El Secreto del Inquisidor
- Автор: Jinks Catherine
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Secreto del Inquisidor». Краткое содержание книги:
– No -he respondido con voz tranquila-. Él es inocente de cualquier engaño y por eso Dios castigará a todo aquel que quiera hacerle daño. -Poniendo una mano en el hombro de Martin, he añadido-: Una vez me encargué yo mismo de despachar a su atacante a una prematura tumba.
El sastre ha soltado una risotada.
– Con veneno, sin duda. O con algún otro método solapado -me ha espetado-. Yo no soy un cobarde embustero que actúa a hurtadillas, maestro Helié. Cuando quiero atacar a una persona, hablo con ella cara a cara. No la sorprendo disfrazándome de amigo y la hiero por la espalda cuchillo en mano.
– Me alegra saberlo, maestro Blaise.
Tras puntualizar que él era un hombre honrado, el sastre ha pasado a desgranar los acontecimientos ocurridos aquel día. Al parecer, Imbert se había quedado visiblemente desconcertado ante la petición de Na Berengaria en lo tocante a que Martin me acompañara cuando yo saltase la muralla de la ciudad. Había puesto varias objeciones: que los barqueros no esperaban más que a un fugitivo; que el precio de dos sería mucho más alto; que no se podía confiar en un niño para que tuviera la boca cerrada o cumpliera órdenes. Cuando Na Berengaria había insistido en que yo no me iría sin Martin, se la había sacado de delante con la promesa de que «tenía que pensárselo» y la había hecho salir por las buenas de su casa. Le había dicho que le daría una respuesta antes de que terminase el día.
– Tenía que consultarlo con sus colegas conspiradores -he observado al oír aquellas palabras-. Estoy convencido de que Imbert conoce perfectamente las actividades del dominico. Berengar Blanchi puede estar en la inopia; Imbert no. De eso estoy seguro. Por consiguiente, querrá hablar con Sejan como mínimo.
– Tal vez -ha dicho Blaise-. En cualquier caso, no hace mucho que Imbert estuvo en la tienda diciendo que está de acuerdo. Vuestro aprendiz está incluido.
– ¿Será el primero en saltar la muralla?
– Será el primero en saltar la muralla.
Debo explicar el razonamiento que se esconde detrás de esta estrategia. El plan inicial, tal como lo había presentado Imbert Rubei, era que yo me escondería en la viña de los Donas hasta que no fuera peligroso saltar la muralla. En el mismo pie de aquella zona de la muralla, que se levanta en un olivar, me esperaría Imbert Rubei, quien me acompañaría a una barcaza amarrada en La Barque, a orillas del río.
Pero tengo la fundada sospecha de que la tal barcaza no aparecerá. Creo que en lugar de llevarme a un lugar donde pueda refugiarme, lo más probable es que me maten. No me es posible saber quién va a ser la persona exacta que se encargará de esa tarea; son varios los que pueden realizarla: Imbert, Sejan, incluso Berengar Blanchi.
Creo, sin embargo, que por lo menos el dominico me esperará al pie de la muralla. Ya ha tratado de atraerme al priorato mediante una carta falsa. Y si éste fue realmente su primer intento de matarme, quiere decir que es casi seguro que planea hacerlo él mismo.
Naturalmente, no tengo seguridad de que sea así. Pero la posibilidad es lo bastante plausible para que merezca la pena andarse con precauciones extremas de ahora en adelante. Por eso Blaise y yo nos esconderemos con mucha anticipación en las proximidades del olivar elegido. Por eso Martin será el primero en saltar la muralla, a manera de distracción, ya que mientras mi aprendiz desciende ayudándose del trozo de cuerda adjudicado, la atención de aquellos que lo están esperando estará totalmente dirigida a la figura que baja.
Entonces será cuando Blaise y yo sorprenderemos a los atacantes y los obligaremos a entregar las armas. Y tal vez, a que digan la verdad.
Pero Blaise ha puesto peros.
– ¿Necesitamos realmente al muchacho? -ha objetado-. Si sólo fuerais vos el que saltase la muralla, yo podría estar a la espera con Guillaume o Perrin.
– ¿Perrin? -he dicho parpadeando. Por un momento, he imaginado a aquella criatura frágil, pasiva y etérea-. ¿Bromeáis?
– Bueno… Perrin quizá no -ha concedido Blaise-. Pero Guillaume…
– Ese hombre es como una casa -he terminado-. Si ya es difícil encontrar cobijo para nosotros, no digamos para un hombre de la envergadura de Guillaume. ¿No estaría dispuesto a prestarnos asistencia el corpulento marido de Na Berengaria?
