Conquista salvaje
- Автор: Gasulla Luis
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
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Cuando se inclinaba sobre el cuerpo semidesnudo que se helaba entre el pasto. María balbuceó:
– Llanlil… no te vayas… me muero.
Sandoval la reconoció con asombro y se incorporó desconcertado. Por entre la alameda, detrás de los corrales, sintió el galope de un caballo que se alejaba. Como un rayo la seguridad de que Llanlil era el jinete lo hizo correr a los galpones.
– Un caballo ¡pronto!… ¡se escapa el indio!
Pero aquello se había convertido en un caos. Su gente luchaba con la de Lunder en medio de la confusión terrible y Sandoval, saltando al primer caballo que halló a mano, se metió entre los corrales persiguiendo al paisano.
3
…Y Pedro Ruda, con la desesperación en el alma volvió a la casa. Entre sus brazos llevaba la dulce carga de un cuerpo inerte, helado y liviano. Con el gesto duro y los ojos que no sabían llorar, caminó indiferente entre los que yacían caídos y los que luchaban todavía. Los negros cabellos de María se enroscaban en su cuello lastimado y, mirándolos, Ruda presintió que un dolor más negro lo acompañaría para siempre.
– ¡Muchacha tonta! -murmuraba amargamente, mientras la dejaba sobre la sencilla cama de su cuarto.
– Venga, hijo mío -le pidió el padre Bernardo-. Venga conmigo que Blanca cuidará de ella.
– ¡Oh padre!… ¿Por qué… por qué? -y Pedro Ruda, por primera vez en su vida hincó la rodilla ante un misionero de Dios. La orgullosa cabeza se humilló y lloró como una criatura.
El padre Bernardo que conocía el dolor de los hombres, su orgullo y su fragilidad, no rezó por él, sino que acarició la vieja cabeza de león abatido.
CAPÍTULO XVIII
1
El hábil conocimiento del campo y el instinto para guiarse en la obscuridad que poseía Llanlil chocaron con lo imprevisto cuando más necesarios le eran. La niebla lo envolvió tan estrechamente al salir de la casa, que inexplicablemente equivocó el camino de los corrales y tuvo que detenerse desorientado. Luego el grito de María a sus espaldas acabó de confundirlo y se detuvo titubeante. Quiso retroceder pero el recuerdo de la promesa hecha a Lunder lo afirmó en su decisión. Cargó de nuevo sobre sus hombros las mantas y la alforja y silenciosamente dio un largo rodeo, para esquivar cualquier encuentro con los hombres del Paso.
A éstos les resultaba sumamente improbable poder controlar la casa y sus dependencias, irregulares y desconocidas para ellos, y no le costó mucho a Llanlil eludirlos; en cambio había perdido un tiempo precioso cuando llegó a ubicarse detrás de los corrales de jarillas. Abrir un boquete y meterse dentro fue cosa de un momento. En los rústicos boxes colectivos de adobes, procedimiento único en la zona, se alineaban los animales de montar. Llanlil se deslizó con precaución, pues la niebla, inusitada por su espesura, inquietaba a los animales casi tanto como los tiros y temblaban con el impreciso temor que convierte a pacíficas caballerizas, obedientes a la menor señal de sus dueños, en peligrosas bestias prontas a disparar atropellando cuanto se les pone por delante.
Ensilló un animal, no atreviéndose a llevarse otro y lo sacó afuera llevándolo de la brida por la alameda, bien ajeno al drama que a pocos metros acababa de protagonizar María. El caballo no necesitó ser estimulado y apenas sintió el cuerpo del indio sobre su lomo emprendió el galope. Llanlil pensaba llegar hasta el puesto de la sierra y allí proveerse de nuevos animales. Se desvió de la alameda metiéndose entre los charcos pantanosos, alarmando a su paso entre los juncos y los pastos, a las avutardas y patos silvestres. Cuando salió a terreno más firme ya la niebla se aclaraba y pudo orientarse, emprendiendo veloz carrera. Contra la pared cercana del cañadón le pareció escuchar el eco de un galope, pero lo atribuyó al suyo y mantuvo su carrera sin volverse una sola vez. Sin embargo era Sandoval quien corría tras él.
