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Mujeres peligrosas

Электронная книга - «Mujeres peligrosas». Краткое содержание книги:

Las mujeres más peligrosas son aquellas que resultan irresistibles. ¿Qué hace peligrosa a una mujer? Su gran belleza, su encanto, su inteligencia, la manera en que se aparta el cabello de los ojos, o el modo de reírse. Puede tener conciencia absoluta de su poder, o desconocerlo por completo. Utilizarlo comoa rma o protegerse detrás de él. La intención y el propósito no aumentan ni disminuyen el poder, y ése es mayor peligro de todos los que son seducidos y sometidos por él.
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Los dos últimos cuartos de la planta baja eran un baño atestado y lo que el folleto describía como “cuarto dormitorio”, pero que en realidad se utilizaba como depósito: estaba repleto de cajas de cartón, percheros llenos de ropa de mujer. Dennis pasó la mano sobre uno de los vestidos, frotando la tela entre el pulgar y el índice. Después acercó su nariz a él, percibiendo un desvaído rastro del perfume de ella.

Arriba había tres dormitorios. El “principal” era “una suite de Ballard”. Era el más grande, y el único que en realidad se usaba como dormitorio. Dennis abrió los cajones, tocando las ropas de ella. Abrió el armario, incorporó la imagen de sus diversos vestidos, faldas y blusas. Por supuesto, también había ropa de Blaine: unos pocos trajes de apariencia costosa, camisas rayadas con los gemelos ya colocados en los puños. Dennis se preguntó si ella desecharía también todo eso antes de irse.

Los otros dormitorios parecían ser los estudios, el “de ella” y el “de él”. En el de Blaine: anaqueles llenos de libros -casi todos novelas policiales o de guerra, más biografías de deportistas-, un escritorio cubierto de papeles y un centro musical con discos de Glen Campbell, Tony Bennett y otros.

El estudio de Selina era otra cosa: más revistas de palabras cruzadas, todo muy ordenado. Había una máquina de tejer nueva en un rincón y una mecedora en otro. Dennis sacó de un estante un álbum de fotografías y lo hojeó, deteniéndose en las imágenes de unas vacaciones en la playa, Selina con un bikini rosado, sonriéndole púdicamente a la cámara. Dennis echó una mirada en dirección al vestíbulo, escuchó que el señor Appleby ahogaba un estornudo en la planta baja y extrajo una de las fotos, deslizándola en su bolsillo. Cuando bajó la escalera, estaba leyendo una vez más el folleto.

– Una encantadora residencia familiar -le dijo el señor Appleby.

– Absolutamente.

– Y precio fijo. Tiene que decidirse rápido. Apuesto una libra contra un penique que esta casa estará vendida para mañana a las cuatro de la tarde.

– ¿Eso cree usted?

– Una libra contra un penique.

– Bien, lo consultaré con la almohada -dijo Dennis, advirtiendo que su mano estaba apoyada sobre el bolsillo de su chaqueta.

– Hágalo, señor Denny -dijo su guía, abriéndole la puerta para que saliera.

A la mañana siguiente, cuando Dennis se despertó, estaba rodeado de ella.

Se había detenido en una tienda abierta toda la noche y había usado la fotocopiadora color. Decidió no ahorrar: imprimió veinte copias de calidad. Se dio cuenta de que el empleado quería preguntarle por la foto y por la cantidad, pero decidió que no le permitiría curiosear.

Imágenes de ella sobre su cama, en el sofá, sobre la mesa del comedor, hasta en el piso del vestíbulo, donde habían caído. Esa tarde, durante el horario de visita, llamaron a la puerta de su oficina. La abrió. Era uno de los guardias, con los brazos cruzados.

– ¿Vienes a echar un vistazo?

– Supongo que la señora Blaine está en el edificio -comentó Dennis, logrando parecer tranquilo aunque su corazón latía con violencia. El guardia abrió las manos delante del pecho.

– Hora del espectáculo -dijo, haciendo una mueca.

Pero, para gran sorpresa de Dennis, Selina no estaba sola. Había traído con ella a Fred. Los dos estaban sentados frente a Blaine, y Selina era la que más hablaba. Dennis se sentía abrumado e impresionado en igual medida. Estás a punto de abandonar a tu marido, y la última vez que lo ves traes contigo al hombre que te mantiene caliente durante las noches. Era un juego peligroso, Blaine se pondría furioso cuando lo descubriera, y tenía muchos amigos allá afuera. Dennis dudaba de que ordenara que lastimaran a Selina: era obvio que la amaba hasta la locura. Pero Fred… Fred era absolutamente otra cosa. Matarlo equivalía a ser demasiado bueno con él. Sin embargo, allí estaba, con un brazo apoyado en el respaldo de la silla, despreocupado, como si no pasara nada. Tan sólo visitando a su antiguo jefe, a su camarada, asintiendo cada vez que Blaine se dignaba a dirigirle la palabra, manteniendo entre Selina y él una distancia prudente, para que Blaine no pudiera advertir nada en su lenguaje corporal. Tal vez estaba explicando su ficticio viaje “al norte”, su reconciliación con Denise.

