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El tercer gemelo

Электронная книга - «El tercer gemelo». Краткое содержание книги:

Ayer acabé otra novela de Ken Follet de las que tengo por casa pendientes.
El tercer gemelo habla sobre el tema de la clonación de seres humanos. Una empresa pionera en estas investigaciones decide, allá por los años setenta, lanzar sus pruebas a los seres humanos pero sin advertir a los afectados.
Veintitrés años después de que se llevaran a cabo algo hará que se descubra todo el pastel, gracias a una profesora que trabaja para esa empresa sin saber el fin real de sus estudios.
“Una joven científica está desarrollando una investigación sobre la formación de la personalidad y las diferencias de comportamiento entre gemelos. De pronto, cuando descubre dos gemelos absolutamente idénticos nacidos de madres distintas, se da cuenta de que alguien intenta frenar su investigación al precio que sea.
¿Es posible que se hayan hecho experimentos secretos de clonación en seres humanos sin ser ellos conscientes? ¿Y de qué forma puede estar involucrado un candidato a la presidencia de los Estados Unidos?”
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– Todo se arreglará -dijo, abrazándola nuevamente-. Ya verás como las cosas se solucionan.

Jeannie permaneció en sus brazos durante un largo y delicioso momento. Steve notó la cálida tibieza de su cuerpo e inhaló su perfume. Se preguntó si debía atreverse a besarla. Vaciló, temeroso de que si precipitaba los acontecimientos, ella le rechazase. Luego, el instante pasó y Jeannie se apartó.

Se limpió la nariz con el faldón de la holgada camiseta y al hacerlo brindó a Steve un sensual vistazo al estómago liso y atezado por el sol.

– Gracias -articuló Jeannie-. Necesitaba un hombro sobre el que llorar.

Le descorazonó el tono un tanto despreocupado. Para él fue un instante de intensa emoción; para ella, solo un alivio de la tensión.

– Es parte del servicio -dijo Steve, irónico, y al instante se dijo que había perdido una magnífica ocasión de quedarse callado.

Jeannie abrió un aparador y sacó platos.

– Ya me siento mejor -dijo-. Comamos.

Steve se encaramó a un taburete ante el mostrador de la cocina. Cortó la pizza y descorchó la botella de vino. Disfrutó de la contemplación de los movimientos de la mujer por la casa: viéndola cerrar un cajón con un golpe de cadera, mirar con los párpados entrecerrados la tonalidad del vino que contenía la copa, coger el sacacorchos con sus dedos largos y hábiles. Recordó la primera chica de la que se había enamorado. Se llamaba Bonnie y tenía siete años, los mismos que él entonces; y Steve se había quedado mirando aquellos bucles rubio fresa y aquellos ojos verdes y pensó que era un milagro que pudiera existir alguien tan perfecto en el patio de la Escuela Primaria de Spiller Road. Durante una temporada albergó la idea de que pudiera ser realmente un ángel.

No creía que Jeannie fuese un ángel, pero parecía envolverla una fluida gracia física que le hacía sentir la misma portentosa sensación.

– Tienes una tremenda capacidad de recuperación -comentó Jeannie-. La última vez que te vi, tu aspecto era horrible. De eso hace sólo veinticuatro horas, pero pareces nuevo.

– Salí bastante bien librado. Sólo me duele un poco en el punto donde el detective Allaston me golpeó la cabeza contra la pared y la contusión que me produjo Gordinflas Butcher al patearme las costillas a las cinco de esta mañana, pero se me pasará enseguida, siempre y cuando no vuelvan a meterme en chirona.

Apartó esa idea de la cabeza. No iba a volver a la celda; la prueba de ADN lo eliminaría como sospechoso.

Le dio un repaso visual a la librería de Jeannie. Había muchos títulos ajenos a la narrativa. Biografías de Darwin, Einstein y Francis Bacon; unas cuantas mujeres novelistas que él no había leído: Erica Jong y Joyce Carol Oates; cinco o seis Edith Wharton, algunos clásicos modernos.

– ¡Vaya, veo que tienes mi novela favorita de toda la vida! -comentó.

– Deja que adivine: Matar un ruiseñor.

Steve se quedó atónito.

– ¿Cómo lo sabes?

– Vamos. El protagonista es un abogado que se enfrenta a los prejuicios sociales para defender a un hombre inocente. ¿No es ese tu gran sueño? Además, no creo que hubieses elegido The Women's Room.

Steve sacudió la cabeza, resignado.

– Sabes muchas cosas acerca de mí. Le acobardas a uno.

