara.

Metida en un camisón blanco, Emilia hundió la cabeza bajo la almohada y se perdió entre las sábanas. Oyó la voz de Salvador apurando a Daniel y se mordió la mano en un puño para no rogarle que se quedara.

Una hora después, caminaba en los andenes de la estación de San Lázaro, junto con Ignacio Cardenal y doce curas pálidos. Custodiándolos, Salvador cerraba la fila. Afuera llovía y el agua golpeaba los techos haciendo ruido. Vestido con la sotana negra y el cuello blanco que se había probado el día anterior, Daniel no tenía que fingir para ser el más entristecido y solemne de los clérigos. Miraba al suelo y movía los labios como diciendo una oración, cuando Emilia se cruzó en su camino para besarlo en la boca y prenderse con todas sus fuerzas a la sotana que le cubría el cuerpo. Estaba empapada y jadeante.

– Quiero quedarme -le dijo Daniel a Salvador.

– No pidas imposibles -respondió Emilia otra vez sobre su boca. El tren empezó a moverse. Emilia empujó a Daniel hasta el vagón desde el cual Cardenal le extendía la mano. Un viento helado acompañó el temblor con que Emilia se empeñó en sonreír, hasta que el ruido del hierro moviéndose bajo la lluvia fue alejándose.

Se quedó unas semanas en el hospital, esperando a que los moribundos murieran y los curables recobraran la vida con que a diario se buscaban la muerte. La ciudad había recuperado cierta calma, pero a Emilia su aspecto le parecía desolador. Extrañaba a Daniel en cada esquina, en cada callejón, en el centro de la indiferencia que regía el Paseo de la Reforma, frente a la puerta caída de una iglesia, sentada frente a la mesa de su primer café, hundida en la tina vacía de la casa que la cercaba con su silencio, despierta a media noche con la boca lastimada de tanto morder el brillante de su boda. Llevaba el anillo en la boca todo el tiempo, como un recordatorio de la culpa que no quería perder. ¿Lo había traicionado? ¿Podía llamarse traición a la simple voluntad de no volver al desorden, al litigio, a las mañanas sin quehacer, a la renuncia del mundo cuerdo y fértil que era también su vocación y su destino? Despertaba con esas preguntas como un pedazo de sol irrumpiendo en la oscuridad, y una noche tras otra se le tergiversaban los horarios. Aceptó que el insomnio rigiera sus días y se dedicó a imaginar trucos para no dejarse vencer por la tristeza, cuando la oscuridad se le abría en dos. Volvió a la música con un chelo que Refugio le consiguió prestado de una iglesia, leyó tramos de Las mil y una noches, hizo guardias nocturnas y escribió cartas como si se las dictaran. Además, llevaba un diario escrupuloso describiendo para Daniel sus emociones y tristezas, sus esperanzas y arrepentimientos. Alguna vez, la vida sería tan generosa que ambos tendrían tiempo para sentarse a leer lo que se le había ido ocurriendo en esa época ciega que no se cansaba de abominar, pero que tampoco hubiera cambiado por otra. Antes que seguirlo sin más hasta convertirse en una sombra, había elegido perderlo. Y tras elegir se sentía sola, ruin, soberbia y cretina.

Volvió a ser una escucha esencial. Oyó desde a los enfermos infecciosos hasta a las mujeres que velaban a sus heridos esperando que el destino se apiadara de ellas. Oyó desde a Refugio con sus temores hasta a Eulalia su hija, cada vez más enferma y más apta para disimularlo. Oyó sin tedio y sin tregua hasta que aprendió a verse como una aguja más en el pajar lleno de agujas al que se acogía.

Una mañana a finales de septiembre, Refugio llegó a buscarla. Su nieta había ordeñado como si nada las tres gotas de leche de las dos vacas flacas que dormían con ellos en el establo de Mixcoac. Se movía como si ningún mal tuviera, pero Refugio había visto cruzar la mitad de su ánima desde el amanecer y tenía un miedo atroz a quedarse sin lo único que la vida le había dejado.

Emilia fue tras él y la encontró en el establo, haciéndose la dormida junto al único bote de ordeña. No había nada que hacer sino esperar junto al gesto apacible de Refugio, a que la vida terminara de irse en lo que Eulalia se empeñaba en fingir como un sueño. Era de noche cuando abrió los ojos, parecía ya tenerlos en otra parte. Antes de entrar en un largo monólogo con su abuelo alcanzó a decirle a Emilia:

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