El tercer gemelo
- Автор: Фоллетт Кен
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El tercer gemelo». Краткое содержание книги:
El tercer gemelo habla sobre el tema de la clonación de seres humanos. Una empresa pionera en estas investigaciones decide, allá por los años setenta, lanzar sus pruebas a los seres humanos pero sin advertir a los afectados.
Veintitrés años después de que se llevaran a cabo algo hará que se descubra todo el pastel, gracias a una profesora que trabaja para esa empresa sin saber el fin real de sus estudios.
“Una joven científica está desarrollando una investigación sobre la formación de la personalidad y las diferencias de comportamiento entre gemelos. De pronto, cuando descubre dos gemelos absolutamente idénticos nacidos de madres distintas, se da cuenta de que alguien intenta frenar su investigación al precio que sea.
¿Es posible que se hayan hecho experimentos secretos de clonación en seres humanos sin ser ellos conscientes? ¿Y de qué forma puede estar involucrado un candidato a la presidencia de los Estados Unidos?”
Aquello sonaba a malas noticias, podía adivinarlo.
– Mi jefe me llamó anoche, muy tarde, y me ordenó que no tuviese ningún trato más contigo.
– ¡No! -Jeannie necesitaba el resultado del FBI para demostrar que su método funcionaba, a pesar del rompecabezas de Steven y Dennis-. ¡Maldita sea! ¿Te dijo por qué?
– Alegó que tus sistemas violan la intimidad de las personas.
– No deja de ser insólito que el FBI se preocupe de una cosa tan insignificante como esa.
– Parece que el New York Times es de la misma opinión.
Ghita enseñó a Jeannie el periódico. El titular de un artículo proclamaba en primera página:
LA ÉTICA DE LA INVESTIGACIÓN GENÉTICA:
DUDAS, TEMORES Y UN CONFLICTO
Jeannie se temió que el «conflicto» fuese una referencia a su propia situación. Y estaba en lo cierto.
Jean Ferrami es una joven decidida. En contra de los deseos de sus colegas científicos y del presidente de la Universidad Jones Falls de Baltimore (Maryland) insiste obstinadamente en seguir con su exploración de archivos médicos, en busca de gemelos.
«Tengo un contrato -afirma-. No pueden darme órdenes.» Y las dudas que surgen respecto a la ética de su trabajo no hacen flaquear su determinación.
Una sensación de vértigo se aposentó de pronto en la boca del estómago de Jeannie.
– ¡Dios mío, esto es terrible! -exclamó.
El reportaje pasaba luego a otro tema, la investigación sobre embriones humanos y Jeannie tuvo que llegar a la página diecinueve para encontrar otra referencia a su persona.
El caso de la doctora Jean Ferrami, del departamento de Psicología de la Jones Falls ha creado un nuevo quebradero de cabeza a las autoridades académicas. Pese a que el presidente de la universidad, el doctor Maurice Obell, y el eminente psicólogo profesor Berrington Jones coinciden en opinar que la labor de la doctora Jean Ferrami es inmoral, ella se niega a suspenderla… y cabe la posibilidad de que no puedan hacer nada para obligarla a ello.
Jeannie leyó hasta el final, pero el periódico no informaba de la insistencia de la doctora en que su trabajo era éticamente irreprochable. El enfoque se proyectaba exclusivamente sobre el sensacionalismo dramático de su desafío.
Era horrible y penoso que la atacasen de aquella manera. Se sentía dolida y ultrajada al mismo tiempo, como aquella vez, años atrás, en que un ladrón la derribó con un golpe y le arrebató el billetero en un supermercado de Minneapolis. Aunque sabía que la periodista era malévola y carecía de escrúpulos, Jeannie se sentía avergonzada, como si verdaderamente hubiese hecho algo malo. Y también se sentía expuesta a las burlas de todo el país.
– A partir de ahora me va a resultar dificilísimo encontrar a alguien dispuesto a dejarme explorar una base de datos -se lamentó, descorazonada-. ¿Quieres café? Necesito algo que me anime. No empiezo muchos días tan mal como hoy.
– Lo siento, Jeannie, pero yo también estoy en aprietos, por haber complicado a la Oficina en esto.
Cuando encendía la cafetera, una idea asaltó a Jeannie.
– Este artículo es inocuo, pero si tu jefe habló contigo anoche, no es posible que el periódico le sugiriese hacerte esa llamada.
– Tal vez supiera anticipadamente que se iba a publicar este artículo.
– Me pregunto quién pudo informarle.
– No lo dijo así exactamente, pero si me aclaró que había recibido un telefonazo del Capitolio.
Jeannie frunció el entrecejo.
– Parece como si esto fuese algo político. ¿Por qué iba a interesarse tanto un congresista o senador en lo que estoy haciendo, hasta el punto de pedir al FBI que no colabore conmigo?
