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El Secreto del Inquisidor

Электронная книга - «El Secreto del Inquisidor». Краткое содержание книги:

El padre Bernard Peyre de la abadía de Lezet, -el inquisidor del título-es el narrador de este bien construido suspense situado en la Francia el siglo XIV, en el que uno de sus superiores, el padre Agustín, es brutalmente asesinado y descuartizado junto con su guardaespaldas. La investigación que inicia el padre Bernard debe desenmascarar al verdadero asesino y revelar las razones de su crimen para salvar a una inocente que ha sido acusada de manera injusta. El Inquisidor, una novela que en ocasiones roza la sátira al hablar de la corrupción eclesiástica y las maquinaciones del clero en la Edad Media, está en la línea del suspense y rigor histórico de El nombre de la rosa. La australiana Catherine Jinks ha conseguido con El Inquisidor dotar de vida, acción y humor una de las épocas más oscuras de la historia francesa y europea.
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De pronto me he quedado callado. Lo que se me ha ocurrido me ha golpeado con el impacto de una flecha. He mirado fijamente a Blaise.

– ¿Qué? -ha dicho éste frunciendo el ceño.

– Sé quién es.

– ¿Quién?

– El dominico. Sé quién debe de ser. -Pensando en voz alta, he enumerado las razones contándolas con los dedos-. Sería la elección lógica para la labor de desechar los huesos de Olivi. Sabría quién ha entrado y quién ha salido del priorato. Sabría leer la lengua de Oc., pero no latín, porque él es hermano lego. Y podría tener la seguridad de que si yo enviaba una respuesta a su carta falsa, ésta no iría a parar a las manos de ningún otro dominico.

Blaise se ha quedado a la espera. Martin se ha quedado a la espera. Mis ojos han viajado de uno a otro.

– Tiene que ser el portero del priorato -he dicho-. El hermano Henri.

Pero esto no significaba nada para ellos. ¿Por qué había de ser de otro modo? No tenían razón alguna para visitar el priorato dominico ni para llamar a aquella puertecita que se abría al claustro. Tampoco estaban sujetos a la brusca y descortés acogida del hermano Henri. Y es evidente que se han quedado desconcertados cuando me he echado a reír, a pesar de que el asunto no les parecía nada humorístico.

No obstante, lo es. Encuentro muy divertido tener, por fin, ocasión de vengarme de un hombre que me ha cerrado la puerta en las narices como mínimo media docena de veces.

Quedaba poco más que decir o que preparar. He advertido a Blaise que se vistiera de colores apagados antes de reunirse conmigo en la puerta Real; los grises, negros o verdes cenicientos serían muy adecuados. Le he aconsejado también que se pusiera una capa provista de capucha. Y le he pedido que trajera una cuerda o soga con la que poder amarrar a nuestros cautivos en caso necesario.

– Debéis comprender -le he dicho cuando ha abierto la boca para hablar- que estos hombres pueden ser peligrosos. El dominico, sobre todo, ha dado muestras de una especial astucia y de una actitud venal que no deja presagiar nada bueno; su ira y su descontento son manifiestos en su expresión. Quizá no tendría remordimiento alguno si tuviera que matar a todos los beguinos de Narbona con tal de asegurarse la salvación. Lo que conseguiría efectivamente, maestro Blaise. Sobre eso no tenga la menor duda. De vuestros muertos no debería temer que lo descubriesen.

Valía la pena dejar sentado este punto, que el sastre ha asumido en silencio. Me he vuelto hacia Martin.

– Ahora tendrás que ir con el maestro Blaise -le he dicho-. No temas lo que puedan decir tus padres; yo me encargo de dar una excusa para justificar tu ausencia. Con un poco de suerte, volveremos a encontrarnos en esta misma habitación antes de que cante el gallo, ya que mi intención es volver a saltar la muralla una vez concluido este asunto. -He oprimido el hombro del muchacho y me he inclinado hasta que nuestros ojos han estado al mismo nivel-. Mientras tanto tendré que dejarte bajo el cuidado de Na Berengaria. Es una buena mujer, no permitirá que te sobrevenga ningún daño.

Martin ha fruncido la frente, ha mirado a Blaise y seguidamente se ha inclinado hacia mí para hablarme al oído.

– ¡Pero es una hereje! -me ha dicho en un hilo de voz-. Vos me habéis dicho que los beguinos están equivocados y que se encuentran en pecado. ¿Cómo puede ser buena, entonces?

