Las naves del tiempo [The Time Ships - es]
- Автор: Бакстер Стивен М.
- Год: 1996
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-6788-4
- Переводчик: Pedro Jorge Romero
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Las naves del tiempo [The Time Ships - es]». Краткое содержание книги:
—Esos alemanes, los acabas admirando. Ni siquiera yo había pensado en ese pequeño toque…
La rota-mina, con el motor todavía encendido, pasó bajo la curva de la Bóveda y desapareció de la imagen. Luego la imagen tembló y la pantalla se llenó de luz azul informe.
Barnes Wallis suspiró.
—¡Parece que nos la han hecho!
—¿Qué pasa con el bombardeo alemán? —preguntó Moses.
—¿Los cañones? —Wallis apenas parecía interesado—. Probablemente cañones ligeros de ciento cinco milímetros, lanzados en paracaídas. Todo por delante de la invasión por mar y aire que vendrá a continuación, sin duda. —Se quitó las gafas y comenzó a limpiarlas con la punta de la corbata—. Todavía no han acabado con nosotros. Pero éste es un asunto desesperado. Muy malo…
—Doctor Wallis —dije—, ¿qué hay de Gödel?
—¿Hummm? ¿Quién? —Me miró con ojos fatigados y ojerosos—. Oh, Gödel. ¿Qué pasa con él?
—¿Está aquí?
—Sí, supongo que sí. En su oficina.
Moses y Nebogipfel se dirigieron a la puerta; Moses me indicó con urgencia que debía seguirles. Levanté la mano.
—Doctor Wallis, ¿viene con nosotros?
—¿Para qué?
—Puede que nos detengan antes de encontrar a Gödel. Debemos llegar hasta él.
Rió y se volvió a colocar las gafas.
—Oh, no creo que la seguridad importe ya demasiado. ¿No cree? De cualquier forma, tome. —Se llevó la mano a la solapa y se quitó la insignia numerada que llevaba—. Tome esto… diga que yo le he autorizado… si se encuentra con alguien lo bastante loco para estar en su puesto.
—Se sorprendería —le dije sinceramente.
—¿Hum?
Se volvió hacia el aparato de televisión. Ahora mostraba un conjunto caótico de escenas, claramente tomadas por diversas cámaras en la Bóveda: vi máquinas voladoras elevarse en el aire como mosquitos negros, y tapaderas en el suelo que se retiraban para mostrar máquinas Juggernaut que se afanaban sobre la tierra, escupiendo humo, para colocarse en una línea que se extendía, o eso me parecía, desde Leytonstone hasta Bromley. Aquella gran horda avanzaba, rompiendo la tierra, para enfrentarse a los invasores alemanes. Pero entonces Wallis pulsó un botón, y aquellos fragmentos del Armagedón desaparecieron, y volvió a poner la grabación de la rota-mina.
—Un asunto desesperado —dijo—. ¡Podíamos haberla tenido primero! Pero qué desarrollo tan maravilloso… ni siquiera estaba seguro de que pudiese hacerse. —Su vista seguía clavada en la pantalla, los ojos ocultos por el parpadeo insensato de la imágenes.
Y así lo dejé; sentí un extraño impulso de piedad y cerré la puerta de su oficina con suavidad.
15. EL COCHE DEL TIEMPO
Kurt Gödel estaba de pie frente a la ventana sin cortinas de su oficina, con los brazos cruzados.
—Al menos, todavía no ha llegado el gas —dijo sin preámbulos—. Una vez vi el resultado de un ataque con gas. Resulta que fue lanzado por bombarderos ingleses sobre Berlín. Vino por Unter den Linden y por Sieges Allee, y allí me lo encontré… ¡qué indignidad! El cuerpo se corrompe con tal rapidez… —Se volvió y me sonrió con tristeza—. El gas es muy democrático, ¿no cree?
Me acerqué a él.
—Profesor Gödel. Por favor… Sabemos que tiene plattnerita. La vi.
Como respuesta, caminó con rapidez hacia un armario. Pasó a menos de tres pies de Nebogipfel, y Gödel apenas le prestó atención. De todos los hombres que había conocido en 1938, Gödel era el que demostró la reacción más fría hacia el Morlock. Gödel cogió un frasco de vidrio del armario; contenía una sustancia de brillo verde que parecía retener la luz.
