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Электронная книга - «Mal De Amores». Краткое содержание книги:

Mal de amores es la historia de una pasi?n entretejida a la historia de un pa?s, de una guerra, de una familia, de varias vocaciones desmesuradas. Emilia Sauri, la protagonista de esta inquietante novela, nace en una familia liberal y tiene la fortuna de aprender el mundo de quienes lo viven con ingenio, avidez y entereza. Cobijada por la certidumbre de que el valor no es tal sin la paciencia, busca su destino enfrentando las limitaciones impuestas a su g?nero y los peligros de su amor a dos hombres: desde su infancia por Daniel Cuenca, inasible aventurero y revolucionario, y en su madurez por Antonio Zavalza, un m?dico cuya audacia primera est? en buscar la paz en mitad de la guerra civil. Regida por la mejor tradici?n de las novelas costumbristas, Mal de amores es una novela cuya prosa n?tida y r?pida consigue arrobarnos con su maestr?a, mientras nos regala los delirios de una invocaci?n amorosa cuya desmesura nos contagia de futuro y esperanza.
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– Tú no hagas trampa. No se vale morirse antes de tiempo.

Le compraron una caja blanca y la llevaron al panteón, llorándola como si fuera la única muerta entre los muchos muertos de esos días. Poco después, los trenes volvieron a llevar civiles de un lado a otro. Entonces Emilia decidió volver a Puebla. Alegando que necesitaba ver los volcanes del otro lado y que ya no era urgente su presencia en la Cruz Roja, se despidió de Consuelo y acordó con Refugio una invitación a ir tras ella en cuanto pudiera. Después, subió a un tren urgida de abrazarse una hilera de días al regazo inaplazable del mundo que la creció.

No avisó cuándo llegaría. Su experiencia en trenes le aconsejaba que era imposible preverlo. El viaje, sin embargo, fue menos demorado de lo que imaginó. Perdida en el campo aún verde y húmedo de octubre, dejó pasar el tiempo sin medirlo, sin lamentar el traqueteo y las incomodidades de un vagón cuyo pasado altanero había desbaratado la guerra y sus afanes. Ya en la estación, recorrió el andén desierto bajo la luz de una tarde que le envolvió los recuerdos, empujándola hasta la Casa de la Estrella como el viento empuja los veleros a la playa que los aguarda.

La botica todavía estaba abierta cuando ella saltó de un carro de alquiler y corrió hasta la entrada llamando a gritos a su padre. Recargado en el mostrador, frente a un legajo de escritos, Diego Sauri abrió los ojos hipnotizado por la imagen que veía acercarse y dijo el nombre de su hija, como si necesitara oírlo saliendo de sus labios para creer que la veía. Emilia sintió la voz de su padre como una mano sobre su cabeza. Sin darle la vuelta al mostrador, lo abrazó con el mueble de por medio, llorando y bendiciéndolo con un júbilo tal que Josefa, desde su cocina, oyó el jolgorio como quien oye un campanario. Bajó corriendo, aunque ya no solía correr desde que el año anterior se había rodado la escalera completa. Los encontró abrazados todavía, mirándose como si no pudieran creer que se miraban.

Sabiendo que se pondría a llorar hasta parecer loca si se dejaba, que se convertiría en añicos si corría llamándola, Josefa se detuvo en la puerta de la trastienda para tomar aire y secarse dos lágrimas con la manga del vestido. Luego silbó como acostumbraba hacerlo cuando su hija era niña y la recogía en el portón de la escuela. Al oír a su mujer, Diego soltó a Emilia y la vio irse hasta Josefa, en vilo, como quien necesita dar con una oración.

Inconforme y hermosa, haciendo más ruido que en sus mejores tiempos, Milagros apareció en la noche junto con Rivadeneira que, a pesar de la guerra, no había perdido un ápice de su elegancia. Cenaron juntos hablando de todo y nada, saltando de la ciudad de México a Chicago, del exilio de Daniel a la guerra como una infamia contra la que ninguno sabía ya qué hacer. Habían puesto parte de sus vidas en la búsqueda del país brioso que se adormecía bajo la dictadura, habían querido un país de leyes, en el que no se hicieran los deseos de un general. Pero de la guerra contra la dictadura no había salido más que guerra, y la lucha contra los desmanes de un general no había hecho sino multiplicar a los generales y a sus desmanes.

– En lugar de democracia conseguimos caos y en lugar de justicia, ajusticiadores -dijo Diego Sauri, irónico y entristecido.

– Daniel se empeña en creer que de algo han de servir tantos muertos -dijo Emilia.

– Como no sea para llamar más vivos a matarse -opinó Milagros que sufría cada fracaso como una herida.