– ¿Cuál crees que es mi libro preferido?

– ¿Se trata de una prueba?

– Apuesta algo.

– Ah… ejem, Middlemarch.

– ¿Por qué?

– La protagonista es una mujer fuerte, independiente.

– ¡Pero no hace nada! De cualquier modo, el libro que tenía en la cabeza no es ninguna novela. Te doy otra oportunidad.

Steve meneó la cabeza.

– No es novela. -Tuvo un golpe de inspiración-. Ya sé. La historia de un brillante y distinguido descubrimiento que explicaba algo crucial para la existencia del hombre. Apuesto a que es La doble hélice.

– ¡Eh, muy bien!

Empezaron a comer. La pizza aún estaba caliente. Jeannie permaneció pensativamente silenciosa durante unos minutos, al cabo de los cuales comentó:

– Hoy realmente la he fastidiado Ahora me doy cuenta. Tenía que haber mantenido toda la crisis en tono menor. Tenía que haber repetido: «Bueno, quizá, podemos discutirlo, no me obliguen a tomar una decisión precipitada». En vez de hacer eso, desafié a la universidad y luego empeoré las cosas hablando con la prensa.

– La impresión que tengo de ti es que eres una persona nada inclinada al compromiso -dijo Steve.

Jeannie asintió.

– Una cosa es no ser dada al compromiso y otra es ser estúpida.

Le enseñó el The Wall Street Journal.

– Esto puede explicar por qué en estos instantes tu departamento es hipersensible a la publicidad negativa. Tu patrocinador está a punto de traspasar la empresa.

Jeannie leyó el primer párrafo.

– Ciento ochenta millones de dólares, ¡caray! -Siguió leyendo mientras masticaba un trozo de pizza. Cuando acabó el artículo sacudió la cabeza-. Tu teoría es interesante, pero no me convence.

– ¿Por qué no?

– Era Maurice Obell, no Berrington, quien parecía estar contra mí. Aunque Berrington pueda ser rastrero como una serpiente, según dicen. De todas formas, no soy tan importante. Para los patrocinadores de la Genético no soy más que una parte ínfima de sus proyectos de investigación. Ni siquiera aunque mi trabajo violase verdaderamente la intimidad de las personas, sería eso suficiente escándalo para poner en peligro una operación de compraventa multimillonaria.

Steve se limpió los dedos con una servilleta de papel y cogió la fotografía enmarcada de una mujer con un niño de pecho. La mujer se parecía un poco a Jeannie, aunque tenía el pelo liso.

– ¿Es tu hermana? -preguntó.

– Sí. Patty. Ya tiene tres hijos… todos varones.

– Yo no tengo hermanos ni hermanas -dijo Steve. Luego se acordó-. A menos que se cuente a Dennis Pinker. -Cambió la expresión de Jeannie y Steve dijo-: Me miras como a un espécimen.

– Perdona. ¿Probamos el helado?

– Pues claro.

Jeannie puso la cubeta encima de la mesa y sacó dos cucharas. Eso le pareció a Steve de perlas. Comer del mismo recipiente era un paso más hacia el beso. Jeannie comía con delectación. El muchacho se preguntó si haría el amor con el mismo glotón entusiasmo.

Steve tragó una cucharada de Rainforest Crunch y dijo:

– Me alegra infinito que creas en mí. Seguro que a los polis no les ocurre lo mismo.

– Si fueras un violador, mi teoría saltaría hecha pedazos.

– A pesar de todo, pocas mujeres me hubieran abierto la puerta de su casa por la noche. En especial si creyesen que tengo los mismos genes que Dennis Pinker.

– Yo dudé antes de hacerlo -confesó Jeannie-. Pero me has demostrado que tenía razón.

– ¿Cómo?

Jeannie indicó los restos de la cena.

– Si una mujer atrae a Dennis Pinker, este tira de cuchillo y le ordena que se quite las bragas. Tú trajiste una pizza.

Steve se echo a reír.

– Puede parecer divertido -dijo Jeannie-, pero existe un mundo de diferencia.

– Hay una cosa que debes saber acerca de mí -advirtió Steve-. Un secreto.

Ella dejó la cuchara.

– ¿Qué?

– Una vez casi maté a alguien.

– ¿Cómo?

Steve le contó la historia de su pelea con Tip Hendricks.

– Por eso me preocupaba tanto todo ese asunto acerca de mis orígenes -dijo-. No puedes imaginar lo inquietante que resulta que le digan a uno que es posible que papá y mamá no sean sus padres. ¿Y si resulta que mi verdadero padre es un asesino?

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