El Secreto del Inquisidor
- Автор: Jinks Catherine
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Secreto del Inquisidor». Краткое содержание книги:
– ¡Vos! -exclamó.
– ¿Os sorprende? -dijo Helié-. ¿Esperabais a otra persona?
El dominico se recuperó. Dijo que él había estado esperando a Helié y que Imbert Rubei le había pedido que los condujera a los dos, a Helié y a su aprendiz, a un lugar seguro. Entonces, Helié le dijo:
– ¿Con un cuchillo en la mano? No creo.
El dominico protestó diciendo que lo necesitaba para defenderse de noche, fuera de las murallas de la ciudad. Parecía muy indignado. Helié se dirigió a él con voz tranquila para decirle que estaba al corriente de toda la verdad.
– Vos fuisteis el verdadero autor de aquella citación firmada por Bernard Gui -le dijo-. Fue escrita después de que Sejan Alegre descubriera que yo estaba buscando a Jacques Bonet. Tal vez esperabais que yo acudiera a la puerta del priorato, tal como se me pedía; desde allí podríais haberme llevado a un lugar tranquilo y matarme. ¿Os figuráis que soy necio? Lo sé todo. ¡Todo! Salvo qué ha sido de Jacques Bonet.
El dominico comenzó a soltar resoplidos y sacudió la cabeza. Temblaba de miedo o de furia. Dijo que Helié estaba loco, que nadie tenía intención de matarlo. Helié le replicó que era inútil que siguiera protestando. Estaba enterado del asunto de Loup, de los huesos y de la carta. Lo único que quería saber era qué le había ocurrido a Jacques.
– Dejadme que os asegure que no tengo intención de informar sobre vos -añadió-. Tengo intención de huir de Narbona y esconderme, como ya he dicho a Na Berengaria. Por tanto, ni vos ni los beguinos tenéis nada que temer de mi parte. Pero creo que, si tenemos que ayudarnos mutuamente y rehuir a los inquisidores, debemos ser sinceros. Yo descarto cualquier fingimiento, hermano Henri. Tal vez vos deberíais hacer lo propio. -Mirando el rostro del dominico, la expresión de Helié se hizo extrañamente sutil-. Veréis que conozco bien los métodos empleados por los inquisidores de la depravación herética -dijo-. Para mí está claro que debéis temer, por encima de todo, cualquier investigación en torno al paradero de los huesos de Pierre Olivi. Ahora, si el asunto pasase alguna vez al conocimiento de Jean de Beaune, se pueden hacer algunas cosas en vuestra defensa. No es necesario sobornar a un inquisidor, ya lo sabéis. Es mucho más barato sobornar a un notario. O a un nuncio. Si los registros son incompletos, no puede haber condena.
Juzgué por esas palabras que Helié quería aconsejar al dominico que alterara o desfigurara los registros inquisitoriales. Y pensé entonces que me habría gustado mucho compartir aquella información, ya que sería de utilidad tanto para mí como para mis hermanos en Cristo. Pero no dije nada, ya que Helié me había ordenado que no hablara.
El dominico vaciló. Parecía moverse entre dos aguas. Helié procedió a explicar entonces cómo había descubierto que la carta de la citación era una falsificación. Aunque no recuerdo qué dijo exactamente, sí recuerdo su agudeza intelectual. Pese a todo, el dominico permaneció en silencio. Así pues, Helié adoptó otra táctica.
– Quizá desconfiáis de mis motivos -dijo-. Quizá creéis que intento tenderos una trampa. De ser así, dejadme que os explique por qué estoy aquí… y no en Tolosa, presentando mi informe a Bernard Gui. -Señaló a Martin con el dedo-. Ese muchacho es mi aprendiz y mi heredero. Está contaminado con opiniones heréticas. Si interrogan alguna vez a uno de los beguinos, mencionará su nombre. Y entonces también detendrán a Martin. No puedo permitir que ocurra tal cosa, hermano. Haré cuanto esté en mi mano para impedirlo.
Sin duda, Helié mentía, pues era un gran mentiroso, como he tenido ocasión de comprobar a partir de entonces.
Pero en aquel momento me convenció. Como también al muchacho, que lo miraba con franca adoración. Aquella mirada de admiración debía de ser todo lo que necesitaban los dominicos a manera de prueba.
– Y ahora vos me habláis de él -dijo.