Dennis advirtió que odiaba a Fred, aun cuando en realidad no lo conociera. Odiaba lo que era y quién era, odiaba el hecho de que obviamente había amasado mucho dinero pero conducía un auto destartalado. Odiaba la manera en que había abrazado a Selina aquella vez en Glasgow. Odiaba que tuviera más dinero y probablemente más mujeres de las que Dennis tendría nunca.

¿Qué demonios estaba haciendo Selina, desperdiciándose con un tipo así? No tenía sentido. Salvo que… seguramente necesitaría que alguien cargara con la culpa cuando ella se fuera, alguien sobre quien Blaine pudiera descargar su furia. Dennis se permitió esbozar una sonrisa. ¿Era posible que ella fuera tan calculadora, tan astuta? No lo dudó ni por un segundo. Sí, ella estaba jugando con Fred, tal como jugaba con su propio marido engañado. Era perfecto.

Además de otro detalle: el propio Dennis, quien sentía que ahora lo sabía todo. Se dio cuenta de que había estado mirando sin ver. Cuando parpadeó para aclararse la vista, vio que Selina había girado la cabeza para mirarlo. Sus ojos se entrecerraron cuando le obsequió una brevísima sonrisa.

– ¿Para cuál de nosotros dos fue eso? -preguntó el guardia que estaba junto a Dennis.

Pero Dennis no tuvo ninguna duda. Ella lo había reconocido, tal vez lo había identificado como el hombre al que había visto pasar en auto frente a su casa. Se volvió para decirle algo a su marido, y Fred se dio vuelta con violencia y fulminó a los guardias con la mirada.

– Oooh, qué miedo tengo -masculló el guardia que estaba junto a Dennis, antes de soltar una risita. Pero Fred no lo miraba a éclass="underline" miraba a Dennis.

Blaine simplemente miraba fijo la mesa, asintiendo lentamente; después le dijo unas palabras a su esposa, quien también asintió. Cuando llegó la hora, ella le dio a Blaine un beso más efusivo que lo habitual. Ese es el beso de despedida, pensó Dennis. Hasta lo saludó agitando el brazo mientras se alejaba con sus ruidosos tacos de seis centímetros. Le mandó otro beso en el aire, mientras Fred se permitió echar un vistazo a su alrededor, evaluando a las otras mujeres disponibles y levantando los hombros como si estuviera contento de irse con la más elegante de todas.

Dennis regresó a su oficina e hizo un llamado telefónico.

– Me temo que ha llegado demasiado tarde -le dijeron-. La propiedad se vendió esta mañana.

Colgó el auricular. Ella ya se había ido… posiblemente no volvería a verla nunca más. Y no podía hacer nada al respecto, ¿verdad?

Tal vez no.

Media hora más tarde, salió de su oficina, cerrándola con llave como siempre. Su caminata por la prisión lo condujo directamente a la puerta abierta de la celda de Blaine. Chalmers hacía guardia junto a ella, como siempre.

– Visitas, jefe -gruñó.

Blaine había estado sentado en la cama, pero se puso de pie para enfrentar a Dennis.

– ¿Qué es esto que me han dicho de usted, señor Henshall? Parece que le ha gustado Selina. Ella lo vio pasar en auto frente a la casa. -Blaine se acercó más, con tono jocoso pero con una expresión pétrea-. Dígame, ¿por qué haría eso? No creerá que sus jefes se sentirán encantados con…

– Ella debe haberse confundido.

– ¿Hasta ese punto? Me dijo el modelo y el color del auto: un Vaushall Cavalier verde. ¿Le recuerda algo?

– Se equivocó.

– Eso es lo que usted dice. Sé que le dije que a muchos hombres les ha gustado, pero no todos ellos llegan a ese extremo, señor Henshall. ¿La ha estado siguiendo? ¿Vigilando la casa? Como sabe, también es mi casa. ¿Cuántas veces lo hizo? ¿Cuántas veces pasó por allí… para espiar a través de las cortinas…?

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