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El tercer gemelo

Электронная книга - «El tercer gemelo». Краткое содержание книги:

Ayer acabé otra novela de Ken Follet de las que tengo por casa pendientes.
El tercer gemelo habla sobre el tema de la clonación de seres humanos. Una empresa pionera en estas investigaciones decide, allá por los años setenta, lanzar sus pruebas a los seres humanos pero sin advertir a los afectados.
Veintitrés años después de que se llevaran a cabo algo hará que se descubra todo el pastel, gracias a una profesora que trabaja para esa empresa sin saber el fin real de sus estudios.
“Una joven científica está desarrollando una investigación sobre la formación de la personalidad y las diferencias de comportamiento entre gemelos. De pronto, cuando descubre dos gemelos absolutamente idénticos nacidos de madres distintas, se da cuenta de que alguien intenta frenar su investigación al precio que sea.
¿Es posible que se hayan hecho experimentos secretos de clonación en seres humanos sin ser ellos conscientes? ¿Y de qué forma puede estar involucrado un candidato a la presidencia de los Estados Unidos?”
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Jeannie denegó con la cabeza.

– Entablaste una pelea escolar que se te fue de las manos. Eso no te convierte en un psicópata. ¿Y qué me dices del otro chico? Ese tal Tip.

– Alguien lo mató cosa de un par de años después. Por entonces se dedicaba al tráfico de drogas. Tuvo una discusión con su proveedor y el individuo le descerrajó un tiro en la cabeza y lo dejó seco.

– El psicópata era él, supongo -dijo Jeannie-. Eso es lo que les suele ocurrir. Les es imposible evitar los jaleos. Un chicarrón fuertote como tú puede tener un encontronazo con la ley, pero sobrevive al incidente y sigue adelante, llevando una vida normal. En cambio Dennis estará entrando y saliendo de la cárcel hasta que alguien lo mate.

– ¿Cuántos años tienes, Jeannie?

– No te ha gustado que te llame chicarrón fuertote.

– Tengo veintidós años.

– Yo veintinueve. Una gran diferencia de edad.

– ¿Te parezco un crío?

– Verás, no lo sé, un hombre de treinta años probablemente no se habría pegado la paliza de venir desde Washington sólo para traerme una pizza. Eso es algo impulsivo.

– ¿Lamentas que lo haya hecho?

– No. -Le tocó la mano-. Me alegra de verdad.

Steve ignoraba hasta dónde iba a llegar con ella. Pero Jeannie había llorado sobre su hombro. Pensó que una mujer no utiliza a un chico para eso.

– ¿Cuándo sabrás algo seguro sobre mis genes? -preguntó.

Jeannie consultó su reloj.

– Es probable que el borrador ya esté terminado. Lisa hará la película por la mañana.

– ¿Quieres decir que la prueba está concluida ya?

– Más o menos.

– ¿No podemos echar un vistazo al resultado ahora? Se me hace muy duro esperar a ver si tengo o no el mismo ADN que Dennis Pinker.

– Supongo que sí que podemos -dijo Jeannie-. También a mi me corroe la curiosidad.

– ¿A qué esperamos, pues?

25

Berrington Jones disponía de una tarjeta de plástico que le facultaba para abrir cualquier puerta de la Loquería.

Nadie más estaba enterado de ello. Con toda su inocencia los profesores numerarios imaginaban que sus cuartos eran privados. Sabían que los integrantes del personal de limpieza tenían llaves maestras. Lo mismo que los guardias de seguridad. Pero al profesorado nunca se le ocurrió que pudiera no ser muy difícil echar mano a una llave que se les proporcionaba incluso a los encargados de limpiar las instalaciones.

Con todo, Berrington no había utilizado nunca su llave maestra. Husmear era indigno: algo ajeno a su estilo. Pete Watlingson seguramente tendría fotos de chicos desnudos en el cajón de su escritorio; Ted Ransome indudablemente guardaría un poco de marihuana en alguna parte; era harto posible que Sophie Chapple tuviera un vibrador para consolarse durante las largas tardes solitarias, pero Berrington no quería saber nada de todo aquello. La llave maestra era sólo para las emergencias.

Aquella era una emergencia.

La universidad había ordenado a Jeannie que dejase de utilizar su programa informático de búsqueda y habían anunciado al mundo que se había suspendido el empleo de dicho programa, pero ¿cómo podía el tener la seguridad de que era así? No estaba en situación de ver los mensajes electrónicos que volaban por las líneas telefónicas de una terminal a otra. Durante toda la jornada no cesó de atormentarle la idea de que Jeannie pudiese estar examinando otra base de datos. Y a saber lo que podía encontrar.

