El Secreto del Inquisidor
- Автор: Jinks Catherine
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Secreto del Inquisidor». Краткое содержание книги:
Debo admitir que yo tenía mis dudas en relación con este plan y sus fines. Para empezar, en el fondo de mi corazón yo no estaba convencido del todo de que Jacques Bonet estuviera muerto ni de que el padre Sejan hubiera conspirado con un misterioso fraile para matarlo. Me preocupaba que Imbert Rubei apareciera al pie de la muralla para ayudar a Helié Seguier y nos humillara a todos.
Además, yo despreciaba a Helié. No sólo lo tenía por hipócrita, sino que lo consideraba débil y cobarde. No veía qué utilidad podía tener para nosotros si acaso estaba en lo cierto y nos veíamos obligados a luchar. Tales eran mis sentimientos cuando Na Berengaria me puso al corriente de los últimos acontecimientos la mañana del Sábado Santo. Le pregunté que por qué no abordábamos abiertamente a Imbert y lo instábamos a que lo revelara todo. Na Berengaria me dijo que, poco antes de haberlo dejado, Helié la había aconsejado que no fuera sincera con nuestros hermanos. Le dijo que eso nos llevaría a perder nuestra ventaja y a sufrir, quizá, las consecuencias.
No me gustó esa doblez. Pensé que no era digna de nosotros. Aunque deseaba ayudar a Na Berengaria, me sentía un aliado reacio.
Pero el encuentro siguiente con Helié sirvió para barrer todas mis dudas. Me reuní con él en su casa y Martin estuvo presente. Me costaría describir el cambio que aprecié en Helié Seguier cuando hablé con él. Su docilidad se había esfumado por completo. Hablaba con soltura y firmeza, sus maneras revelaban una seguridad absoluta pese a ser tan poca cosa y estar tan pálido como siempre. Cuando me dijo que el dominico no tendría piedad alguna, creí en sus palabras. No podía hacer otra cosa tras verlo tan sereno, mirándome de hito en hito con tanta decisión.
Tenía los ojos verdes. Ahora me he acordado. Verdes como el agua del mar.
No tardé en darme cuenta de que era un hombre de rápido ingenio. Era como si pensara en voz alta. Su inteligencia me impresionó. Si en otro tiempo me habría mofado de sus consejos en lo tocante a armas y escondrijos, ahora comprendí que valdría la pena seguir cualquier indicación que se aviniera a darme. Así pues, asentí a todo cuanto me dijo. Y le prometí que me reuniría con él en la puerta Real en cuanto las campanas hubieran terminado de tocar a nonas.
Después salí de su casa y me llevé conmigo a Martin. Lo acompañé directamente a casa de Na Berengaria, quien nos condujo a los dos a la viña. Ya allí, Martin se escondió en una especie de cabaña. Después me afané en recoger leña por aquellos andurriales tal como Helié me había encargado. Na Berengaria me dio permiso para recoger sarmientos y ramas de la viña, y me ayudó a liar dos grandes gavillas, que ella se encargaría de arrojar por encima de la muralla al final de la hora nona. Guillelma Roger se prestó a cargar con una de las gavillas. No tuvimos más remedio que darle noticias sobre nuestro plan, ya que se encontraba en casa de los Donas cuando yo llegué con Martin. Pero no se lo dijimos a nadie más.
Al final de la hora nona me reuní con Helié Seguier en la puerta Real. Él me había recomendado que vistiera ropa de color apagado y eso hice. También él iba vestido de colores sucios, grises y pardos, y llevaba la capucha cubriéndole la cabeza. Tenía la cara (lo que pude ver de ella) muy tiznada, como para impedir que resaltara el blanco de su rostro en la oscuridad. No vi que llevara cuchillo, pero me dijo que lo tenía oculto en el cuerpo.
Yo había escondido la espada en una gavilla de leña. En lugar de intentar camuflarla y pasarla de tapadillo a través de las puertas de la ciudad, saqué el arma de su escondrijo en cuanto llegamos al olivar y descubrimos las dos gavillas. Aunque una de ellas se había desarmado al pegar en el suelo, la otra seguía fuertemente sujeta en torno a la espada. A Helié Seguier le pareció una añagaza admirable. Y hasta me alabó por ella.
