Fuera de un evidente destino
- Автор: Фалетти Джорджо
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Fuera de un evidente destino». Краткое содержание книги:
– ¿El perro? ¿Qué tiene que ver el perro?
Jim interpretó como un mérito personal el alivio reflejado en el semblante de Robert Beaudysin y continuó el relato en su lugar.
– Cuando llegué a casa de Caleb y descubrí el cuerpo, Silent Joe estaba aterrorizado. No asustado ni atemorizado. Era presa del más puro y auténtico terror. En el momento en que asesinaron a Jed Cross, yo me encontraba en el aparcamiento que hay frente a la central de policía. El perro empezó a aullar y después salió corriendo para subir a la camioneta. De nuevo actuaba con el mismo terror, y desde que se refugió allí no quiso volver a bajar al suelo. Lo mismo ocurrió cuando acompañé a Charyl Stewart en su desafortunado peregrinaje a The Oak.
Miró a April a los ojos, tratando de no ir más allá ni con la mirada ni con el pensamiento.
– Esa pobre chica quería ver el lugar donde vivía Caleb. Se alejó sola y mientras estaba en el terreno de atrás el perro se puso a aullar. Casi en el mismo instante ella empezó a gritar. Y puedo asegurarte que eran gritos que no querría volver a oír. Ni siquiera tuve tiempo de entender qué había pasado. Treinta segundos después había muerto.
April se levantó de la silla como impulsada por un resorte.
– Esperad un momento. ¿De verdad creéis que voy a tragarme este cuento? No sé qué habéis tomado, pero os aconsejo que reduzcáis la dosis. ¿Estáis diciéndome que anda suelto por allí un asesino que llega, destroza a sus víctimas y desaparece en la nada? ¿Y que, como si no bastara con eso, se hace anunciar con los aullidos de un perro?
– Sí.
Con perfecta sincronía, los tres se volvieron hacia Charlie. El monosílabo pronunciado por el viejo en el calor de la conversación hizo que el tiempo se detuviera. Había permanecido en silencio durante toda aquella vacilante exposición de los hechos. Charles Owl Begay era alguien sobre quien los ojos resbalaban para pasar a otras cosas, no porque fuera un sujeto insignificante, sino porque nunca hacía nada para atraer las miradas. Ahora era el centro de esa clase de atención que suele dirigirse a los oráculos.
El viejo murmuró algo en la lengua de los diné. Jim no logró entenderlo bien. Como ya antes en el subsuelo de la casa de Caleb, comprendió apenas un par de palabras.
La primera era nahasdzáán, que en la lengua navajo significa «la tierra»; la segunda, biyáázh, el término que designa al hijo cuando le habla la madre.
– ¿Qué significa, bidà’í?.
Charlie señaló con una mano el cuenco que descansaba sobre la mesa.
– La Vasija de la Tierra. No creía que existiera realmente.
Se quedó un instante reflexionando, como si le costara dar crédito a sus propios pensamientos. Después se decidió y los transformó en palabras, por muy extrañas que resultaran.
– La he oído mencionar alguna vez. Era una leyenda que los chamanes transmitían a media voz entre ellos, un recuerdo tan vago que no valía la pena tenerlo en cuenta. Y ahora me lo encuentro frente a mí. Se dice que es un objeto precioso no solo por el oro del que está hecho, sino por lo que representa. Es un augurio de muerte.
Jim comprendió de repente el modo de ser de Charlie, la razón de sus frecuentes períodos de soledad en el desierto, su reserva, sus estados de ánimo, sus palabras. La sensación de espacio que inspiraba su presencia aun en los recintos más estrechos y los lugares más limitados.
Y se sintió estúpido por no haberlo comprendido antes.
– Tú eres un chamán.
El viejo esbozó una sonrisa tenue entre desilusiones y arrugas.
– Es un poder de otros tiempos, Tres Hombres. Y desgastado por el pésimo uso que se le ha dado. Ya nadie cree en esas tonterías. No es con un puñado de arena coloreada y agitando algún amuleto como se vencen los demonios de los hombres de ahora…
La ansiedad de Robert interrumpió la confesión tardía entre Jim y Charlie. En su calidad de policía, se veía obligado a ser práctico.
