Mal De Amores
- Автор: Mastretta Angeles
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Mal De Amores». Краткое содержание книги:
– No lo extraño -dijo Emilia-. Me duele el reconcomio.
Habían caminado desde el hospital y hacía frío. Zavalza no quiso entrar para la cena. Emilia no le rogó que se quedara.
Subió despacio los escalones que llevaban al corredor de los helechos y se dejó caer entre dos macetas. Sentada en el suelo, bajo los cristales de la galería a medio iluminar por un montón de estrellas, estuvo un rato largo musitando resabios.
– ¿Vas a pasar ahí toda la noche? -preguntó Josefa asomándose por la sala.
– Una parte -contestó Emilia, tajante.
– Harás bien. Al cabo no tienes nadie que te quiera -dijo su madre, yéndose en busca de Diego.
Emilia los escuchó trajinar y discutir a lo lejos. Luego contestó suave al hasta mañana que le dieron, antes de ir a meterse en la cama de sus reconciliaciones.
Pasaba de medianoche cuando Emilia Sauri tocó a la puerta de la casa en que Antonio Zavalza vivía junto con dos perros y la soledad de su espera. Había caminado diez calles en la penumbra que cada tanto agujereaba un farol y estaba helada. Abrió los brazos en cuanto Antonio apareció, buscándole en los ojos la certeza de que venía por él y no por un vicario.
Todo en el mundo de Zavalza se avenía a la sencillez de quienes saben lo que quieren y no ambicionan paraísos perdidos sino espacios de luz en los que perderse. Era de los que andan por la vida seguros de que la felicidad se encuentra, no se busca, de que es algo que llega siempre, inevitable y puntual cuando menos se le espera. Emilia entró a su casa, más que como si la conociera, segura de que ahí le conocían. Y todo, desde los perros hasta la oscuridad perfumada con el olor de su dueño, la recibió como si muchas otras veces la hubiera visto irrumpir a medianoche. Despacio se quitaron la ropa, despacio recorrieron las aristas y anhelos de sus cuerpos, presos de un coloquio pendiente, sin desear otra cosa que tocarse, sin más queja que la celebración de su potestad sobre un reino cuya bienaventuranza no se cansaron de explorar.
La luz contra sus párpados le avisó a Emilia Sauri que debían ser más de las siete. Los abrió porque el hábito era mayor que su cansancio. Lo primero que encontró en el horizonte de sus ojos, fue una bandeja con el desayuno y tras ella, las manos de Zavalza recordándole todo lo que sabían hacer. Sintió un rubor en las mejillas y pensó, mirándolo ahí, como una contundencia contra la que nada quería hacer, que lo quería tanto como a Daniel y que no sabría cómo lidiar con eso.
– No le pienses mucho -dijo Antonio acariciando su melena en desorden.
Emilia le regaló una sonrisa mezcla de luz y dudas y tomó las manos que le paseaba por la cabeza para guiarlas a otros rumbos.
Eran las diez de la mañana cuando entró a su casa con la cara de una niña traviesa y un toque de aire en sus pasos. Reunidos en el comedor, los Rivadeneira y los Sauri la oyeron entrar y se miraron con la complicidad que el caso requería. Entre los cuatro hacían una cabeza de presagios tan apta como la de Refugio. Habían desayunado juntos para asegurarse de que estaban de acuerdo, y no debían preocuparse por Emilia que de seguro dormía por fin entre los brazos de Zavalza. Cuando la oyeron entrar, se miraron en silencio y siguieron bebiendo su café. Emilia irrumpió en ese silencio con el gesto de un pájaro y los besó a uno por uno. Fue a sentarse junto a su padre, se sirvió café, tomó aire y les dijo con una sonrisa:
– Soy bígama.
– El cariño no se gasta -le contestó Milagros Veytia.
– Ya iré viendo -dijo Emilia sin quitar de su boca la sonrisa de bienestar que le tenía tomado el cuerpo.
– Par de sinvergüenzas -soltó Josefa-. No he visto tanta fortuna ni en las novelas. Un hombre como Rivadeneira no aparece jamás. Pero dos, destinados a una misma familia, si lo ponemos por escrito no lo cree nadie.
– No son tan santos como tú crees -dijo Milagros-. Ellos también han de tener otros líos. ¿Verdad Diego?
– No sé si les alcance el cuerpo para tanto -dijo Diego.
– Ojalá y sí. Me sentiría yo menos culpable -ambicionó Josefa.
– ¿Tú de qué tienes que sentirte culpable?
– preguntó Emilia.
– De transigir con ustedes -respondió Josefa levantándose-. A ver cuál dios las protege.
