Las naves del tiempo [The Time Ships - es]
- Автор: Бакстер Стивен М.
- Год: 1996
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-6788-4
- Переводчик: Pedro Jorge Romero
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Las naves del tiempo [The Time Ships - es]». Краткое содержание книги:
Una soledad grande y fría cayó sobre mí. Ya antes me había perdido en el tiempo, pero nunca, pensé, ¡había sentido una soledad tan intensa!
¿Sería cierto —podía ser cierto— que Nebogipfel y yo, en el dañado coche del tiempo, fuésemos la única llama de la inteligencia en todo el planeta?
—Así que estamos fuera de control —dije—. Podríamos no detenernos hasta alcanzar el principio del tiempo…
—Dudo que lleguemos a eso —dijo Nebogipfel—. La plattnerita debe de tener una capacidad finita. No puede llevarnos al pasado eternamente, debe agotarse. Recemos porque eso suceda antes de que pasemos por el Ordovícico y el Cámbrico, antes de una época en que no haya oxígeno para sobrevivir.
—Una perspectiva alegre —dije—. Y supongo que las cosas podrían ser peor.
—¿Cómo?
Estiré las piernas y me senté en el suelo frío.
—No tenemos provisiones de ningún tipo. Ni agua ni comida. Y ambos estamos heridos. ¡Ni siquiera tenemos ropa de abrigo! ¿Cuánto tiempo podremos sobrevivir en esta helada nave del tiempo! ¿Unos días? ¿Menos?
Nebogipfel no contestó.
No soy un hombre que se rinda con facilidad al destino, e invertí algo de esfuerzo en estudiar los controles y cables del vehículo. Pronto descubrí que tenía razón —no había forma de poder convertir aquel montón de componentes en un vehículo controlable— y mis energías, ya de por sí reducidas, se agotaron pronto. Volví a una cierta apatía.
Atravesamos una vez más una glaciación breve y brutal; y luego penetramos en un invierno largo y desolado. Las estaciones todavía traían hielo y nieve sobre la Tierra, pero la época del hielo permanente pertenecía ahora al futuro. Vi pocos cambios en la naturaleza del paisaje, milenios sobre milenios: quizás había un lento enriquecimiento en la textura de la masa de verde que cubría las colinas. Un cráneo inmenso —me recordó al de un elefante— apareció en el suelo no lejos del coche, blanco, pelado y roto. Permaneció lo suficiente para adivinar su forma, un segundo o así, antes de desvanecerse tan rápido como había aparecido.
—Nebogipfel, a propósito de tu cara. Yo… debes entender…
Me miró fijamente con el ojo bueno. Vi que había vuelto a las peculiaridades de Morlock, dejando atrás la capa de humanidad que había adoptado.
—¿Qué? ¿Qué debo entender?
—No pretendía hacerte daño.
—Ahora no —dijo con la precisión de un cirujano—. Pero entonces sí. Las disculpas son inútiles… absurdas. Eres lo que eres… pertenecemos a especies diferentes, tan separadas una de la otra como del australopiteco.
Me sentí como un animal estúpido, con el puño manchado otra vez con la sangre de un Morlock.
—Me avergüenzas —dije.
Agitó la cabeza, un gesto breve y brusco.
—¿Vergüenza? El concepto no tiene sentido en este contexto.
No debía sentir más vergüenza —quería decir— que un animal salvaje de la selva. ¿Si me atacase una criatura así, discutiría con ella la moral del caso? No, sin inteligencia no podía evitar su comportamiento. Simplemente me ocuparía de sus actos.
Ante Nebogipfel me había mostrado —¡otra vez!— como poco mejor que los brutos de las praderas de África, los precursores del hombre en aquel desolado periodo.
Me retiré a los bancos de madera. Me tendí, cubriéndome la cabeza con las manos, y observé el parpadeo de las eras tras la puerta abierta del coche.
17. EL OBSERVADOR
El desolado frío invernal pasó, y el cielo adoptó una textura jaspeada más compleja. En ocasiones, la banda oscilante del sol quedaba cubierta por una concha de nubes oscuras, incluso durante un segundo. Florecieron nuevas especies de árboles en el clima templado: por lo que pude ver, tipos de hoja caduca, robles, álamos, cedros y otros. A veces esos antiguos bosques saltaban sobre el coche, aislándonos en una penumbra de verde y marrón alternante, para retirarse, como si se abriese una cortina.
