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Las naves del tiempo [The Time Ships - es]

Электронная книга - «Las naves del tiempo [The Time Ships - es]». Краткое содержание книги:

El Viajero del tiempo de H.G. Wells despierta en su casa de Richmond la mañana posterior al retorno de su primera partida al futuro. Apesadumbrado por haber dejado a Weena en manos de los Morlock, decide realizar un segundo viaje al año 802.701 para rescatar a su amiga Eloi. Pero al entrar en un futuro distinto y radicalmente cambiado, el Viajero se ve irremediablemente atado a las paradójicas complejidades del desplazamiento a través del tiempo. Acompañado por un Morlock, se encontrará consigo mismo, para ser detenido después por un grupo de viajeros temporales procedentes de un 1938 en el cual Inglaterra lleva 24 años en guerra con Alemania... Una novela sorprendente, repleta de aventuras y especulaciones que ha pretendido, con éxito, homenajear y reexaminar La máquina del tiempo de H.G. Wells.
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Me eché hacia atrás y acabé con la espalda contra un tronco.

Ahora, con un crujido de ramas rotas, el cuerpo de la bestia salió de la vegetación ante mi vista. Tenía unos siete pies de alto, y estaba cubierto de plumas negras y escamosas; las patas eran robustas, con pies fuertes, y estaban cubiertas de una piel amarilla y arrugada. Unas alas residuales, desproporcionadamente pequeñas para el inmenso torso, golpeaban el aire. El pájaro tiró de la cabeza arrastrando al pobre Morlock por el suelo.

—¡Nebogipfel!

—Es un Diatryma —gritó—. Un Diatryma Gigantica, yo… ¡oh!

—No me importa su filogenia —grité—, ¡huye!

—Me temo… no puedo… ¡oh!

Una vez más, sus palabras se convirtieron en un aullido inarticulado de angustia.

Ahora la criatura giraba la cabeza de lado a lado. Vi que intentaba golpear el cráneo del Morlock contra un árbol, ¡sin duda como paso preliminar para comerse su pálida carne!

Necesitaba un arma, y sólo pude pensar en la llave inglesa de Moses. Me puse en pie y rebusqué por entre los restos del coche del tiempo. Había cantidad de tornillos, paneles y cables, y el acero y la madera pulida de 1938 parecían extrañamente fuera de lugar en aquel bosque antiguo. ¡No podía ver la llave! Hundí los brazos, hasta los codos, en la cubierta del suelo. Me llevó muchos y agónicos segundos de búsqueda, mientras el Diatryma arrastraba todavía más su presa hacia el bosque.

¡Al fin la encontré! Mi mano derecha salió del humus sosteniendo la llave.

Con un rugido, levanté la llave hasta el hombro y corrí. Los ojos del Diatryma me miraban al acercarme —redujo sus golpes—, pero no soltó la pierna de Nebogipfel. Por supuesto, nunca antes había visto a un hombre; dudaba que hubiese entendido que yo podía ser una amenaza. Cargué, e intenté ignorar la horrible piel escamosa alrededor de las garras de las patas, la inmensidad del pico y el aliento a carne podrida que desprendía.

Como un golpe de criquet, hendí el mazo en la cabeza del Diatryma. Las plumas y la carne amortiguaron el golpe, pero sentí la agradable colisión contra el hueso.

El pájaro abrió el pico, soltando al Morlock, y chilló; un sonido como el del metal rompiéndose. El inmenso pico estaba ahora encima de mí, y todos mis instintos me decían que corriese, pero sabía que si lo hacía los dos estaríamos acabados. Volví a levantar la llave sobre la cabeza, y golpeé contra el cráneo del Diatryma. Esta vez la criatura se apartó y el impacto fue lateral; así que levanté la llave de nuevo y golpeé la base del pico.

Algo se rompió, y la cabeza del Diatryma se echó hacia atrás. Se tambaleó, y luego me miró con ojos calculadores. Emitió un chillido tan bajo que más parecía un gruñido.

Entonces —muy rápido— agitó las plumas negras, se volvió y se hundió en el bosque.

Me puse la llave en el cinturón y me arrodillé al lado del Morlock. Estaba inconsciente. La pierna le sangraba y estaba aplastada, y el pelo de la espalda estaba manchado de la saliva del monstruo.

—Bien, mi compañero en el tiempo —le susurré—, ¡después de todo, quizás hay ocasiones en que es útil tener a un salvaje primitivo a mano!

Encontré sus gafas en el suelo, las limpié con la manga, y se las coloqué sobre la cara.