Antes de llegar al faldeo el insistente resonar de los cascos de otro caballo se le hizo evidente. Para convencerse detuvo el suyo y, en efecto, a través de le niebla que desdibujaba el relieve de los calafates, agrandándolos como si se mantuvieran suspendidos en el aire, le llegó el sordo rumor de otro galope. Alcanzó el faldeo y obligó a su caballo a empinarse para subirlo. El animal amagó un corcovo, pero la mano firme de Llanlil lo condujo hacia arriba sin desviarse. El ascenso era breve y pronto alcanzaron el filo de la planicie.
Allí no había rastros de niebla; leve, tímida, una límpida claridad empalidecía por el naciente el fulgor de las últimas estrellas. Gigantescas pinceladas de tonalidades plateadas, rosadas, bermejas, violetas, hasta terminar en un rojo casi negro en las riberas de la luz, se abrían como un abanico cuyo centro estaba detrás de las sierras, desde donde el sol parecía concentrar y lanzar como flechas su infinita gama de luminosos colores. Pero el astro estaba aún más lejos: más allá de las sierras foscas; más allá de los lagos y salitrales que comenzaban a rebrillar repitiendo infinitamente sus álgidos caireles de sal. Estaba más allá todavía de las tierras resecas que se rajaban mostrando sus estratos fósiles y antiguos; estaba más allá todavía de los acantilados donde las olas del mar morían en su eternidad renacida e incansable. El sol estaba recién naciendo tras el mar insondablemente azul; o tal vez la flecha de su luz brillaba ya en el extremo de las alas de los petreles o refulgía en el pico acerado del orgulloso albatros. El sol estaba lejos… pero su presencia se reflejaba ya en loa ojos de Llanlil, bajaba su claridad por la cabeza sudorosa del caballo, por las manos viriles que apretaban el cuero de las riendas. Sobre la planicie estaba amaneciendo cuando todavía el valle se debatía entre la penumbra y la niebla. En la planicie Llanlil recibía la luz y aspiraba el indefinido aroma que emanaba de la tierra y las hierbas. Su caballo arqueó el cuello mirando la barranca escalada y relinchó con júbilo como si él participase también del alborozado nacimiento del día.
Delante del indio se ondulaban los lomos de la sierra cercana y se rarificaba la vegetación a medida que la piedra ganaba las estribaciones y las laderas. El San Bernardo refulgía con sus lejanos desfiladeros nevados.
Poco duró la pausa del jinete. Sabía que su perseguidor le daría alcance y reanudó su carrera. A sus espaldas Sandoval quedaba escalando la barranca. Todo dependía de la resistencia de los caballos y realmente a Llanlil el suyo le inspiraba escasa confianza. El animal braceaba con esfuerzo y padecía del más grave defecto en aquel terreno: tropezaba de continuo con los coirones. Se rendía voluntarioso al estímulo y manteniendo un tren parejo no lograba empero progreso alguno sobre su perseguidor. En cambio Sandoval galopaba seguro y veloz sobre un hermoso zaino obscuro de remos elásticos y ojos como fuego y que se tendía en la carrera con un instinto maravilloso para salvar los obstáculos.
El administrador vio con satisfacción los vanos esfuerzos de Llanlil por aumentar la distancia que los separaba. Y de pronto se produjo lo inevitable; el indio voló literalmente por sobre la cabeza del caballo, cuando éste tropezó en el suelo irregular, rompiéndose el cuello en la caída.
Sandoval tiró de las riendas del suyo.
– ¡Se acabó tu disparada, indio! -y jadeante puso la cabalgadura al paso, cautelosamente prevenido.
El cuerpo de Llanlil a tres metros de donde cayera su caballo, yacía tendido e inmóvil, respirando entrecortadamente. Sandoval lo contempló sin apearse maravillándose a pesar suyo de la magnífica escultura humana desplomada a sus pies. No podía, él tan seguro de sí mismo, definir los sentimientos que lo invadían al tener a su merced a su enemigo, pero instintivamente lo sentía ligado a su destino, un obstáculo a sus planes que estaba dispuesto a eliminar sin piedad. Como Llanlil hiciera un movimiento para levantarse, se sobresaltó violentamente. ¡Aun caído inspiraba respeto el indio!