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El tercer gemelo

Электронная книга - «El tercer gemelo». Краткое содержание книги:

Ayer acabé otra novela de Ken Follet de las que tengo por casa pendientes.
El tercer gemelo habla sobre el tema de la clonación de seres humanos. Una empresa pionera en estas investigaciones decide, allá por los años setenta, lanzar sus pruebas a los seres humanos pero sin advertir a los afectados.
Veintitrés años después de que se llevaran a cabo algo hará que se descubra todo el pastel, gracias a una profesora que trabaja para esa empresa sin saber el fin real de sus estudios.
“Una joven científica está desarrollando una investigación sobre la formación de la personalidad y las diferencias de comportamiento entre gemelos. De pronto, cuando descubre dos gemelos absolutamente idénticos nacidos de madres distintas, se da cuenta de que alguien intenta frenar su investigación al precio que sea.
¿Es posible que se hayan hecho experimentos secretos de clonación en seres humanos sin ser ellos conscientes? ¿Y de qué forma puede estar involucrado un candidato a la presidencia de los Estados Unidos?”
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– La pista cinco es Dennis Pinker. ¿Están las marcas en la misma posición que las tuyas o en una posición distinta?

– En la misma -dijo Steve-. Coinciden perfectamente.

Jeannie le miró.

– Steve, sois gemelos -dijo.

No quería creerlo.

– ¿Existe alguna posibilidad de error?

– Claro -repuso Jeannie-. Hay una posibilidad entre cien de que dos individuos sin conexión alguna puedan tener un fragmento del mismo ADN materno y paterno. Normalmente probamos cuatro fragmentos distintos, utilizando diferentes oligos y sondas. Eso reduce la posibilidad de error a una entre cien millones. Lisa efectuará tres pruebas más; cada una de ellas tarda medio día en realizarse. Pero sé cuál será el resultado. Y tú también lo sabes, ¿verdad?

– Supongo que sí. -Steve suspiró-. Vale más que empiece a creer eso. ¿De dónde diablos vengo?

La expresión de Jeannie era pensativa.

– Se me ha quedado en la cabeza una cosa que dijiste. «No tengo hermanos ni hermanas.» Por lo que has contado acerca de tus padres, parecen la clase de personas a las que les gustaría tener la casa llena de críos, tres o cuatro.

– Eso es cierto -dijo Steve-. Pero mamá tenía dificultades para concebir. Había cumplido los treinta y tres años y llevaba diez casada con papá cuando vine yo. Escribió un libro sobre eso: Qué hacer cuando una no puede quedar embarazada. Fue su primer superventas. Con el dinero que obtuvo compró una cabaña de verano en Virginia.

– Charlotte Pinker tenía treinta y nueve años cuando nació Dennis. Apuesto algo a que también tenía problemas de esterilidad. Me pregunto si eso no significará algo.

– ¿Cómo qué?

– No lo sé. ¿Se sometió tu madre a alguna clase de tratamiento especial?

– No he leído el libro. ¿La llamo?

– ¿Lo harías?

– De todas formas, ya es hora de que les hable de todo este misterio.

Jeannie indicó un escritorio.

– Usa el teléfono de Lisa.

Steve marcó el número de su casa. Le respondió su madre.

– Hola, mamá.

– ¿Se alegró de verte?

– Al principio, no. Pero aún estoy con ella.

– Así pues, no te odia.

Steve miro a Jeannie.

– Odiarme, no, mamá, pero piensa que soy demasiado joven.

– ¿Te está escuchando?

– Sí, y creo que empieza a sentirse incómoda, lo cual no deja de ser un principio. Mamá, estamos en el laboratorio, y tengo algo así como un rompecabezas. Parece que mi ADN es exactamente igual que el de otro sujeto que ella está estudiando, un individuo que se llama Dennis Pinker.

– No puede ser igual… tendríais que ser gemelos univitelinos.

– Lo cual sólo sería posible en el caso de que fuéramos hijos adoptados.

– Steve, tú no eres adoptado, si es eso lo que estás pensando. Y no eres gemelo de nadie. Dios sabe cómo me las hubiera arreglado para atender a dos de vosotros.

– ¿Te aplicaron alguna clase de tratamiento especial de fertilidad antes de mi nacimiento?

– Sí, me lo aplicaron. El médico me recomendó un sitio de Filadelfia en el que habían atendido a cierto número de esposas de oficiales. Se llamaba Clínica Aventina. Me sometieron a un tratamiento de hormonas.

Steve se lo repitió a Jeannie, que garabateó el nombre en una hojita de Post-it.

– El tratamiento dio resultado -continuó la madre-, y ahí estás tú, fruto de todo ese esfuerzo, sentado en Baltimore y dándole la tabarra a una preciosa señora que te saca siete años, cuando deberías encontrarte aquí, en el Distrito de Columbia, cuidando de tu anciana madre de pelo blanco.