– Quizá se trataba sólo de una advertencia amistosa hecha por alguien que estaba enterado del artículo.
Jeannie negó con la cabeza.
– El artículo no menciona al Buró para nada. Nadie más sabe que estoy trabajando con los archivos del FBI. Ni siquiera se lo dije Berrington.
– Trataré de averiguar la identidad del que hizo la llamada.
Jeannie miró el interior del frigorífico.
– ¿Desayunaste ya? Hay bollos de canela.
– No, gracias.
– Me parece que yo tampoco tengo apetito. -Cerró la puerta del frigorífico. Estaba al borde de la desesperación. ¿Es que no podía hacer nada?-. Ghita, supongo que no podrás llevar a cabo mi exploración sin que lo sepa tu jefe, ¿verdad?
No albergaba muchas esperanzas de que Ghita accediese a ello pero la respuesta de su amiga le sorprendió.
Enarcadas las cejas, Ghita dijo:
– ¿No has visto el comunicado que te envié ayer por correo electrónico?
– Me fui temprano. ¿Qué decía?
– Que iba a efectuar esa exploración tuya anoche.
– ¿Y la hiciste?
– Sí. Por eso he venido a verte. La hice anoche, antes de que llamara mi jefe.
De pronto, Jeannie recobró la esperanza.
– ¿Qué? ¿Y tienes los resultados?
– Te los envié por correo electrónico.
Jeannie estaba electrizada.
– ¡Pero eso es fantástico! ¿Les echaste un vistazo? ¿Había muchos gemelos?
– Cantidad, veinte o treinta pares.
– ¡Formidable! ¡Eso significa que mi sistema resulta!
– Pero le dije a mi jefe que no había ejecutado la exploración. Estaba asustada y mentí.
Jeannie frunció el ceño.
– Mal asunto. Quiero decir, ¿qué ocurrirá si lo descubre en algún momento, más adelante?
– Ahí voy yo. Tienes que destruir esa lista, Jeannie.
– ¿Cómo?
– Si mi jefe se entera, estoy acabada.
– ¡Pero no puedo destruirla! ¡No puedo hacerlo si demuestra que tengo razón!
El semblante de Ghita adoptó una expresión firme y determinada.
– Tienes que hacerlo.
– Eso es espantoso -gimió Jeannie, con aire desdichado-. ¿Cómo voy a eliminar algo que puede ser mi salvación?
– Me metí en esto para hacerte un favor -dijo Ghita, a la vez que agitaba el dedo índice-. ¡Ahora tienes que librarme del embrollo!
Jeannie no acababa de comprender que todo fuese culpa exclusivamente suya. Con un deje de acritud en el tono, replicó:
– No te dije que mintieras a tu jefe.
Eso enfureció a Ghita:
– ¡Estaba asustada!
– ¡Aguarda un momento! -pidió Jeannie-. Vamos a tranquilizarnos. -Sirvió café en dos tazas y dio una a Ghita-. Supongamos que vas a trabajar esta mañana y le dices a tu jefe que hubo un malentendido. Que diste instrucciones indicando que se cancelara el rastreo, pero que posteriormente descubriste que ya lo habían efectuado y que de él resultó el correo electrónico.
Ghita cogió la taza de café, pero no lo bebió. Parecía al borde de las lágrimas.
– No puedes hacerte idea de lo que es trabajar para el FBI. Me encuentro frente a los hombres más machistas de la Norteamérica media. Siempre están buscando una excusa u otra para afirmar que las mujeres somos unas negadas, unas incapaces que no valemos para la profesión.
– Pero no te pueden despedir.
– Me has metido en un callejón sin salida.
Era verdad, Ghita no tenía ningún argumento para obligar a Jeannie a hacer lo que le pedía. Pero Jeannie trató de poner vaselina.
– Vamos, ese no es el camino.
Ghita no se suavizó.
– Sí, ese es el camino. Te estoy pidiendo que destruyas esa lista.
– No puedo.
– Entonces no hay más que hablar.
Ghita se dirigió a la puerta.
– No te vayas así -rogó Jeannie-. Somos amigas desde hace demasiado tiempo.
Ghita se marchó.
– ¡Mierda!-exclamó Jeannie-. ¡Mierda!
La puerta de la calle se cerró de un portazo.
¿He perdido una de mis más viejas amigas?, se preguntó Jeannie.
Ghita la había abandonado. Jeannie comprendía sus motivos: se estaba ejerciendo una intensa presión sobre una joven que trataba de hacer carrera. Con todo, a quien se atacaba en realidad era a Jeannie, no a Ghita. La amistad de Ghita no había sobrevivido a la prueba de una crisis.