– No -ha dicho Blaise.
– No, ya me lo figuraba. Y en cuanto a Guillelma, aunque indudablemente está dispuesta, no tiene la fuerza necesaria. Por tanto, necesitaremos a Martin.
Blaise ha tenido que acceder. Hemos acordado que nos encontraríamos en la puerta Real, cuando las campanas toquen el final de la hora nona. Eso nos dará un par de horas antes de que cierren las puertas; tendremos tiempo de sobra para escondernos en algún sitio conveniente.
– Me preocupa, de todos modos, que tengamos que escondernos en los campos de San Félix -ha dicho, inquieto, Blaise-. Los olivos no son altos ni espesos. Además, están muy espaciados y no hay garberas, graneros, ni cercas…, por lo menos cerca de la muralla.
Es un problema. Tengo que convenir en ello. Ninguno de nosotros conoce el terreno cercano a la viña de Na Berengaria, al otro lado de la muralla de la ciudad. No tenemos la seguridad de si encontraremos una hondonada cubierta de maleza o un matorral boscoso poblado de robles. Así pues, he buscado una solución.
– Que Na Berengaria haga juntar toda la leña que pueda -le he aconsejado-. Ramas de olivo, a ser posible. Sarmientos de viña, troncos, fajina, leña para quemar. Lo que sea, con tal de que no haya sido conformada ni trabajada en modo alguno. Y que la junte y haga varias gavillas y las arroje por encima de la muralla al final de la hora nona.
Blaise ya estaba asintiendo con el gesto.
– ¡Para que podamos recogerías! -ha exclamado.
– Y amontonar la leña sobre nosotros. -Quería tener la seguridad de que lo había entendido-. Como si los monjes de San Félix hubieran estado haciendo leña y amontonándola, pero todavía les faltara entrarla.
– No es mala idea. -Por primera vez Blaise me ha mirado de una manera que parecía aprobadora-. Pero ¿qué me decís del ruido que armaremos al salir?
– Tenemos que hacer una especie de túnel o de salida. En cualquier caso, mi intención es atacar con tal rapidez que no les dé tiempo a reaccionar ante ningún ruido. -He bajado la cabeza-. ¿Habéis pensado en el arma, maestro Blaise?
Sus maneras se han hecho inmediatamente furtivas. Después de echar una ojeada alrededor de la habitación, ha bajado la cabeza y la voz.
– Una espada -ha dicho en un murmullo.
– ¿Una espada? -Era algo totalmente inesperado-. ¿Tenéis una espada? ¿Vos?
– Sssss… -Ha parecido que lo ofendía mi sorpresa… debido a su condición de sastre, no de caballero o mercenario-. Yo he servido en la milicia de la ciudad, ¿sabéis?
– ¿Fue así como la conseguisteis? ¿A través de algún compañero de armas?
– Ése es mi secreto. -Ésa ha sido su pomposa respuesta-. Podéis estar seguro, sin embargo, de que sé usarla.
– Entonces confío en vuestra victoria.
– ¿Qué otra cosa podía decir?-, El arma que yo llevaré será una daga. Pero me comprometo a hacer mi papel, ya que no soy novicio en el combate.
A Martin se le han iluminado los ojos al oír estas palabras; estoy convencido de que ha estado a punto de pedirme detalles de mi experiencia de campaña. Como ésta incluye aplastar el cráneo de un hombre con una roca y un hacha, lo he hecho desistir rápidamente de la idea.
– Id enseguida a casa de los Donas y decid a Na Berengaria lo de la leña -he dicho a Blaise-. Que Martin os acompañe, así se puede quedar con ella. Será ella quien lo acompañe a la viña y lo ayude a saltar la muralla.
Blaise ha asentido.
– En cuanto a mí, tengo que hacer una cosa más mientras vos estáis ocupado en esos menesteres -he proseguido-. Tengo la convicción de que sacaremos a nuestro amigo dominico de su escondrijo si él tiene la prueba incontrovertible de que yo soy espía y no recelo de él. Por consiguiente, enviaré una carta al priorato dirigida a Bernard Gui. Dicha carta será entregada en mano por un mensajero. Puedo encargar ese cometido a un mendigo o a un buhonero. Así advertiré a nuestro amigo dominico de que he accedido a escapar de Narbona con la ayuda de Imbert. El motivo que voy a declarar para proceder de ese modo será el deseo de descubrir a más simpatizantes beguinos, entre ellos los barqueros a quienes se confía mi salvación. Cuando el dominico vea esta carta, se figurará que no me he maliciado nada y he caído en su trampa…