Steve soltó una carcajada.

– Gracias, mamá.

– Oye, Steve.

– Aquí sigo.

– No vuelvas muy tarde. Ya sabes que tienes que ver a un abogado por la mañana. Será mejor que salgas de este lío legal antes de empezar a preocuparte de tu ADN.

– No volveré tarde. Hasta luego.

Steve colgó.

– Llamaré a Charlotte Pinker ahora mismo -dijo Jeannie-. Espero que no se haya ido ya a dormir. -Hojeó rápidamente el listín telefónico de Lisa y luego cogió el auricular y marcó un número. Al cabo de un momento empezó a hablar-: Hola, señora Pinker. Aquí, la doctora Ferrami, de la Universidad Jones Falls… Muy bien, gracias ¿y usted?… Confío en que no tenga inconveniente en que le haga una pregunta más… Bien, muy amable y comprensiva. Sí… Antes de quedar embarazada de Dennis, ¿siguió usted algún tratamiento de fertilidad? -Hubo una prolongada pausa y, a continuación, el semblante de Jeannie se iluminó a causa de la euforia exaltada-. ¿En Filadelfia? Si, ya la conozco… Tratamiento hormonal. Es muy interesante, me sirve de gran ayuda. Gracias otra vez. Adiós. -Colgó el auricular y exclamó-: ¡Bingo! Charlotte fue a la misma clínica.

– Eso es fantástico -dijo Steve-. Pero ¿qué significa?

– Ni idea -confesó Jeannie. Volvió a coger el teléfono y marcó el 411-. ¿Cómo puedo comunicar con el servicio de información de Filadelfia?… Gracias. -Marcó una vez más-. La Clínica Aventina. -Una pausa. Miró a Steve y comentó-: Probablemente estará cerrada desde hace años.

Steve la contemplaba, como hipnotizado. El entusiasmo ponía viveza y color en el rostro de Jeannie, mientras su cerebro funcionaba a toda velocidad. Parecía embelesada. Steve deseó fervientemente poder hacer algo más para ayudarla.

De súbito, Jeannie cogió un lápiz y garabateó un número.

– ¡Gracias! -dijo por el micrófono. Colgó-. ¡Aún está allí!

Steve parecía fascinado. El misterio de sus genes podía resolverse.

– Archivos -dijo-. La clínica debe de tener sus registros. Es posible que haya pistas.

– He de ir allí -manifestó Jeannie. Arrugó la frente, pensativa-. Tengo una nota firmada por Charlotte Pinker; podemos pedir a todas las personas entrevistadas que firmen también la suya, lo que me autorizará a examinar los historiales médicos. ¿Puedes conseguir que tu madre firme una esta noche y me la envíe por fax a la UJF?

– Pues claro.

Marcó una vez más, pulsando los números febrilmente.

– Buenas noches, ¿hablo con la Clínica Aventina?… ¿Tienen un jefe de servicio nocturno?… Muchas gracias.

Se produjo una larga pausa. Jeannie golpeteó el lápiz con impaciencia. Steve la contempló con ojos que irradiaban adoración. Por lo que a él concernía, no le importaba que aquello durase hasta la mañana.

– Buenas noches, señor Ringwood, le habla la doctora Ferrami del departamento de Psicología de la Universidad Jones Falls. Dos de los sujetos de la investigación que estoy llevando a cabo fueron atendidos en su clínica hace veintitrés años y me sería de enorme ayuda echar un vistazo a sus historiales. Me han proporcionado la correspondiente autorización que puedo remitirle por fax anticipadamente… Eso me vendría de perlas… ¿Mañana le parece bien?… Digamos, ¿a las dos de la tarde?… Es usted muy amable… Así lo haré. Gracias. Adiós.

– Clínica de fertilidad -silabeó Steve meditativamente-. ¡No leí en ese artículo del The Wall Street Journal que la Genético posee clínicas de fertilidad?

Jeannie se le quedó mirando boquiabierta.

– ¡Oh, Dios mío! -exclamó en voz baja-. Claro que las tiene.

– Me pregunto si no existirá alguna relación.

– Me juego algo a que la hay -dijo Jeannie.

– Si la hay, entonces…

– Entonces es muy posible que Berrington Jones sepa mucho más acerca de ti y de Dennis de lo que está dando a entender.

28

Había sido un día infame, pero al final había acabado bien, pensó Berrington al salir de la ducha.

Se contempló en el espejo. Estaba en una forma magnífica para sus cincuenta y nueve años; enjuto, derecho como una vela, con la piel ligeramente atezada y el estómago casi completamente liso. Tenía el vello púbico oscuro, pero ello era debido a que se lo teñía para evitar el embarazoso tono gris impuesto por los años. Para Berrington resultaba muy importante estar en condiciones de desnudarse delante de una mujer sin tener que apagar la luz.

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