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Las naves del tiempo [The Time Ships - es]

Электронная книга - «Las naves del tiempo [The Time Ships - es]». Краткое содержание книги:

El Viajero del tiempo de H.G. Wells despierta en su casa de Richmond la mañana posterior al retorno de su primera partida al futuro. Apesadumbrado por haber dejado a Weena en manos de los Morlock, decide realizar un segundo viaje al año 802.701 para rescatar a su amiga Eloi. Pero al entrar en un futuro distinto y radicalmente cambiado, el Viajero se ve irremediablemente atado a las paradójicas complejidades del desplazamiento a través del tiempo. Acompañado por un Morlock, se encontrará consigo mismo, para ser detenido después por un grupo de viajeros temporales procedentes de un 1938 en el cual Inglaterra lleva 24 años en guerra con Alemania... Una novela sorprendente, repleta de aventuras y especulaciones que ha pretendido, con éxito, homenajear y reexaminar La máquina del tiempo de H.G. Wells.
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—Debemos cebar la carrocería con plattnerita —dijo—. 0…

Moses puso la vela en un estante y rebuscó en la pila de herramientas y apareció con una enorme llave inglesa.

—Veamos —dijo—. Déjeme probar con esto. —Puso la llave en la tapa y con poco esfuerzo la abrió.

Gödel cogió el frasco de plattnerita y vació un poco en el depósito. Moses se paseó alrededor del coche del tiempo aflojando las tapas del resto de los depósitos. Yo fui a la parte trasera del vehículo, donde me encontré con una puerta sujeta por un cierre de metal. Quité la barra, doblé la puerta hacia el interior y entré en la cabina. Había dos asientos de madera, cada uno lo bastante grande para dos o tres personas, y un asiento individual para el conductor frente a dos pequeños ventanucos rectangulares. Me senté en el asiento del conductor.

Frente a mí sólo tenía un volante —lo agarré con las manos— y un pequeño panel de control, lleno de indicadores, interruptores, palancas y botones; había más palancas cerca del suelo, evidentemente había que manejarlas con los pies. Los controles tenían un aspecto primario sin terminar; los indicadores e interruptores carecían de cualquier indicación, y los cables y las palancas de la transmisión mecánica sobresalían de la parte de atrás del panel.

Nebogipfel se me unió en la cabina, y miró por encima de mis hombros; el fuerte olor del Morlock era casi insoportable en aquel espacio cerrado. Por las ventanas veía a Gödel y Moses rellenando los depósitos.

Gödel dijo algo:

—¿Comprende el principio del VDT? Por supuesto, el diseño es exclusivo de Wallis, no he participado demasiado en su construcción…

Acerqué la cara a los ventanucos.

—Estoy en los controles —dije—. Pero no están marcados. Y no puedo ver nada que se parezca a un indicador cronométrico.

Gödel seguía rellenando cuidadosamente los depósitos y no levantó la vista.

—Sospecho que todavía no han instalado comodidades como indicadores cronométricos. Después de todo, éste es un vehículo de prueba incompleto. ¿Le molesta?

—He de admitir que no me agrada demasiado perder mi sentido de la posición en el tiempo —dije—, pero… no… apenas tiene importancia… ¡siempre se puede preguntar a los nativos!

—El principio del VDT es muy simple —dijo Gödel—. La plattnerita se extiende por la subestructura del vehículo a través de un sistema de capilares. Forma algo similar a un circuito… Cuando cierre el circuito, viajará en el tiempo. ¿Lo entiende? La mayor parte de los controles que tiene están relacionados con el motor de gasolina, la transmisión, y otros; ya que el vehículo es también un eficiente coche a motor. Pero para cerrar el circuito temporal hay un botón azul en el salpicadero. ¿Lo ve?

—Lo tengo.

Moses ya había colocado la mayoría de las tapas de los depósitos,

y dio la vuelta al vehículo para dirigirse a la puerta de atrás. Se metió dentro y colocó la llave inglesa en el suelo. Golpeó las paredes interiores con el puño.

—Una construcción buena y fuerte —dijo.

—Creo que estamos listos para partir —dije yo.

—¿Pero a dónde… a cuándo… vamos?

—¿Importa eso? A cualquier sitio lejos de aquí… eso es lo único importante. Al pasado para intentar arreglar las cosas.

»Moses, hemos acabado con el siglo veinte. Ahora debemos dar otro salto en la oscuridad. ¡Nuestras aventuras todavía no han terminado!

