El tercer gemelo
- Автор: Фоллетт Кен
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El tercer gemelo». Краткое содержание книги:
El tercer gemelo habla sobre el tema de la clonación de seres humanos. Una empresa pionera en estas investigaciones decide, allá por los años setenta, lanzar sus pruebas a los seres humanos pero sin advertir a los afectados.
Veintitrés años después de que se llevaran a cabo algo hará que se descubra todo el pastel, gracias a una profesora que trabaja para esa empresa sin saber el fin real de sus estudios.
“Una joven científica está desarrollando una investigación sobre la formación de la personalidad y las diferencias de comportamiento entre gemelos. De pronto, cuando descubre dos gemelos absolutamente idénticos nacidos de madres distintas, se da cuenta de que alguien intenta frenar su investigación al precio que sea.
¿Es posible que se hayan hecho experimentos secretos de clonación en seres humanos sin ser ellos conscientes? ¿Y de qué forma puede estar involucrado un candidato a la presidencia de los Estados Unidos?”
Berrington sintió un espasmo de irritación. Nada era suficiente para Jim. Le propusieran lo que le propusiesen, Jim siempre deseaba una acción más enérgica, medidas más extremas. Luego superó el acceso de fastidio. Esa vez, Jim hablaba con sentido común, reflexionó. Jeannie había demostrado ser un auténtico sabueso, que cuando olfateaba una pista no se desviaba lo más mínimo en su seguimiento. Un simple revés no la impulsaría a darse por vencida.
– Estoy de acuerdo contigo -le dijo a Jim-. Y Steve Logan se encuentra fuera de la cárcel, me enteré hace un rato, así que no está completamente sola. A largo plazo, tendremos que enfrentarnos a ella.
– Hay que darle un susto de muerte.
– Por el amor de Dios, Jim…
– Ya sé que esto hace que aflore la debilidad que llevas dentro, Berry, pero debe hacerse.
– Olvídalo.
– Mira…
– Tengo una idea mejor, Jim, haz el favor de escucharme durante un minuto.
– Está bien, te escucho.
– Voy a hacer que la despidan.
Jim meditó unos instantes.
– No sé… ¿Con eso lo solucionaremos?
– Seguro. Veras, la Ferrami imagina que ha tropezado con una anomalía biológica. Es la clase de descubrimiento con el que un científico joven puede hacer carrera. La muchacha no tiene idea de lo que subyace debajo de todo esto; cree que la universidad sólo teme la mala publicidad. Si Jeannie Ferrami pierde su empleo, no dispondrá de instalaciones ni de medios para continuar con su investigación, ni motivo alguno para aferrarse a ella. Además, estará demasiado ocupada buscando otro trabajo. Da la casualidad de que sé que necesita dinero.
– Tal vez tengas razón.
Berrington empezó a recelar. Jim mostraba una sospechosamente excesiva facilidad en estar de acuerdo con él.
– No estarás planeando hacer algo por tu cuenta y riesgo, ¿verdad? -preguntó.
Jim eludió la respuesta.
– ¿Puedes hacer eso, puedes conseguir que la despidan?
– Desde luego.
– Pero tú me dijiste el martes que eso es una universidad, no el jodido ejército.
– Cierto, uno no puede gritar al personal para que hagan lo que se les ordena. Pero me he pasado en el mundo académico la mayor parte de los últimos cuarenta años. Sé cómo funciona la maquinaria. Cuando es realmente imprescindible, puedo desembarazarme de un profesor adjunto sin casi mover un dedo.
– Vale.
Berrington frunció el entrecejo.
– Estamos juntos en esto, ¿no, Jim?
– Exacto.
– De acuerdo. Que duermas bien.
– Buenas noches.
Berrington colgó el teléfono. Su pollo a la provenzal estaba frío. Lo arrojó al cubo de la basura y se metió en la cama.
Permaneció despierto largo tiempo, pensando en Jeannie Ferrami. A las dos de la madrugada se levantó y tomó un Dalmane. El somnífero hizo efecto y, por fin, se quedó dormido.
29
Hacía mucho calor aquella noche en Filadelfia. En el edificio de viviendas estaban abiertas de par en par todas las puertas y ventanas, ninguno de los cuartos tenía aire acondicionado. Los ruidos de calle ascendían hasta el apartamento 5A del último piso: bocinazos, carcajadas, fragmentos de música. Sobre una barata mesa de pino llena de señales de rasguños y quemaduras de cigarrillo, sonaba un teléfono.
El muchacho descolgó.
– Habla Jim -dijo una voz que parecía un ladrido.
