El Secreto del Inquisidor
- Автор: Jinks Catherine
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Secreto del Inquisidor». Краткое содержание книги:
He manifestado a Martin algunas de mis dudas, puesto que me ha pedido aclaraciones con respecto a fechas y épocas. Él tampoco sabía nada en lo tocante a la desaparición de los huesos de Pierre Olivi. («Sabía que estaban enterrados en el priorato franciscano, lo que no sabía era que los dominicos los hubieran trasladado de sitio», ha observado.) De todos modos, como es un chico muy listo, ha captado los puntos esenciales de lo que le he contado. Y cuando le he comunicado que participaría en el desenmascaramiento de un dominico corrupto, se ha alterado bastante. Demasiado, incluso. Al observar el brillo de sus ojos y los amplios y animados visajes que le afectaban media cara, he comprendido de pronto que, pese a su inteligencia, Martin sigue teniendo mentalidad infantil. Tiene una visión del mundo que corresponde a la de un niño, lo sigue viendo como un lugar excitante, movido, poblado de buenos y malos que están enfrentados en un heroico conflicto, un escenario de viajes épicos, intervenciones angelicales y ollas llenas de oro que esperan en algún sitio escondidas.
Hasta cierto punto, yo ya lo sabía. Lo había sabido por su afición a las historias bíblicas y a los chispeantes cotilleos. A veces había alimentado su desesperada hambre de historias entresacándolas de mi pasado (recargando siempre las tintas). Pero hasta entonces jamás habría pensado que su apego a mi persona pudiera basarse en algo más que en el contraste entre el áspero trato que le dispensaba su padre y la mayor suavidad del mío.
De pronto se me hacía evidente que Martin me ve como un personaje en quien se aúna el misterio y la aventura. Mi vida secreta, una vez conocida, debe de haberle parecido inmensamente sugestiva comparada con su existencia trabajosa, mezquina, de niño desnutrido. Yo lo introduje en los placeres de la palabra escrita. Después le abrí los ojos a los mensajes ocultos de la indumentaria, el habla, el gesto y la interpretación de reveladoras cicatrices. Finalmente, me mostré ante él como un hombre dedicado a todo tipo de intrigas y subversiones.
¿Sorprendía, acaso, que quisiera unir su suerte a la mía? ¿Que hubiera decidido abandonar a su familia para seguir mi estrella?
De todos modos, lo hace por razones equivocadas, por razones infantiles. «Cuando yo era niño, yo hablaba como un niño, mi comprensión era la de un niño, pensaba como un niño; pero cuando me convertí en hombre, dejé a un lado las cosas infantiles.»
¿Qué ocurrirá cuando Martin se convierta en hombre?
Porque no será niño por mucho tiempo, sobre todo si viene conmigo.
Quiera Dios que llevármelo de aquí le reporte menos daño del que sufriría si se quedase.
– Martin -le he advertido-, esto no es ningún juego, no es como cuando juegas con tus hermanos y hermanas.
– No, maestro. -Su voz estaba cargada de reproches-. Eso ya lo sé.
– Tienes que estar muy atento. Tener mucha cautela. Hacer exactamente lo que yo te diga. -Sí, maestro.
– Preferiría no verte involucrado en todo esto. Me preocupa. Pero no tengo otra opción, debo asegurarme de que el dominico está confundido. Y desconfiaría si apareciera alguien en tu lugar.
Martin ha asentido con entusiasmo. La afectación de sus maneras, aunque obedece a buena intención, no acaba de convencerme de que entienda realmente los peligros que afrontamos. Por eso me he puesto de pie y me he acercado a mi bastidor, que está situado junto a la ventana del taller. He cogido el afilado punzón metálico que tenía al lado y con el que acostumbro a marcar las pieles una vez acabadas.
– ¡Toma! -le he dicho-. Esa noche llévate esto y escóndelo entre tus ropas. Y si alguien te atacara, húndeselo directamente en el ojo… si puedes.
No sería exacto decir que Martin ha vacilado. Pero sí ha parpadeado y me ha parecido lo bastante sobresaltado para tranquilizarme.
Quizás he conseguido por fin impresionarlo haciéndole ver lo grave de nuestra situación.
A Blaise no ha sido necesario convencerlo. Ha venido, tal como ya he dicho, no hace mucho, lo que no ha dejado de sorprenderme un poco. (Yo esperaba que viniera Na Berengaria.) Martin estaba en el piso de abajo cuando el sastre ha llamado a la puerta y me ha arrancado de este diario; obedeciendo instrucciones mías de no abrir la puerta a nadie, mi aprendiz me ha pedido permiso, tal como correspondía, antes de atender la petición de Blaise de abrirle la puerta.
He enviado inmediatamente al chico de nuevo al piso de arriba. He tomado las debidas precauciones al desatrancar la puerta. Aunque no tengo motivos particulares para desconfiar de Blaise, no he retirado con excesiva rapidez la pesada tranca de madera con la que protejo la tienda, ni siquiera después de que él hubiera cruzado el umbral. Tal como he dicho antes, conviene estar siempre preparado.
– Me envía Na Berengaria -ha anunciado; después ha cerrado de un portazo.
Ha fijado en mí una mirada tan abiertamente desdeñosa que he comprendido al momento dos cosas: primera, que Berengaria le había revelado mi secreto; segunda, que él no estaba tan dispuesto como ella a ser benevolente conmigo.
No me esperaba una pronta absolución de Blaise Bouer. Por algo es totalmente diferente de la dama a quien sirve y está guiado por un oscuro y ponzoñoso resentimiento. Si esta ira por un lado le infunde valor, por otro imprime en él feroces y persistentes inquinas.
Pese a todo, es algo que ha obrado en mi favor. Hay que admitir que no hay nada que duela más a un hombre rencoroso que ser víctima de un engaño. Hay que admitir que yo mismo lo había engañado. No es de extrañar, pues, que en tales circunstancias su respuesta sea violenta y nada cooperativa.
Pero no hay que olvidar tampoco que yo soy poco más que un desconocido para Blaise. Berengar Blanchi e Imbert Rubei, en cambio, se tienen por amigos suyos y por sus hermanos en Cristo. Pero lo han traicionado al no ponerlo en antecedentes con respecto a mi identidad. Guardan secretos y mienten. No lo tratan como a un verdadero amigo.
La traición de los amigos es siempre más difícil de soportar que la de los desconocidos.
Me esperaba que Blaise hubiera montado en cólera por el simple hecho de pensar que sus compañeros beguinos conspiraban sin que él lo supiera. Y no me he equivocado. Aunque me observaba igual que un caballero podría observar un montón de estiércol, he percibido que no toda la fuerza de su ira iba dirigida contra mí.
– Ella me lo ha revelado todo -ha refunfuñado-. Y vengo con sus instrucciones finales.
– Aquí no -le he dicho en voz baja-. Vayamos arriba. En el taller no puede oírnos nadie.
Aunque era evidente que no se sentía nada dispuesto a recibir consejos de un apestoso lacayo papal, debe de haber pensado que mi proposición tenía sentido, puesto que me ha seguido escaleras arriba, donde hemos encontrado a Martin esperando.
– ¿Éste es el chico? -ha preguntado Blaise con aire desconfiado y echando una ojeada al punzón que Martin tenía en la mano-. ¿El que sorprendimos cerca de la casa?
– Sí.
– ¿Es también sirviente de los inquisidores?