– El tuyo -dijo Milagros-. Con el tuyo nos basta.
XXVII
El siguiente año, 1917 según todos los que aún podían llevar la cuenta, entró en vigor un decreto disponiendo que los impuestos federales se pagaran en plata. A Diego Sauri se le constipó un catarro de tanto lamentar que la revolución y su locura hubieran servido para hacer presidente a un hombre que no por ser más joven que él se veía menos viejo y no por ser antiporfirista, le imponía al país obligaciones distintas a las del porfiriato. Un congreso de representantes, formado por los vencedores de la guerra, aprobó la existencia de una nueva Constitución. Milagros Veytia sobrevivió con Rivadeneira al terrible incendio que se desató en la estación de Buenavista cuando llegó ahí el tren en que ellos viajaban: un carro parque había estallado frente a sus ojos produciendo la más aterradora feria de luces y detonaciones, tras lo cual Milagros tuvo pretexto para dedicarse a correr toda suerte de riesgos alegando que ni la muerte verdadera la espantaría tanto como ya se había espantado esa vez. Josefa volvió a rodarse la escalera por bajarla corriendo. Rivadeneira no dejó de darle vueltas al rompecabezas que había puesto en su entresijo el general Álvaro Obregón al retirarse del gobierno carrancista para comprar un rancho en el que construir un emporio agrícola, él, cuya estrella militar tenía deslumbrado a medio país. Sol García parió una hija tres meses después de morir su marido y Emilia supo a plenitud que es posible conciliar la serenidad con el lujo de las pasiones desmesuradas.
Dormía en la casa de Antonio Zavalza, comía con él en la de sus padres, desayunaba camino al hospital, cenaba donde el hambre de la media noche encontrara su estómago. Todo, hasta la política, que vista de lejos le parecía un espectáculo muy atractivo, corrió por ese año como los ángeles que cruzan los salones cuando se hace un silencio. Y de todo, Emilia guardaba un recuerdo minucioso que hacía las delicias de Zavalza. Oírla recordar los acontecimientos de la semana, como si quedaran lejos y merecieran archivarse en el país de la memoria, le gustaba tanto que una tarde, después de comer, la llevó a caminar la ciudad en busca de un regalo. Bajo la tarde pálida del sábado, se llegaron hasta las calles estrechas en las que se alineaban las tiendas de muebles que fueron apareciendo durante los años de la revolución, con el fin de vender en ellas las extravagancias que llegaban a diario desde las haciendas saqueadas o las casas que los ricos abandonaron intactas, para no correr el riesgo de morirse cuidándolas.
La mecedora estaba colgada de un gancho cerca del cielo raso. Era una de esas piezas de encino que llevan el respaldo y los barrotes labrados. En el cabezal tenía la cara de un viejo sonriente, acorralado por sus barbas y sus bigotes. Zavalza pidió que la bajaran. Cuando la tuvo enfrente le mostró a Emilia la cara del viejo y quiso saber si ella pensaba que aquel grabado podría ser un buen oyente. Emilia probó el asiento columpiándose con energía y le preguntó a Zavalza si pensaba irse. Zavalza dijo que nunca se iría por propia voluntad, pero que necesitaba estar seguro de que aunque así fuera, ella tendría siempre un escucha con el que recuperar el tejido de memorias que hilaba empeñosa y febril, como quien teje una obra de arte.
– A él podrás contarle todo -dijo Zavalza-. Hasta lo que no me puedes contar a mí.
Emilia lo llamó celoso y se levantó a besarlo para borrarle de la imaginación todo lo que su ceño fruncido conjeturaba. No hablaban nunca del tema Daniel, pero sabiendo de su inclinación a recordar como quien borda, era lógico que Zavalza tuviera como una piedra la certidumbre de que ninguno de sus encantos y aventuras había ella olvidado en dos años.
Volvieron a la casa con la mecedora. En la puerta de la calle, Zavalza quiso que su mujer se acomodara en ella para cruzar el umbral cargándola con todo y silla. Emilia cedió a sus deseos con una solemnidad poco usual. Acomodó los pliegues de su falda, alzó los pies del suelo, cerró los ojos y avisó que estaba lista. Zavalza vio un temblor agitando sus pestañas oscuras y antes de levantarla se acercó a oír la boca con la que ella murmuraba algo parecido a una jaculatoria. Al sentirlo cerca, Emilia le extendió un beso como un cheque en blanco. Un minuto de cielo los tocó con su embriaguez y su audacia. Luego él alzó la silla y entró en la casa cargando aquel botín de penas y glorias que la vida había tenido la generosidad de poner en sus brazos.