Las naves del tiempo [The Time Ships - es]
- Автор: Бакстер Стивен М.
- Год: 1996
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-6788-4
- Переводчик: Pedro Jorge Romero
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Las naves del tiempo [The Time Ships - es]». Краткое содержание книги:
—¿Qué pasa? ¿Estás enfermo?
Le hablé del Observador, pero no había visto nada. Volví a descansar en el banco, sin saber si lo que había visto era real o un sueño persistente.
El calor era opresivo, y el aire de la cabina se cargaba.
Pensé en Gödel y Moses.
Aquel hombre poco atractivo, Gödel, había deducido la existencia de múltiples historias sólo a partir de principios ontológicos, ¡mientras que yo, pobre tonto, había necesitado de varios viajes en el tiempo antes de que se me ocurriera la posibilidad! Pero ahora aquel hombre que había conjurado su magnífico sueño de un Mundo Final, un mundo en el que estuviesen claras todas las respuestas, yacía aplastado y roto bajo los escombros, asesinado por la intransigencia y estupidez de sus compañeros humanos.
Y en lo que respecta a Moses, simplemente le lloraba. Era una desolación similar a la que podría sentirse por la muerte de un niño, creo, o un hermano menor. Moses había muerto a los veintiséis; y ¡aun así yo —la misma persona— seguía respirando a los cuarenta y cuatro! Mi pasado había desaparecido; era como si el suelo se hubiese evaporado dejándome colgado en el aire. Pero aún más, yo había conocido a Moses, aunque brevemente, como una persona por derecho propio. Era alegre, errático, impulsivo, un poco absurdo —¡como yo!— y muy agradable.
¡Era otra muerte en mis manos!
Todas las charlas de Nebogipfel sobre la multiplicidad de los mundos —todos los posibles argumentos de que el Moses que yo había conocido no estaba destinado, finalmente, a ser yo, sino otra variante de mí—, nada de eso planteaba ninguna diferencia en la forma en que me sentía.
Mis pensamientos se disolvieron en fragmentos medio coherentes —luché por mantener los ojos abiertos, temiendo no volver a despertar—, pero una vez más, consumido por la confusión y la pena, dormí.
Me despertó mi nombre, pronunciado en la forma líquida y gutural de los Morlocks. El aire estaba tan cargado como antes, y un nuevo dolor, producido por el calor y la falta de oxígeno, buscaba hueco en mi cerebro enfrentado a los residuos de heridas pasadas.
Los ojos destrozados de Nebogipfel eran enormes en aquel ambiente arbóreo.
—Mira a tu alrededor-dijo.
La vegetación se apretaba con la misma persistencia que antes —y aun ahora la textura parecía diferente—. Descubrí que —con cuidado— podía seguir la evolución de una sola hoja en las ramas repletas. Cada hoja surgía del polvo, se marchitaba a la inversa, y se replegaba a su yema en menos de un segundo.
—Vamos más despacio —articulé.
—Sí. Creo que la plattnerita pierde potencia.
¡Dije una oración de agradecimiento, ya que mis fuerzas se habían recuperado lo suficiente y ya no quería morir en una pradera rocosa sin aire en el amanecer de la Tierra!
—¿Sabes dónde estamos?
—En algún momento del Paleoceno. Hemos viajado veinte horas. Debemos de estar unos cincuenta millones de años antes del presente …
—¿El presente de quién? ¿El mío, 1891, o el tuyo?
Se tocó la sangre que tenía en 1a cara.
—En estas escalas de tiempo apenas importa.
El crecimiento de las hojas y la floración era ahora muy lento —casi majestuoso—. Distinguí un parpadeo, una intrusión inestable de mayor oscuridad, superpuesta al verde general.
—Puedo distinguir el día de la noche —dije—. Nos detenemos.
—Sí. —El Morlock se sentó en el banco frente a mí y se agarró al borde con sus largos dedos. Me pregunté si tenía miedo; ¡tenía todo el derecho a tenerlo! Creí apreciar un movimiento en el suelo del coche, un abultamiento bajo el banco de Nebogipfel.
—¿Qué hacemos?
Movió la cabeza.