Su mueca de confusión desapareció, y vi que una determinación temeraria tomaba su lugar; apretó la mandíbula.

—Entonces, ¡que así sea, o al infierno!

—Creo que puede que así sea —dijo Nebogipfel.

—Profesor Gödel, suba al coche —grité.

—Oh, no —dijo, y puso las manos frente a él—. Mi lugar está aquí.

Moses se adelantó.

—Pero las paredes de Londres se están desmoronado a nuestro alrededor. Los cañones alemanes están a unas pocas millas. ¡Éste está lejos de ser un lugar seguro, profesor!

—Oh, les envidio, por supuesto —dijo Gödel—. Dejar este mundo desgraciado con su desgraciada guerra…

—Entonces venga con nosotros —dije—. Busque el Mundo Final del que me habló…

—Tengo mujer —dijo. Su rostro era una mancha pálida a la luz de la vela.

—¿Dónde está?

—La perdí. No pudimos huir juntos. Supongo que está en Viena… No puedo imaginar que la dañasen, o la castigasen por mi huida.

Había una pregunta en sus palabras, y comprendí que aquel hombre perfectamente lógico me estaba pidiendo, en el momento más extremo, que le diese la seguridad más ilógica.

—No —dije—,estoy seguro de que ella…

Pero nunca acabé la frase, ya que —sin ni siquiera un silbido de advertencia en el aire— otro proyectil cayó, ¡y aquél fue el más cercano de todos!

Como un trozo de tiempo congelado, el último parpadeo de la vela me mostró el derrumbe de la pared oriental del taller. Simplemente eso; pasó de ser una superficie plana y suave a convertirse en una nube de fragmentos y polvo en un latido.

Luego caíamos en las tinieblas.

El coche tembló.

—¡Abajo! —gritó Moses.

Yo me escondí y una lluvia de pedruscos, bastante letal, golpeó la parte exterior del coche del tiempo.

Nebogipfel se adelantó; podía sentir su olor. Me agarró el hombro con una mano suave.

—Cierre el circuito —dijo.

Miré por los ventanucos hacia, por supuesto, la oscuridad más absoluta.

—¿Qué hay de Gödel? —grité—. ¡Profesor!

No hubo respuesta. Oí un crujido, bastante ominoso, que venía de arriba, y hubo un ruido de más fragmentos que caían.

Cierre el circuito —dijo urgente Nebogipfel—. ¿No lo oye? El techo se desmorona. ¡Moriremos aplastados!

—Iré a buscarlo —dijo Moses. Oí, en la más absoluta oscuridad, cómo las botas golpeaban el coche al intentar salir por la parte de atrás de la cabina—. Está bien, tengo más velas… —Su voz se desvaneció al llegar a la parte de atrás, y oí sus pasos sobre el suelo cubierto de escombros …

Y entonces hubo un crujido inmenso, como un jadeo grotesco, y un torrente que venía de arriba. Moses gritó.

Me giré con la intención de salir de la cabina en busca de Moses y sentí la mordedura de unos pequeños dientes en la parte de atrás de la mano. ¡Dientes de Morlock!

En aquel instante, con la muerte tan cerca de mí, e inmerso una vez más en la oscuridad primordial, la presencia del Morlock, sus dientes hundidos en mi carne, el roce de su pelo contra mi piel, ¡todo era demasiado! Grité y golpeé con el puño el blando rostro del Morlock.

Pero no gritó; incluso mientras le golpeaba sentía cómo intentaba llegar al salpicadero.

La oscuridad cayó sobre mis ojos —el rugido del hormigón que se desplomaba se redujo al silencio— y me encontré nuevamente cayendo en la luz grisácea del viaje en el tiempo.

16. CAYENDO EN EL TIEMPO

El coche del tiempo se balanceaba.

Intenté subirme al asiento, pero me caí al suelo y me golpeé cabeza y hombros contra uno de los bancos de madera. La mano me dolía por el mordisco del Morlock.

Una luz blanca llenó la cabina, echándose sobre nosotros en una explosión silenciosa.

Oí gritar al Morlock. Mi visión era borrosa, dificultada por los pelos ensangrentados de mis mejillas y cejas. Por la puerta trasera y los ventanucos un brillo pálido y uniforme penetró en la cabina; al principio parpadeé, pero pronto se estabilizó en un brillo grisáceo. Me pregunté si había habido una nueva catástrofe: quizás el taller hubiese sido arrasado por las llamas…

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