Habíamos llegado a una época de grandes movimientos terrestres, dijo Nebogipfel. Los Alpes y el Himalaya estaban siendo sacados de la tierra, y volcanes inmensos lanzaban cenizas y polvo al aire, en ocasiones oscureciendo el cielo durante años. En los océanos, dijo el Morlock, navegaban grandes tiburones, de dientes como dagas. Y en África, los ancestros de la humanidad regresaban a una estupidez primitiva, con cerebros que se reducían, posturas inclinadas y dedos torpes.
Caímos por aquella época larga y salvaje durante unas doce horas.
Intenté ignorar el hambre y la sed que me atenazaban el estómago, mientras los siglos y los bosques pasaban al lado de la cabina. Aquél era el viaje más largo que había realizado en el tiempo desde mi huida al remoto futuro más allá de la historia de Weena, y el vacío inmenso y fútil —idénticas todas las horas— comenzó a deprimirme el alma. Ya el breve desarrollo de la humanidad no era sino un remoto punto de luz, alejado en el tiempo; incluso la distancia entre hombre y Morlock —o cualquier otra variedad— no era sino una fracción de la gran distancia que ya habíamos recorrido.
La inmensidad del tiempo y la pequeñez del hombre y sus logros me aplastaba; y mis propias pequeñas preocupaciones parecían absurdas e insignificantes. La historia de la humanidad parecía trivial, un momento fugaz perdido en la oscuridad e ignorancia de los salones de la eternidad.
La corteza de la Tierra se elevaba como el pecho de un hombre enfermo, y el coche subía y bajaba según lo hiciese el paisaje; parecía el oleaje de un inmenso mar. La vegetación se hacía más exuberante y verde, y nuevos bosques se apretaban contra el coche —pensé que ya debían de ser árboles de hoja caduca, aunque las flores y las hojas no eran sino un mancha uniforme de verde debido a la velocidad— y el aire se hizo más cálido.
El dolor de aquellos eones helados abandonó finalmente mis dedos, y me quité la chaqueta y me aflojé los botones de la camisa; abandoné las botas y reactivé la circulación de mis pies. La insignia de seguridad de Barnes Wallis se cayó de la chaqueta. La recogí, aquel pequeño símbolo de la sospecha de los hombres para con sus semejantes, ¡y creo que no hubiese podido encontrar, entre aquella vegetación prístina, un símbolo más perfecto de las estrecheces y absurdos con que los hombres malgastaban sus energías! Arrojé la insignia a la esquina más oscura del coche.
Las largas horas, suspendido bajo la cubierta vegetal, pasaron con más lentitud que nunca, y dormí durante un rato. Cuando desperté, la calidad de la vegetación que me rodeaba parecía haber cambiado
—era más translúcida, con algo del tono de la plattnerita, y me pareció ver las estrellas—, era como estar inmerso en esmeraldas y no en hojas.
Entonces lo vi: flotaba en el aire húmedo de la cabina, inmune al balanceo del coche, con ojos inmensos, la boca carnosa en forma de «V», y aquellos tentáculos articulados que descendían pero no llegaban a tocar el suelo. No era un fantasma —no podía ver a su través el bosque que había detrás— y era tan real como yo, Nebogipfel o las botas que había colocado en el banco.
El Observador me miró fría y analíticamente.
No sentí temor. Me acerqué a él, pero se alejó en el aire. No tenía duda de que sus ojos verdes estaban fijos en mi cara.
—¿Quién es? —pregunté— ¿Puede ayudarnos?
Si podía oírme, no respondió. Pero la luz ya cambiaba; la luminosidad del aire desaparecía y volvía a ver el verde vegetal. Sentí, entonces, un giro —el gran cráneo era como un juguete, rotando sobre su eje— y desapareció.
Nebogipfel caminó hacia mí, los largos pies pasaban por encima de las aristas del suelo. Se había quitado las ropas del siglo diecinueve e iba desnudo, exceptuando las gafas rotas y la capa de pelo blanco en su espalda, ahora enredada y grande.