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Электронная книга - «Ha estallado la paz». Краткое содержание книги:

Después de Los cipreses creen en Dios (época anterior a la guerra) y de Un millón de muertos (época de la guerra), José María Gironella en Ha estallado la paz trata de la posguerra. La familia Alvear sigue siendo el núcleo de la acción del libro y Gerona vuelve a ser la ciudad protagonista. Finalizada la contienda, todos los personajes retornan a sus hogares, excepto los exiliados, que se reparten a voleo por el mundo… La obra abarca los años inmediatamente posteriores a la guerra, con una mezcla de dramatismo, de poesía y de ironía que subyuga desde los primeros capítulos. El clima de aquellos tiempos aparece recreado con singular maestría, de tal modo que para el lector de edad madura constituye la ordenación de sus recuerdos, y para el lector joven un descubrimiento impresionante. En Ha estallado la paz, Gironella alcanza su momento cumbre de novelista nato, gran narrador que consigue fundir la historia con la ficción novelesca.
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Por su parte, Antonia, de repente, puso también sus cartas boca arriba y les comunicó que había decidido profesar. La guerra, la horrible muerte de Laura, la condena de su padre, todo ello la había impresionado tanto que llegó a la conclusión de que lo mejor que podía hacer era irse a misiones. Ahora ya estaba segura de que tenía vocación. Mosén Alberto la había ayudado mucho en aquellos meses. De modo que en las próximas semanas elegiría noviciado. Y, desde luego, lo mismo le daba que la mandaran a un sitio que a otro. Así eran las cosas, así era el mundo. Trocaría la camisa azul por el hábito; las cinco flechas por el crucifijo; y la boina roja por las alas almidonadas. Posiblemente fuera aquél su último viaje libre. La Sección Femenina perdería una militante, pero ella podría rezar para que la labor de sus camaradas siguiera siendo fructífera.

Marta y Pilar se conmovieron oyéndola. Antonia estaba pálida y sudaba, como si no se sintiera bien. ¡Aquel vagón!

– ¿Quieres beber un poco de agua?

– No, gracias, no necesito nada. Esas sacudidas me han mareado un poco, pero ya estoy bien.

Penetraron en el túnel y las muchachas guardaron súbitamente silencio. Pero al salir de nuevo a la luz se impuso otra vez el alboroto. Unas chicas de Figueras se pusieron a cantar y el coche entero las coreó. ¡De la garganta de Antonia, la futura misionera, brotó una voz dulcísima…!

Las canciones salieron como Dios quiso… Las muchachas desafinaban lo suyo y de las letras sólo conocían el estribillo. Pero no importaba. Cantaron el "Yo tenía un camarada", el "Himno de la Legión…" Y, sobre todo, el "Yo te daré":

Yo te daré, te daré, niña hermosa, te daré una cosa, una cosa que yo sólo sé: ¡CAFÉ!

– ¡CAFÉ! -rubricó Marta, al terminar-. ¡Antes de la guerra era la consigna! ¡Significaba Camaradas, Arriba Falange Española! En el trayecto entre Granollers y Barcelona, último tramo del viaje, Marta tuvo que responder a una serie de extrañas preguntas. Una chica de Olot le preguntó si era cierto que, de vivir en aquel año de 1939, Cervantes hubiera sido falangista.

Marta se rió de buena gana y mordiéndose el índice acabó contestando:

– Pues, probablemente, sí… -Luego añadió-: ¡Oh, sí, seguro!

La última pregunta se refirió al conde Ciano. Una camarada de Palamós creía saber -gracias a un legionario italiano que conoció y con el que mantenía correspondencia- que el conde Ciano era un mujeriego de armas tomar, que al grito de "¡Viva el Fascio!", les hacía la corte a todas las mujeres que se le acercaban.

– ¿Crees que eso puede ser cierto?

Marta se acordó inevitablemente de Salvatore y respondió:

– ¿Por qué no? Italia será siempre Italia.

Poco después llegaron a Barcelona. En la estación, varias locomotoras parecían a punto de reventar. Era difícil abrirse paso. Los andenes estaban abarrotados de gente tiznada, que se restregaba los ojos y se ponía las manos en la frente a modo de visera.

Sin embargo, Pilar, que estaba alerta, consiguió localizar a Mateo y a José Luis, quienes habían quedado en ir a esperarlas.

– ¡Mateo…! ¡Mateo…!

Se reunieron con ellos. Mateo dijo:

– Barcelona está que hierve. Algo inolvidable.

Sin embargo, había surgido una dificultad: tendrían que separarse. Ellos debían reunirse con el Gobernador en la Tribuna Presidencial; en cambio, ellas debían apostarse -ésa era la orden- en el paseo de Gracia, esquina Diagonal, hasta que Ciano pasara por allí y Marta pudiera entregarle el ramo de flores.