Para nuestro alivio, había una depresión o una zanja en el suelo no lejos del sitio designado para que Martin bajara. Gracias a que amontonamos la leña en aquel hoyo, pudimos prepararnos un buen escondrijo: tuvimos que actuar con presteza, ya que no queríamos que pudiera sorprendernos algún viandante, un trabajador o algún guardia de la milicia. Pero nos acompañó la suerte. No encontramos ni un alma antes de que cayera la noche y, cuando oscureció por fin, pudimos ponernos a buen recaudo en nuestra minúscula madriguera, provista de una salida trasera cuidadosamente construida.
Ignoro cuánto tiempo esperamos allí dentro. Se puso el sol y se levantó la luna, y en todo ese tiempo Helié Seguier no pronunció ni una sola palabra. Apenas se movió, que yo recuerde. Cuando se nos tragó la oscuridad, comencé a preguntarme si lo tenía realmente a mi lado. Hasta su respiración era inaudible. Pero cuando por fin oímos rumor de pisadas, Helié me acercó los labios al oído.
– ¡Ya está! -murmuró-. ¡Mira!
A través del resquicio que habíamos abierto, pude ver que se movía una luz. No era una lámpara ni una vela, sino un farol que alguien había dejado en el suelo. A la luz del resplandor que emanaba, distinguí una figura embozada en una capa y con la cabeza cubierta por una capucha. También se me hizo visible la base de la muralla, e igualmente un extremo de una cuerda que habían soltado desde los altos bastiones.
No había nadie más a la vista, lo que me pareció de perlas. Ya había empezado a dudar de la capacidad de Helié Seguier para bajar a un hombre valiéndose sólo de sus fuerzas. En la construcción de nuestro escondrijo, ya había demostrado sus carencias en cuanto a fuerza muscular. Pese a que poseía una extraordinaria persistencia, su potencia física era escasa. O eso creí entonces.
Cuando la figura encapuchada se acercó de pronto al pie de la muralla y la cuerda comenzó a retorcerse, Helié me propinó un enérgico tirón en la manga. Era la señal que habíamos acordado. Lo dejé pasar a él primero. Helié creía que si un paso en falso anunciaba su proximidad, tal vez, nuestra presa no se decidiese a huir ante un oponente tan débil. Podía incluso atacar a Helié si no sabía que yo me encontraba en las proximidades. Lo que importaba por encima de todo era que el malvado no tuviera ocasión de escapar.
Así pues, Helié tomó la delantera. No tuvo ningún tropiezo. Por mi parte, yo tomé un camino ligeramente diferente y sorteé el haz de luz emanada por el farol. Nos cerramos sobre los flancos de nuestra presa y lo cogimos por sorpresa. Advirtió mi proximidad antes que la de Helié porque yo soy más corpulento y tengo un andar más pesado. Pero al volverse en redondo blandiendo el cuchillo, mi espada ya había alcanzado la diana: su corazón.
Y cuando Helié apoyó la daga sobre su espalda, ya no le quedó más oportunidad. Tuvo que rendirse. Tal como había vaticinado Helié, era un hermano lego dominico, fácilmente reconocible por su porte. Era, además, feo como un verraco, todo él cerdas y papada. Sin embargo, precisamente porque era tan voluminoso, me entretuve en examinarlo de cerca,
Helié no le dedicó toda su atención en un primer momento, porque enseguida tuvimos cerca a Martin y había que ayudarlo a descolgarse de la cuerda. Helié se encargó del cometido mientras yo observaba al dominico. Pese a la escasa luz, vi que el rostro del hombre se sonrojaba.
– ¿Robaríais a un siervo de santo Domingo? -me preguntó-. ¿Creéis que llevo encima dinero y que me lo podéis robar? ¡Mirad! ¡No tengo nada!
– Pues no es eso lo que a mí me han dicho, hermano Henri -le dijo Helié, empujando a su aprendiz detrás de él.
Al oír aquellas palabras, se dio la vuelta. A mí no me había reconocido, pero sí a Helié. Yo temía que nos atacara y puse la punta de la espada entre sus omóplatos al tiempo que Helié retrocedía un paso. Pero el dominico estaba demasiado atónito para actuar con decisión.