– Hola, tío Jim, ¿cómo estás?
– Preocupado por ti.
– ¿Y eso?
– Sé lo que ocurrió el domingo por la noche.
El chico titubeó, no muy seguro de lo que debía responder.
– Ya detuvieron a alguien por eso.
– Pero su amiguita cree que es inocente.
– ¿Y?…
– Va a ir a Filadelfia mañana.
– ¿Para qué?
– No lo sé a ciencia cierta. Pero creo que esa mujer es un peligro.
– Mierda.
– Puede que desearas hacer algo respecto a ella.
– ¿Cómo qué?
– Eso es cosa tuya.
– ¿Cómo puedo encontrarla?
– ¿Conoces la Clínica Aventina? Está en tu barrio.
– Claro, en Chestnut, todos los días paso por delante.
– Se encontrará allí mañana a las dos de la tarde.
– ¿Cómo la reconoceré?
– Alta, pelo oscuro, nariz perforada, de unos treinta años.
– Esas señas podrían ser las de un montón de mujeres.
– Probablemente conducirá un viejo Mercedes rojo.
– Eso reduce el número de candidatas.
– Ahora, piensa que el otro chaval está en libertad bajo fianza.
El muchacho enarcó las cejas.
– ¿Y qué?
– Pues que si la moza sufriese un accidente, después de que alguien la viera en tu compañía…
– Comprendo. Darían por supuesto que yo era él.
– Siempre tuviste rapidez de reflejos, hijo mío.
El chico se echo a reír.
– Y tú siempre tuviste malas intenciones, tío.
– Una cosa más.
– Soy todo oídos.
– Es un bombón precioso. Así que disfrútala.
– Adiós, tío Jim. Y gracias.
JUEVES
30
Jeannie volvía a tener el sueño del Thunderbird.
La primera parte de ese sueño era algo que realmente le sucedió, cuando ella tenía nueve años y su hermana seis, y su padre estaba viviendo -brevemente- con ellos. Papá rebosaba dinero en aquellos días (hasta varios años después no comprendió Jeannie que aquella fortuna debió de ser el fruto de un robo fructífero). Su padre llevó a casa un Ford Thunderbird de carrocería azul turquesa y tapicería también del mismo color, a juego: para una niña de nueve años, el automóvil más bonito que pudiera imaginarse. Fueron a dar una vuelta, con Jeannie y Penny en el asiento delantero, entre papá y mamá. Cuando rodaban por la George Washington Memorial Parkway, papá se puso a Jeannie en el regazo y le permitió coger el volante.
En la vida real, Jeannie desvió el coche hacia el carril de la izquierda y se sobresaltó cuando el conductor de un vehículo que en aquel momento trataba de adelantarles tocó la bocina ruidosamente y papá dobló el volante y llevó el Thunderbird de nuevo al carril del que no debió haberse apartado. Pero en el sueño, el padre no estaba presente, Jeannie conducía sin ayuda y mamá y Patty permanecían sentadas a su lado, impertérritas, incluso aunque sabían que Jeannie era incapaz de ver nada por encima del salpicadero y que lo único que hacía era apretar, apretar y apretar el volante, cada vez con más fuerza, y esperar el impacto del choque, mientras los otros automóviles tocaban el timbre de la puerta cada vez con mayor estruendo.
Jeannie se despertó con las uñas hundidas en las palmas de las manos y los insistentes timbrazos de la puerta clavados en los oídos. Eran las seis de la mañana. Continuó tendida en la cama durante unos segundos, gozándose en el alivio que la inundó al darse cuenta de que sólo había sufrido una pesadilla. Luego saltó de la cama y se precipitó hacia el interfono del portero automático.
– ¿Quién es?
– Ghita. Anda, despierta y déjame entrar.
Ghita vivía en Baltimore y trabajaba en la sede del FBI en Washington. Jeannie pensó que sin duda iba camino de la oficina, para empezar a trabajar temprano. Pulsó el botón que abría la puerta de la calle.
Jeannie se pasó por la cabeza una camiseta de manga corta tan grande que casi le llegaba a las rodillas; una prenda bastante decente para recibir a una amiga. La Ghita que subió las escaleras era la imagen de un ejecutivo con un bien cortado traje sastre de hilo azul pelo negro muy corto, pendientes de bolita, gafas enormes, de material ligero, y un ejemplar del New York Times bajo el brazo.
– ¿Qué diablos está pasando? -preguntó Ghita sin preámbulos.
– No sé -dijo Jeannie-, acabo de despertarme.