Observé la penumbra del bosque preguntándome qué hacer a continuación. Podía haber viajado en el tiempo y a la gran Esfera de los Morlocks, pero en mi propio siglo jamás había viajado a ningún país tropical. Sólo tenía vagos recuerdos de libros de viaje y otras fuentes populares para guiarme en mi lucha por la supervivencia.

Pero al menos, me consolé, ¡los retos que me aguardaban serían comparativamente simples! No tendría que encontrarme con mi yo más joven. No ahora que el coche del tiempo estaba destruido. Ni tendría que lidiar con las ambigüedades filosóficas y morales de la multiplicidad de historias. En su lugar, sólo tendría que buscar comida, refugio contra la lluvia y una forma de protegernos contra las bestias y aves de aquel tiempo remoto.

Decidí que buscar agua fresca debía ser mi primera misión; incluso dejando de lado las necesidades del Morlock, mi propia sed me mataba, ya que no había tomado nada desde el bombardeo de Londres.

Coloqué al Morlock entre los restos del coche del tiempo, cerca del tronco. Lo creí un lugar tan seguro como cualquier otro para evitar que fuese atacado por los monstruos de la época. Doblé la chaqueta y se la puse debajo de la cabeza, para protegerle de la humedad del suelo, ¡y de cualquier cosa que se arrastrase y mordiese que pudiese vivir allí! Entonces, después de vacilar un poco, saqué la llave del cinturón y la coloqué sobre el Morlock, para que sus dedos se agarrasen al mango del arma.

No me sentía bien al quedarme sin armas, por lo que rebusqué por entre los restos hasta que encontré una pieza de hierro corta y la doblé hasta que la pude arrancar de la estructura. La sopesé en la mano. No tenía la satisfactoria solidez de la llave, pero sería mejor que nada.

Decidí dirigirme hacia el sonido de agua; parecía estar en dirección opuesta al sol. Me puse el trozo de hierro al hombro y me adentré en el bosque.

2. EL MAR DEL PALEOCENO

No me fue difícil abrirme camino, los árboles crecían en bases separadas con mucha tierra en medio. La gruesa y uniforme bóveda arbórea de hojas y ramas excluía la luz del sol, aunque eso no parecía impedir el crecimiento en el suelo.

La bóveda arbórea estaba repleta de vida. Epífitas —orquídeas y enredaderas— colgaban de la corteza de los árboles y las lianas caían de las ramas. Había gran cantidad de aves y colonias de criaturas que vivían en las ramas: monos y otros primates (pensé al primer vistazo).

Había una criatura parecida a una marta, de unas ocho pulgadas de largo, de articulaciones flexibles y una cola rica y esponjosa, que emitía un sonido ronco. Otro animal trepador era bastante grande —quizá de una yarda de largo—, con garras y cola prensil. No huyó al verme; en su lugar, se agarró a la parte baja de una rama y me miró calculador.

Seguí caminando. La fauna local desconocía al hombre, pero estaba claro que había desarrollado fuertes instintos de autopreservación gracias a la presencia del Diatryma de Nebogipfel y, sin duda, otros depredadores, y no se dejarían cazar con facilidad.

A medida que mis ojos se acostumbraban al fondo boscoso, encontré el camuflaje y el engaño por todas partes. Una hoja podrida, por ejemplo, estaba pegada al tronco de un árbol, o al menos eso pensé, hasta que al aproximarme la «hoja» desarrolló patas de insecto y la criatura saltó. Allá, en un saliente de rocas, vi lo que parecía un montón de gotas de agua que brillaban como joyas bajo la luz filtrada. Pero cuando me incliné para examinarlas, vi que eran una nidada de escarabajos con caparazones transparentes. No me sorprendí demasiado cuando una mancha de guano en un tronco, blanco sobre negro, desarrolló patas de araña.

Después de media milla, los árboles se hicieron más escasos; atravesé un borde de palmeras y salí a la luz del sol, y una arena joven y áspera me raspó las botas. Me encontré en una playa. Más allá de la línea de arena blanca había una extensión de agua brillante, tan ancha que no podía ver su orilla opuesta. El sol estaba bajo en el cielo, pero brillaba con intensidad; podía sentir su calor sobre el cuello y la cabeza.

En la distancia —a un lado, sobre la larga playa— vi una familia de pájaros Diatryma. Los dos adultos se pavoneaban, envolviendo los cuellos alrededor del otro, mientras las tres crías se tambaleaban por los alrededores, saltando y ululando, o se sentaban en el agua para humedecerse las plumas. Todo el conjunto, con su plumaje negro, sus torpes estructuras y alas minúsculas, parecía cómico, pero los vigilé con cuidado mientras permanecía allí, ya que incluso el más pequeño de los jóvenes tenía tres o cuatro pies de alto y era muy musculoso.

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