—Tenemos que esperar a lo que suceda. No estamos en una situación controlada…
El aleteo de días y noches se redujo más aún, hasta que se convirtió en un pulso fijo a nuestro alrededor, como el latido de un corazón. El suelo crujió, y vi aparecer marcas en el acero…
¡De pronto lo entendí!
Grité:
—¡Cuidado! —Me levanté, me eché hacia delante y agarré a Nebogipfel por los hombros. No se resistió. Lo levanté como si fuese un niño enclenque y peludo, y caímos hacia atrás …
… y un árbol apareció en el aire frente a mí, rasgando el metal del coche como si fuese de papel. Una rama inmensa se disparó hacia los controles como el brazo de un hombre de madera enorme y decidido, y destrozó el panel frontal.
¡Estaba claro que llegábamos a un espacio ocupado por aquel árbol en aquella remota era!
Caí hacia atrás sobre un banco, sosteniendo a Nebogipfel. El árbol se encogió un poco al retroceder hacia el momento de su nacimiento. El aleteo de noche y día se hizo aún más lento, aún más pesado. El tronco se redujo todavía más; y entonces, con un crujido inmenso, la cabina del coche se partió en dos, rota desde el interior como una cáscara de huevo.
Tuve que soltar a Nebogipfel, y el Morlock y yo caímos sobre la tierra suave y húmeda, en medio de una lluvia de metal y madera.
LIBRO CUATRO
El mar del Paleoceno
1. DIATRYMA GIGANTICA
Me encontré de espaldas, mirando el árbol que había atravesado el coche del tiempo. Oía cerca la respiración de Nebogipfel, pero no podía verle.
El árbol, congelado ahora en el tiempo, se elevaba para unirse a sus compañeros en un dosel arbóreo grueso y uniforme sobre nosotros, y los retoños y plántulas brotaban de la tierra alrededor de su base y a través de los fragmentos del coche. El calor era intenso, el aire húmedo y pesado para mis pulmones, y el mundo a mi alrededor estaba lleno de los ruidos, vibraciones y suspiros de la jungla, todo sobre un retumbar profundo y rico que me hizo sospechar la presencia cercana de un gran cuerpo de agua: ya fuese un río —alguna versión primitiva del Támesis— o un mar.
¡Era más parecido al trópico que a Inglaterra!
Mientras estaba allí tendido y mirando, un animal bajó gateando por el tronco hacia nosotros. Era parecido a una ardilla, de unas diez pulgadas de largo, pero tenía la piel ancha y suelta, y colgada de su cuerpo como una capa. Llevaba fruta en las mandíbulas. A diez pies del suelo la criatura nos vio; inclinó la cabeza, abrió la boca —dejó caer la fruta— y chilló. Vi que sus incisivos tenían la punta dividida en cinco. Saltó directamente del tronco. Extendió brazos y piernas y la capa de piel se abrió de golpe, convirtiendo al animal en una cometa cubierta de piel. Voló hacia las sombras y desapareció de mi vista.
—Vaya una bienvenida —dije con un jadeo—. Era como un lémur volador. ¿Pero viste sus dientes?
Nebogipfel, todavía fuera de mi vista, contestó.
—Era un Planetatherium. Y el árbol es un dipterocarpo, no demasiado diferente de la especie que sobrevivirá en los bosques de nuestros días.
Hundí la mano en el humus del suelo —estaba podrido y era resbaladizo— y luché por darme la vuelta para verle.
—Nebogipfel, ¿estás herido?
El Morlock yacía de lado, con la cabeza doblada para mirar al cielo.
—No estoy herido —susurró—. Propongo que empecemos a buscar…
Pero yo no escuchaba; porque había visto —detrás de él— una cabeza con pico, del tamaño de la de un caballo, que se abría paso a través del follaje, ¡y que se dirigía hacia el frágil cuerpo del Morlock!
Durante un instante me paralizó la sorpresa. El pico curvo se abrió de golpe, los ojos redondos se fijaron en mí con todos los signos de la inteligencia.
Entonces, con un fuerte picado, la gran cabeza se hundió y cerró el pico alrededor de la pierna del Morlock. Nebogipfel gritó, y sus pequeños dedos arañaron la tierra, y trozos de hojas se le pegaron al pelo.