– Exactamente -asintió Helié-. Vos sabéis lo que saben los beguinos. Os he confiado un escudo que podéis usar contra mí. ¿Cómo voy a informar sobre vos si, al hacerlo, condenaría también a este muchacho? Lo único que me preocupa es su salvación. Debo asegurarme, pues, de que ni vos ni los beguinos seáis noticia para Jean de Beaune. -Helié bajó la cabeza y se acercó más al dominico-. Si Jacques Bonet está muerto -dijo en un murmullo- no hay nada que temer por ese lado. Pero podría ser una amenaza si está vivo. Tengo que saber dónde está. Tengo que saber qué puede revelar. Y cuando lo sepa -añadió bajando todavía más la voz-, cuando lo sepa, tomaré las medidas oportunas. ¿Me habéis entendido?
En ese momento, me asaltaron graves recelos. Comprendí que mi destino estaba en manos de dos voraces herejes: un dominico y un agente de Bernard Gui. Había más cosas en común entre aquellos hombres que entre ellos y yo. De pronto me di cuenta de que ellos dos se entendían, lo que me llenó de espanto.
– Por supuesto que podéis iros de aquí sin revelar nada -concluyó Helié-. Pero ¿adonde os conducirá esto? No a un lugar mejor, sino en todo caso, peor. Un hombre prudente, hermano Henri, no desdeñaría mi ayuda.
El dominico habló por fin. Con sus maneras bruscas, dijo:
– Jacques no es ninguna amenaza. Ya no.
– ¿Lo fue? -preguntó Helié.
– A mí me dio pánico -replicó el dominico, agitado. Sus maneras eran a la vez impacientes, indignadas y a la defensiva-. Creía el necio que yo podía hacer milagros. Descubrió la verdad sobre los huesos de Olivi: qué eran y quién los había robado. Imbert Rubei había revelado mi nombre; aquel papanatas había supuesto siempre una carga para mí. Él había invitado a Jacques Bonet a su casa sin consultar con mentes más preclaras. Él se había dejado engañar y había divulgado mi secreto. Después vino a verme Jacques y me pidió que le ayudara a cambio de su silencio. Deseaba escapar de las garras de Jean de Beaune y desaparecer en un priorato. ¡Un priorato! Dijo que si se disfrazaba de hermano lego dominico, no lo encontrarían jamás. -El hermano Henri hizo unos movimientos negativos con la cabeza-. Quería hábitos y una carta del prior y toda una cantidad de cosas. Imposible conseguirlas. Pensó que podía encontrar refugio en algún priorato lejos de Carcasona. Pero no quería atender a razones. Dijo que si yo me negaba a ayudarlo, informaría sobre mí a mis superiores…, y quizá de este modo se procuraría una especie de perdón por sus pecados. Estaba loco.
– Así pues, ¿lo matasteis para protegeros? -planteó Helié.
– Perdí los nervios -confesó el dominico-. Lo golpeé con un azadón. Estábamos en los campos del priorato.
– ¿Y entonces?
– Lo despedacé con una sierra y lo quemé. -Martin emitió un jadeo, al igual que yo, pero Helié permaneció tranquilo mientras el dominico proseguía-. Lo quemé en los hornos donde se cuece el pan mientras se asaba el guisado. Di sus ropas al limosnero diciendo que eran una donación al priorato. Y lo que quedó, lo enterré. -El hermano Henri se cruzó de brazos-. Era un hereje que no se había arrepentido y habría terminado en la hoguera… arrastrando a otros con él. Aunque lo maté por error, sin pararme a reflexionar en las consecuencias, no me arrepiento. Vos habríais hecho lo mismo.
Recuerdo que pensé que en eso podía tener razón. No hay duda de que Helié habría hecho lo mismo. Helié preguntó después dónde estaban escondidos los restos de Jacques, pero el dominico se negó a decírselo.
– ¿Por qué no os fiáis de mí? -preguntó Helié.
– Porque no me fío de ellos. -El hermano Henri hizo un gesto brusco con el dedo en mi dirección-. Cuanto menos sepan de mí, mejor.
– ¿Sabe Berengar Blanchi vuestro nombre o la historia completa de vuestro crimen?
– No.
– ¿Sólo Sejan e Imbert?
– Sí.
– Y ahora… Martin. Y Blaise, aquí presente. No son muchos.