– Disculpa, Charlie, pero acabas de decir que esta vasija es un augurio de muerte. Sin embargo, un augurio es por naturaleza una hipótesis, y tres personas muertas son una realidad. ¿Qué es esta cosa, en definitiva? ¿Y qué tiene que ver con los tres homicidios?
– La vasija es un objeto sagrado. Y maligno.
El policía cedió ante la evidente reticencia del viejo. Por el momento prefirió dejar esa cuestión de lado y dedicar su atención a un aspecto de los hechos igualmente significativo.
– En tu opinión, ¿cómo fue a parar a las manos de Caleb?
Charlie apenas meneó la cabeza.
– No tengo la menor idea.
Robert se impuso la tarea de resumir los hechos para todos los presentes. Se levantó de la silla y se apoyó en un mueble dispuesto al lado de la mesa. Empezó a enumerar con los dedos. Jim entendió que se trataba de un pequeño ritual para favorecer la concentración.
Un dedo…
– Bill Freihart vio a Caleb la mañana anterior a su muerte. Por lo que contó, estaba bastante deprimido. Subrayo este detalle no al azar, sino por un motivo preciso. Subió al Ranch con la camioneta y siguió a pie hacia los Peaks. Llevaba consigo al perro, un arco y flechas para cazar. Sin muchas expectativas, según expresó. No regresó a buscar la camioneta. Bill no se inquietó, porque Caleb ya lo había hecho otras veces.
Ahora Robert hablaba para sí mismo.
Dos dedos…
– Por la tarde llamó por teléfono a su amante, eufórico. Le dijo que sus preocupaciones económicas habían terminado. A continuación la invitó a pasar un fin de semana en Las Vegas. Le habló de una gran suma de dinero que iba a cobrar. Poco después fue asesinado.
Tres dedos…
– Esto significa que ese pobre tipo encontró esta vasija en un lugar no identificado de la montaña, el mismo día de su muerte. Y que con toda probabilidad estaba más cerca de su casa que del Ranch, ya que decidió regresar a pie en lugar de ir a buscar la camioneta.
April le ahorró la molestia de comprobar la inutilidad de levantar el cuarto dedo.
– Sí, pero ¿qué conexión hay entre la vasija y la muerte de Caleb y esas otras personas, si es que hay alguna? ¿Charlie?
Jim conocía bien al viejo y sabía que por naturaleza se inclinaba más hacia el diálogo de miradas que al de las palabras. Sin embargo, en ese momento sus ojos se mostraban esquivos, como si se arrepintiera de haber hablado por impulso y hubiera dicho demasiado.
– Los únicos elementos de que dispongo se basan en una leyenda de quinientos años de antigüedad.
Apoyó sobre la manta gastada una mano que parecía tener la misma edad.
– Esta manta pertenecía a un jefe. Por los dibujos, diría que se trataba de un hombre muy importante, poderoso. Un hombre con poder político pero al que su gente tenía en gran estima por diversos motivos. Antes de poder decir más, necesito ver el lugar donde Caleb encontró la vasija.
Robert dejó escapar un gesto que pretendía ser sarcástico pero solo consiguió ser una declaración de impotencia.
– Sí, claro. Si dispusiéramos de mil hombres, en un par de semanas podríamos registrar los Peaks centímetro a centímetro. Siempre que el jefe de policía crea en esta historia y no nos haga internar a todos en un manicomio. Y que las carcajadas de todos los medios del Estado no hagan perder la concentración a los agentes.
Charlie continuaba alisando con la mano la manta que cubría la mesa. Al igual que antes, sus palabras produjeron de nuevo un silencio.
– Hay una manera de descubrir el lugar donde Caleb encontró la vasija.
Alzó la cabeza y los miró. Era la primera vez que Jim lo veía someterse al juicio de los ojos.
– Caleb no estaba solo en ese momento.
Jim comenzaba a comprender lo que iba a decir el viejo, y sobre todo lo que se proponía hacer.