Hace muchos años, cuando yo era muy joven, Bernard Gui solía decir lo siguiente: «Te doy las gracias, Padre, Señor del Cielo y de la Tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y las has revelado a los niños». Lo decía con sonrisa cargada de astucia. Ocurría raras veces, pero siempre era en respuesta a alguna pregunta simple que yo le había hecho y que lo había dejado extrañamente confundido. Me había explicado que aquella expresión de gratitud provenía de las Sagradas Escrituras y que encerraba una verdad incontestable: a veces hasta los más sabios reciben lecciones de los más simples; Dios ha escogido las cosas más tontas de este mundo para confundir con ellas a los más sabios. Puesto que, según palabras de nuestro Señor, el que se humille como un niño, será el más grande en el reino de los Cielos.

– Helié -me dijo una vez mi maestro-, hay que ser verdaderamente ilustrado para ser grande en el reino de los Cielos. Y a veces, sólo un niño posee humildad suficiente para ver con claridad lo que tiene ante sus ojos.

Recuerdo esta observación con tanta claridad por la maravilla y el melancólico afecto que dejaba traslucir su voz. Me sentí particularmente dichoso en aquel momento. Tal vez había llegado el momento en que yo pondría mi alma bajo los cuidados de mi amo.

En cuanto a los propios sentimientos de Bernard Gui, ahora se me revelan, pues mi razonamiento se ha visto de pronto trastocado. Cuando Martin me ha hecho la pregunta, mis más serenas suposiciones se han torcido, han caído por los suelos y han quedado expuestas a un desapacible raudal de penetrante luz.

Un fogonazo me ha hecho ver que el excesivo orgullo de Na Berengaria y la excesiva humildad de Martin los había empujado a caer en el mismo error. Y que los pecados de ambos son merecedores de perdón por igual, que la bondad tan manifiesta en Martin también podría ser igualmente manifiesta en ella. Y he visto que, de la misma manera que todos los herejes se equivocan al buscar la perfección en cualquier hombre, también se equivoca la Iglesia al condenar a todos los herejes por haberse equivocado o extraviado por tortuosos caminos. Porque nadie es totalmente bueno, salvo Dios.

He pensado: ¿quién soy yo para juzgar a esta mujer cuando manifiesto una misericordia infinita hacia mi aprendiz? ¿Cómo es posible que las muchas virtudes que ella posee queden enteramente socavadas por sus creencias engañosas y en el caso de Martin no ocurra lo mismo?

Ahora, aquí sentado, mientras aguardo el momento en que dejaré mi casa y me encaminaré a la puerta Real, soy un hombre distinto de aquel que escribía últimamente este diario. Mi error estribaba en un exceso de humildad. Igual que Martin, seguí a mi maestro en pos de lo falso. Ahora sé que igual que yerran los beguinos, también yerra Bernard Gui. Todos creen estar en la verdad y consideran absolutamente corruptos a aquellos que piensan de forma diferente.

Yo difiero de ellos en este aspecto y ésa ha sido mi actitud durante un tiempo. Ahora lo veo. El orgullo es la raíz del error, eso es verdad, pero es por una razón: elimina la caridad. ¿Cómo vamos a saber nosotros quién estará condenado por toda la eternidad? No podemos saberlo. No podemos presumir de que lo sabemos y actuar como si lo supiéramos. «La venganza es mía; yo la tomaré», dijo el Señor.

Tal vez Martin sufra la venganza de Dios. También puede sufrirla Berengaria Donas. Pero ya que no han cometido grandes crímenes aquí en la Tierra, yo vacilaría en condenarlos a un castigo secular. No han matado a nadie. No han robado. No han mentido, engañado ni ejercido ninguna forma de violencia. Su pecado tiene la raíz en la bondad de su espíritu. Por consiguiente, puesto que el corazón es el dominio de Dios, yo sólo los juzgaré por sus actos. Igual que debería hacer Bernard Gui.

Cuando Martin me ha mirado y me ha hecho aquella pregunta suya tan simple, me he quedado confundido unos momentos. No se me ocurría cómo explicarle que Na Berengaria podía ser buena y al mismo tiempo pecadora. Así pues, me he limitado a decirle: «A los que aman a Dios todo les sale bien», repitiendo una frase que oí cierta vez a un dominico en un sermón en el priorato de Tolosa. Después he besado a Martin en ambas mejillas para demostrarle mi agradecimiento y lo he dejado en manos de Blaise Bouer.

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