De modo que Berrington había vuelto a su despacho y ahora estaba sentado ante su mesa, mientras el cálido crepúsculo se condensaba sobre los edificios de ladrillo rojo del campus. Golpeteaba con la tarjeta de plástico el ratón del ordenador, dispuesto a hacer algo que iba contra su instinto y contra todos sus principios. Su dignidad era algo precioso. La había ido alimentando desde edad muy temprana. Ya de niño, en el colegio, sin un padre que le aleccionara acerca del modo de hacer frente a las riñas infantiles y con una madre excesivamente preocupada por la felicidad del chico, Berrington había ido creándose poco a poco un aire de superioridad, un aislamiento que le protegía. En Harvard había observado furtivamente a un compañero de clase perteneciente a una familia adinerada desde varias generaciones atrás. Tomó buena nota de los detalles de sus cinturones de cuero y pañuelos de hilo, de sus trajes de tweed y sus fulares de cachemira: aprendió la forma elegante de desdoblar la servilleta y manejar la silla ofreciendo asiento a una dama; se maravilló de la mezcla de naturalidad y deferencia con la que el muchacho trataba a los profesores, del encanto superficial y la frialdad subyacente en sus relaciones con los socialmente inferiores. Cuando Berrington inició su master ya estaba ampliamente preparado para convertirse en un brahmán.

Y era difícil desembarazarse de la capa de dignidad. Algunos profesores podían quitarse la chaqueta y saltar al campo para jugar un partido informal de fútbol americano, mezclándose con los estudiantes, pero Berrington era incapaz de ello. Los alumnos nunca le contaban chistes ni le invitaban a sus fiestas, pero tampoco se insolentaban con él, hablaban en clase o cuestionaban sus lecciones.

En cierto sentido, toda su vida, desde la fundación de la Genético, había sido un engaño, pero el la llevaba con audacia y airosa arrogancia. Sin embargo, no era propio de él introducirse subrepticiamente en la habitación de otra persona y dedicarse a registrarla.

Consultó su reloj. El laboratorio ya estaría cerrado. La mayor parte de sus colegas se habrían ido ya, hacia sus casas o hacia el bar del Club de la Facultad. Era un momento tan bueno como cualquier otro. No existía hora alguna que garantizase que el edificio se encontrase totalmente vacío; los científicos trabajaban según su talante y a cualquier hora. De sorprenderle alguien, Berrington tendría que aguantar el tipo y echarle descaro.

Abandonó su despacho, bajó por la escalera y anduvo pasillo adelante hasta la puerta de Jeannie. No se veía a nadie. Introdujo la tarjeta en la ranura del lector y se abrió la puerta. Entró, encendió la luz y cerró tras de sí.

Era el despacho más pequeño del edificio. En realidad, se trataba de un pequeño almacén, pero Sophie Chapple insistió pérfidamente en asignárselo a Jeannie como despacho, sobre la base falaz de que para guardar las cajas de cuestionarios impresos que usaba el departamento se necesitaba una habitación más espaciosa. Era una estancia estrecha con una ventana insignificante. Sin embargo, Jeannie la había animado extraordinariamente con sólo dotarla de un par de sillas de madera pintadas de rojo brillante, una maceta con una palma larguirucha y la reproducción de un grabado de Picasso: una escena taurina con vívidos toques de amarillo y naranja.

Berrington cogió el retrato enmarcado de encima del escritorio. Era la fotografía en blanco y negro de un hombre bien parecido, con patillas y corbata ancha, junto a una joven de expresión decidida; los padres de Jeannie, allá por los setenta, supuso. Aparte la foto, el escritorio estaba completamente limpio de objetos. Chica ordenada.

Berrington se sentó y encendió el ordenador. Mientras el aparato cargaba, el hombre procedió a registrar los cajones. El de arriba contenía bolígrafos y cuadernos de notas. En otro encontró una caja de compresas y un par de pantis dentro de un paquete por abrir. Berrington odiaba los pantis. Le encantaba acariciar recuerdos adolescentes de ligueros y medias con costura. Además, los pantis eran malsanos, como los calzoncillos de nailon. Si el presidente Proust le nombrara jefe de sanidad, ordenaría incluir en los envoltorios de pantis una advertencia indicando que eran peligrosos para la salud. En el cajón siguiente había un espejo de mano y un cepillo con unos cuantos cabellos oscuros de Jeannie entre sus cerdas; en el último cajón, un diccionario de bolsillo y un libro en rústica titulado A Thousand Acres. Ningún secreto hasta entonces.

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