Pilar le dijo a Mateo:

– ¿Así, pues, cuándo te veré?

Y Mateo, que ya se había subido al coche que conducía José Luis, gritó:

– ¡El día de la boda!

Jornada histórica. El conde Ciano y su séquito llegaron al puerto de Barcelona a bordo del crucero Eugenio de Savoia. Los recibieron Ministros, jerarquías nacionales -entre ellas, los camaradas Salazar y Núñez Maza- y una multitud que sin lugar a dudas rebasaba el medio millón. Las Ramblas, la plaza de Cataluña, el paseo de Gracia, todas las calles céntricas eran un mar de boinas rojas, de camisas azules y banderas. Ezequiel, que había salido con su hijo a husmear, calculó que "lo menos, lo menos, dos veces el entierro de Durruti…"

El conde Ciano avanzaba en un coche negro, descapotado, saludando a la romana. A su paso la multitud no cesaba de gritar: "¡Viva España! ¡Viva Italia! ¡Arriba España!". "¡Viva el Duce!". Y de vez en cuando, como caballería a galope que se acercaba: "¡Franco-Ciano! ¡Franco-Ciano!".

El entusiasmo era tan grande que los comentarios holgaban. Ni siquiera Julio García hubiera tenido nada que objetar. Gente muy enferma -tal vez, del "mal de la rosa"- salía al balcón. Arcos de triunfo. Llovían flores sobre el conde Ciano. Resultaba difícil sustraerse al contagio. Ciano representaba al país -así lo proclamaban los altavoces- que "ayudó desde el primer momento al Ejército Nacional y que generosamente había entregado para la salvación de España cuatro mil vidas jóvenes". De hecho, pues, hubieran debido llover sobre el conde Ciano cuatro mil ramos de flores…

El prohombre fascista, desde su coche, miraba a uno y a otro lado y sonreía. Sin duda estaba acostumbrado al frenesí popular, pero parecía emocionado de veras. Ezequiel pensó que tenía facha de general sudamericano sublevado. En todo caso, tratábase de un general vencedor… Se lo veía seguro de sí, ¡sobre todo cuando quienes lo aclamaban -y asaltaban su coche- eran mujeres! Bien, confirmábanse las sospechas de la camarada de Palamós. Ciano dirigía a las mujeres miradas de fuego… Pero era el caso que lo asaltaban también ancianos y niños. Por lo que él, cada vez más eufórico, no cesaba de repetir: 'Grazie tante!'.

Cuando la Sección Femenina gerundense, al cabo de dos horas de espera, de pie bajo el sol de julio -Antonia Rosselló acabó desmayándose- vio el coche de Ciano llegar al extremo del paseo de Gracia, gritó también: "¡Arriba España!". "¡Arriba Italia!"; y cuando Ciano pasó delante del grupo y Marta se le acercó, puso el pie en el estribo del coche y le ofreció su ramo de flores, que había salvado milagrosamente de las vicisitudes del viaje, Pilar y todas las "gargantas azules" -frase de Mateo-de la provincia se convirtieron en clamor.

"¡Franco-Ciano! ¡Franco-Ciano! ¡Franco-Ciano!".

Ciano sonrió una vez más. Era, en efecto, moreno y sus negros ojos centelleaban. Marta pensó que debía de ser, también, vanidoso. Pero sabía extender el brazo con marcialidad. ¡A la legua se le notaba que pertenecía a una raza que fue Imperio!

"¡Viva Franco! ¡Viva Mussolini! ¡Viva Ciano!".

La Sección Femenina de Gerona, de pronto, se calló. ¡Claro, Ciano, prosiguiendo su recorrido por el paseo de Gracia, se había ya alejado demasiado! Fue un desencanto. En el fondo, todas las chicas hubieran querido que Ciano se detuviese allí, que se apeara y que permaneciera con ellas largo rato. ¡Debía de estar en el secreto de tantos problemas que iban a influir sobre la futura marcha del mundo!

Pero con los personajes de primera fila ocurría eso: aparecían un momento y, luego, mutis. De todos modos, era también muy hermoso ver el espectáculo de la multitud agolpándose en torno a él. Y por otra parte, ya nadie les borraría de la memoria el recuerdo de su rostro juvenil -treinta y seis años- y de su ademán firme y mundano. Una de las chicas dijo: "Su mujer, la hija de Mussolini, se llama Edda. Bonito nombre, ¿verdad?". Otra comentó: "Yo creía que sería más alto". Otra dijo: "No sé si es fanfarrón o si es que los italianos son así". Marta le susurró a Pilar: "He llorado, ¿sabes? ¡Qué emocionante! He llorado…"

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