Moses gritó:
¡Plattnerita!
—Exacto. Sorprendentemente fácil de sintetizar a partir del carolinio, si se conoce la receta y se tiene acceso a una pila de fisión para irradiarlo. —Tenía aspecto malicioso—. Quería que la viese —me dijo—; esperaba que la reconociese. Me resulta agradablemente fácil retorcerle las narices a esos pomposos ingleses, con sus juntas directivas de esto y aquello, ¡que no podrían reconocer un tesoro bajo sus propias narices! Y ahora será su billete para salir de este valle de lágrimas, ¿no?
—Así lo espero —dije fervoroso—. Oh, así lo espero.
—Entonces, ¡vengan! —gritó—. Al taller de VDT. —Sostuvo la plattnerita en alto como un faro y nos guió fuera de la oficina.
Una vez más penetramos en el laberinto de corredores de hormigón. Wallis tenía razón: todos los guardias habían abandonado sus puestos y, aunque nos encontramos con uno o dos científicos de bata blanca o técnicos que corrían por los pasillos, no hubo ningún intento de detenernos o preguntarnos adónde íbamos.
Luego —¡booom!—, un nuevo impacto.
La luz eléctrica se apagó, y el pasillo se estremeció tirándome al suelo. Mi rostro chocó con el polvo; sentí la sangre que me manaba de la nariz —mi cara debía de ser un buen espectáculo— y noté un cuerpo ligero, creo que el de Nebogipfel, apoyado en mi pierna.
El estremecimiento sólo duró unos pocos segundo. La luces no volvieron.
Tuve un ataque de tos, ya que el aire estaba lleno de polvo de hormigón, y sufrí los restos de mi viejo terror a la oscuridad. Luego oí el silbido de una cerilla —tuve una visión fugaz de la cara redonda de Moses— y vi que encendía una vela. Levantó la vela, protegiendo la llama con la mano, y la luz amarillenta se extendió por el pasillo. Me sonrió.
—Perdí la mochila, pero tuve la precaución de poner algunos de los suministros en los bolsillos —dijo.
Gödel se puso en pie, con un poco de rigidez; protegía (lo vi con gratitud) la plattnerita contra el pecho, y el frasco estaba intacto.
—Creo que ése ha caído en el college. Podemos dar gracias por estar vivos; las paredes podrían habernos sepultado.
Continuamos por los corredores oscuros. En dos ocasiones paredes caídas nos impidieron el paso, pero con algo de esfuerzo trepamos por encima. Para entonces, ya estaba desorientado y perdido; pero Gödel —podía verle delante de mí, con el frasco de plattnerita brillándole bajo el brazo— seguía su marcha con confianza.
En unos pocos minutos llegamos al anexo que Wallis había llamado División de Desarrollo de VDT. Moses levantó la vela, y la luz brilló tenue en el gran taller. Exceptuando la falta de luces, y una grieta diagonal y elaborada que recorría el techo, el taller estaba tal y como lo recordaba. Piezas de motores, ruedas de repuesto, latas de aceite y combustible, trapos y monos —todos los elementos de un taller— cubrían el suelo. Las cadenas colgaban de poleas sujetas al techo y proyectaban sombras largas y complejas. En el centro del suelo vi una taza de té a medio beber, aparentemente la habían dejado con gran cuidado, con una capa delgada de polvo de hormigón que cubría la superficie del líquido.
El coche del tiempo casi terminado estaba en medio del suelo y el acabado metálico brillaba a la luz de la vela de Moses. Moses se acercó al vehículo y recorrió su carrocería con la mano.
—¿Y esto es?
Sonreí.
—El punto culminante de la tecnología de los años treinta. Un «transporte universal», creo que así lo llamó Wallis.
—Bueno —dijo Moses—, no es un diseño muy elegante.
—No creo que pretendiesen ser elegantes —dije—. Es un arma de guerra, no de placer, de exploración o científica.
Gödel se acercó al coche del tiempo, puso el frasco de plattnerita en el suelo e intentó abrir uno de los depósitos de acero unidos a la carrocería del vehículo. Enrolló la mano alrededor de la tapa y gruñó por el esfuerzo, pero no pudo abrirla. Se echó atrás jadeando.