Hablaban de las cosas de Emilia como si junto a ellos le hubieran sucedido y de las suyas como si Emilia las hubiera presenciado todas y cada una. Emilia habló de Baui, la norteña cuya mezcla de espíritus bravíos mandaba en el pueblo convulso en que improvisaron un hospital, imitó su manera de regañar a Daniel por su inútil prisa, y el tono en el que le decía burlona: Aunque corras, te vas a morir a la misma hora. Fue de una espalda a otra enseñando el masaje que había aprendido en el tren con la vieja curandera. Describió la ciudad de México en mitad de las catástrofes. Habló de Refugio y su delgadez atónita, llena de presagios, casándola con Daniel el mismo día en que vaticinó su separación. Contó de Eulalia asaltando una panadería para no quedarse sin el cocol de anís con el que había soñado más de tres noches. Luego imitó la agraviada solemnidad clerical que había tenido que fingir Daniel para entrar en la cuerda de curas exiliados, y el modo en que toda su actuación se vino a tierra cuando ella se cruzó en su camino para besarlo.

– Al día siguiente, me dolía el cuerpo como si me hubieran dado de palos -dijo antes de probar el postre de merengue que le supo a cielo. Después, se puso a llorar sin tener otro por qué.

Eran casi las once cuando sonó la campana de la puerta y tras ella unos pasos atravesando el patio y subiendo la escalera. Emilia preguntó quién tocaba teniendo llaves mientras se oían los pasos entrando a la sala. Tan guapo como ella lo recordaba, con sus piernas largas, su amplia frente juiciosa, sus ojos de tregua y sus manos de ángel terrestre, Antonio Zavalza apareció en el comedor. Abriendo una sonrisa que despejó su cara todavía entre lágrimas, Emilia se levantó de la silla en que se columpiaba como una niña, y sin preguntarse qué se esperaba de ella, abrazó a Zavalza como lo que era, y lo llenó de besos que no quiso saber de dónde le salían.

Dócil y generosa, la vida se dispuso a ofrecerse como un riesgo menos drástico pero más audaz. Emilia fue a la universidad y pidió exámenes en busca de una constancia formal. Volvió a trabajar con Zavalza en el hospital nacido en los tiempos de calma y promesas anteriores a su última partida. Como si nunca le hubieran dolido el desencanto y las furias que lo cercaron al perderla entonces, Zavalza la recibió con la misma naturalidad con que se cede al encanto de la luna cruzando el medio día.

Emilia se limitó a hablar de su ausencia en el tono con que se habla de lo irremediable. Trabajaron como antes, compartiendo la intimidad que les daba ir y venir por los cuerpos ajenos como aún no se atrevían a andar por los suyos. Salían tarde, entraban con el alba, practicaban su profesión como quien se aferra a un asidero infalible. Emilia diagnosticaba y ejercía, entretenida y en calma como nunca se había sentido, con un aplomo de alumna que se acerca al maestro para mostrarle lo que no supo aprender con él, y al mismo tiempo con una sencillez de aprendiz.

Con la humildad de los que saben cuánto saben, Zavalza conversaba con ella sobre los nuevos descubrimientos médicos y la escuchaba contar sus afanes, su curiosidad, sus desfalcos. Pasaban las veladas y los domingos imaginando operaciones del corazón humano como la que Alexis Carrel había practicado con éxito en un perro. Trataban de aislar la vitamina A en el laboratorio de Diego, porque sabían que había conseguido hacerlo un químico de la universidad de Yale, y se proponían reproducir las pastillas contra la tristeza cuya fórmula cargó Emilia desde Chicago. Indagaban cuáles serían las cualidades curativas de unas yerbas que, puestas a fermentar por Teodora, producían unos hongos blancos con los que Emilia había visto desaparecer una gonorrea. Como si todo eso no les alborotara suficiente, el hospital y las consultas les dejaban dinero. A Zavalza no como para recuperar las riquezas que había perdido con la guerra, pero lo necesario para mantenerse bien en medio del desorden que eran

las finanzas del país. A Emilia un peculio escaso pero seguro, con el que ayudaba a sus padres, compraba los libros, le mandaba un cobijo a Refugio, consiguió un nuevo chelo y de vez en cuando hasta se hacía de ropa nueva. Así, sin más lazo formal que el modo en que se hablaban y la pasión con que iban imaginando el futuro, pasaron juntos más de un año. Cada quien en su casa, y compartiendo casi todo lo demás.

Tras la Navidad de 1916, sin haber recibido de Daniel más que una carta desde España dirigida a toda la familia, Emilia se dejó entrar en una temporada de silencio que sólo interrumpía para dirigirse a los enfermos o tratar con Zavalza asuntos del hospital. No pudieron contra ese silencio ni sus padres, ni Milagros, ni la suave temperancia de Sol, que había sido la única sobre cuyo enfaldo Emilia se había dejado llorar el hueco como un golpe que a veces era la pérdida de Daniel.

– Envidio el modo en que lo extrañas -le dijo Zavalza una noche.

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