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Las naves del tiempo [The Time Ships - es]

Электронная книга - «Las naves del tiempo [The Time Ships - es]». Краткое содержание книги:

El Viajero del tiempo de H.G. Wells despierta en su casa de Richmond la mañana posterior al retorno de su primera partida al futuro. Apesadumbrado por haber dejado a Weena en manos de los Morlock, decide realizar un segundo viaje al año 802.701 para rescatar a su amiga Eloi. Pero al entrar en un futuro distinto y radicalmente cambiado, el Viajero se ve irremediablemente atado a las paradójicas complejidades del desplazamiento a través del tiempo. Acompañado por un Morlock, se encontrará consigo mismo, para ser detenido después por un grupo de viajeros temporales procedentes de un 1938 en el cual Inglaterra lleva 24 años en guerra con Alemania... Una novela sorprendente, repleta de aventuras y especulaciones que ha pretendido, con éxito, homenajear y reexaminar La máquina del tiempo de H.G. Wells.
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»Y ahí es donde comienzan los problemas. Primero tenemos el comportamiento. —Me miró—. Esos jóvenes no le tienen demasiado aprecio a nuestra época —dijo—. Padecíamos de una «profunda laxitud de la conducta privada», ¡así se me informó! Éstos se han ido al otro extremo: hacia una austeridad severa… especialmente en lo que se refiere a la excitación sexual. ¡Ocupación decente! Ésa es la ley hoy en día.

Sentí algo de nostalgia.

—Supongo que eso significa problemas para el futuro del Empire y Leicester Square.

—¡Ya lo han cerrado! ¡Demolido! Para dejar sitio a una Oficina de Planificación Ferroviaria.

»Y aún hay más. En la siguiente fase, las cosas serán algo más activas. Veremos la destrucción indolora de los "tipos más penosos de defectos", ¡ésas no son mis palabras!, y también la esterilización de aquellos que podrían trasmitir tendencias que sean, cito, "claramente indeseables".

»Parece que ese proceso de limpieza ya ha comenzado en algunos lugares de Gran Bretaña. Tienen un tipo de gas llamado cinetógeno de Pabst…

Bien. Puedes ver que comienzan a dirigir la herencia racial de la humanidad.

—Hummm —dije yo—. Desconfío profundamente de esas normalizaciones. ¿Es tan deseable que el futuro de la especie humana sea filtrado por la tolerancia de los ingleses de 1938? ¿Debe su larga sombra extenderse durante los millones de años por venir?

—Está todo planificado, ya ves —dijo Moses—. Y dicen que la única alternativa sería la caída en la barbarie caótica que acabe en la extinción final.

—¿Son los hombres, las hombres modernos, capaces de tales actos?

Moses habló.

—Con seguridad habrá derramamiento de sangre y conflictos a una escala inimaginable, incluso para los estándares de esta terrible guerra, ¡al resistirse la mayoría del mundo a la imposición de un Plan infalible por partes de esos aliados tecnócratas!

Busqué los ojos de Moses, y reconocí la rabia justiciera, una furia producida por la estupidez de la humanidad, que había dado forma a mi alma juvenil. Siempre he desconfiado del progreso, deseable o no, de la civilización, porque me parecía un edificio inestable que un día se derrumbaría sobre las cabezas de sus estúpidos arquitectos; ¡y ese estado moderno parecía la mayor tontería que había oído en mucho tiempo, si exceptuamos la guerra misma! Era como si pudiese ver los pensamientos de Moses en sus ojos grises; sus temores habían desaparecido y se había convertido en una versión más joven y decidida de mí mismo, y nunca me había sentido tan cerca de él desde que nos habíamos conocido.

—Bien, entonces —dije— la cosa está clara. No creo que ninguno de nosotros pudiésemos soportar un futuro así. —Moses agitó la cabeza, Nebogipfel parecía asentir y, por mi parte, renové mi decisión de acabar de una vez por todas con el viaje en el tiempo—. Debemos huir. Pero ¿cómo…?

Y entonces, antes siquiera de poder terminar la pregunta, la casa tembló.

Apreté el hombro de Filby. Al menos no se resistió, y lo consideré un último retazo de amistad entre nosotros.

Ésa fue la última vez que lo vi.

Miramos la calle. Recordaba aquélla como una parte relativamente tranquila de Londres; pero ahora la gente corría por Queen's Gate Terrace, chocando, tropezando unos con otros. Hombres y mujeres habían abandonado sus hogares y lugares de trabajo. La mayoría llevaba la cabeza oculta por las máscaras antigás, pero donde vi rostros, vi miseria, dolor y miedo.

Parecía que había niños por todas partes, la mayoría con horribles uniformes escolares y con pequeñas máscaras antigás; estaba claro que habían cerrado las escuelas. Los niños vagaban por las calles llamando a sus padres a gritos; pensé en la agonía de una madre buscando a su hijo en el inmenso y repleto hormiguero en que se había convertido Londres, y me asusté.

Algunas personas cargaban con la parafernalia de la jornada laboral —portafolios y bolsos, familiares e inútiles— y otros ya habían recogido sus pertenencias, y las cargaban en maletas repletas o envueltas en cortinas o sábanas. Vimos a un hombre delgado e intenso que luchaba con un aparador, lleno sin duda de objetos valiosos, en precario equilibrio sobre una bicicleta. La rueda de su bicicleta chocaba con piernas y espaldas.

—¡Vamos! ¡Vamos! —les gritaba a los que iban por delante de él.

No había signos de una autoridad a cargo de todo. Si había policías o soldados seguramente los habían arrollado, o se habían arrancado las insignias y se habían unido a la estampida. Vi a un hombre con el uniforme del Ejército de Salvación; estaba de pie sobre una escalerilla y gritaba:

—¡Eternidad! ¡Eternidad!

Moses señaló con el dedo.

—Mira. La Bóveda está rota por el este, hacia Stepney. ¡Vaya con la impenetrabilidad de ese maravilloso techo!

Tenía razón. Era como si una gran bomba hubiese abierto un inmenso agujero en la cáscara de hormigón, cerca del horizonte oriental. Sobre la herida principal, la Bóveda se había rajado como una cáscara de huevo, y se podía ver una banda irregular de cielo azul casi hasta el cenit de la Bóveda. El daño todavía no había terminado. Los trozos de cemento —algunos del tamaño de casas— llovían por toda aquella sección de la ciudad, y sabía que los daños y las pérdidas de vidas en el suelo debían de ser muy grandes.

En la distancia —creo que hacia el norte— oí una secuencia de explosiones apagadas, como las pisadas de un gigante. A nuestro alrededor, el ulular de las sirenas y el inmenso rugido de la Bóveda agrietada rasgaban el aire.

Me imaginé mirando desde la Bóveda un Londres transformado en momentos de una ciudad temerosa pero en funcionamiento a un cuenco de terror y caos. Toda carretera al oeste, sur o norte, lejos de la grieta de la Bóveda, debía de estar llena de un torrente de refugiados, con cada punto del torrente representando a un ser humano, una mota de sufrimiento físico y miseria: cada uno un niño abandonado, un esposo o padre solo. Moses tuvo que gritar para hacerse oír sobre la cacofonía de la calle.

—¡Esa maldita Bóveda se nos va a caer encima en cualquier momento!

—Lo sé. Debemos llegar al Imperial College. Vamos. ¡Usa tus hombros! Nebogipfel, ayúdenos si puede.

Nos metimos de lleno en la calle atestada. Tuvimos que ir hacia el este, contra el flujo de la multitud. Nebogipfel, obviamente deslumbrado por la luz del día, fue casi derribado por un hombre de cara redonda, vestido elegantemente y con charreteras, que lanzó los puños contra el Morlock. Después de eso, Moses y yo llevamos al Morlock entre los dos, cada uno con una mano convertida en un puño. Choqué con un ciclista y casi lo tiré del vehículo; me gritó incoherencias, y me lanzó un golpe que esquivé; luego se perdió tambaleándose entre la multitud con la corbata sobre el hombro. Una gorda arrastraba de espaldas una alfombra enrollada; su falda se le había subido más allá de las rodillas y tenía las pantorrillas llenas de polvo. Cada pocos pasos, algún otro refugiado se subía a la alfombra, o la rueda de un ciclista corría sobre ella, y la mujer se caía; llevaba puesta la máscara, y pude ver las lágrimas reuniéndose tras los cristales al luchar con aquella masa irracional e inmanejable que le era tan importante.

Allí donde podía ver un rostro humano las cosas no parecían tan malas, ya que podía sentir algo de compañerismo por aquel oficinista de ojos rojos, o aquella dependienta cansada; pero, con las máscaras antigás, y bajo aquella iluminación fragmentaria y sombría, la multitud se volvía anónima y parecida a un grupo de insectos; era como si una vez más me hubiesen transportado lejos de la Tierra a algún remoto planeta de pesadilla.

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