Fuera de un evidente destino
- Автор: Фалетти Джорджо
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Fuera de un evidente destino». Краткое содержание книги:
Robert y April iban cada uno en su propio coche, tras el vehículo de Jim.
Cuando entraron, Silent Joe se asomó un instante por la puerta de la cocina. Los miró hasta que entendió que la promesa o la amenaza de un paseo a pie hasta el Colorado no se cumpliría por el momento. Jim le dio comida y agua fresca y abrió la puerta contigua al fregadero para permitirle libre acceso al patio posterior.
Robert se volvió hacia April. Él representaba a la autoridad, por lo cual a todos les pareció normal que fuera él quien dirigiera la reunión.
– Ahora que estamos tranquilos, ¿puedo saber qué has ido a hacer a The Oak?
– ¿Y vosotros?
April no se dejaba intimidar. También ella había aprendido hacía tiempo la lección de la defensa y el ataque.
– ¿Debo recordarte que soy policía?
La joven respondió como si el desafío fuera lo más obvio del mundo.
– Y yo soy periodista. Estaba trabajando en mi investigación sobre la muerte de dos personas.
– Podría acusarte de…
Jim se dio cuenta de que las cosas adquirían mal cariz, de modo que decidió intervenir.
– Robert, estamos todos en el mismo barco. No es un caso como otros. Las reglas habituales no valen.
El detective se quedó perplejo un instante, pero pronto comprendió que las palabras de Jim contenían gran parte de razón.
Cuando volvió a dirigirse a April, su tono era diferente.
– De acuerdo. Habla tú, entonces.
April, más relajada, se apoyó en el respaldo de la silla.
– Me di cuenta de que Jim sabía mucho más de lo que decía. Y también sabía que sería imposible hacerlo hablar. Así que lo seguí para ver si surgía algo. Cuando vi que salía de la ciudad y se detenía en el aparcamiento de The Oak, deduje que allí había algo. Esperé a que os alejarais y fui hasta la casa. Allí os sorprendí. Eso es todo.
Jim observó que April no lo había mirado a la cara mientras hablaba. Tal vez se sentía culpable por haberlo seguido. Pero lo había dejado a salvo de toda sospecha de filtración de información y no había mencionado el encuentro de ambos por la tarde.
Él le reconoció y agradeció el gesto.
En cambio, las ansias periodísticas de April no estaban en absoluto satisfechas.
– Yo ya lo he dicho todo. Ahora os toca a vosotros.
Su actitud resuelta quedaba subrayada por los reflejos de sus ojos, semejantes a los del recipiente posado en medio de la mesa. Jim sintió que algo se movía en su interior, habría deseado coger su cara entre las manos y besarla. Pero no era el momento, y tal vez tampoco era él el hombre adecuado. Por su parte, Robert comprendió que no podría salir del paso con una historia cualquiera.
Resignado, se puso de pie.
– April, nos encontramos ante algo que difícilmente pueda explicarse de manera racional. Quiero tu promesa formal de que nada de lo que se diga en esta habitación se publicará.
April lo miró unos segundos en silencio. El detective la apremió.
– ¿Cuento con esa promesa, April?
– Sí, puedes contar con ella. Pero cuando llegue el momento quiero la primicia.
Esta vez fue Robert quien tuvo que sopesar las ventajas y desventajas, y soportar la presión de April. Con las mismas palabras, cargadas de un matiz de ironía ella insistió:
– ¿Cuento con tu promesa, Robert?
El policía cedió.
– De acuerdo, joder. Tendrás tu maldita primicia.
– Muy bien. Entonces contadme qué pasa.
Las miradas se concentraron en April. Nadie vio una pequeña sonrisa complacida que pasó como un relámpago por los labios de Charlie. La Mujer Cambiante había logrado una victoria.
Robert volvió a sentarse en la silla. Jim le cedió sin ningún pesar la palabra.
– Creo que te corresponde a ti, Bob.
El detective se permitió un instante de concentración antes de hablar. Resultaba difícil dar con palabras convincentes para los demás, cuando no conseguía encontrarlas ni siquiera para sí mismo.
Sin embargo, la esencia de lo sucedido, se mirara por donde se mirara, permanecía inalterada.
– Los hechos son los siguientes: han muerto tres personas, las tres del mismo modo. Caleb Kelso, una prostituta de Scottsdale que él frecuentaba, llamada Charyl Stewart, y Jed Cross, primo de Caleb…
April reaccionó enseguida.
– Me habían dicho que Jed murió durante un intento de fuga…
Robert se encogió de hombros, como para restarle importancia. La interrupción lo obligaba a considerar la palabra «touché».
– Nos pareció la mejor solución, antes que divulgar una verdad difícil de manejar. Si tienes una pizca de paciencia, comprenderás el motivo.
April volvió a quedarse en silencio y Robert se enfrentó solo a la aspereza de su relato.
– Salvo Stewart, que murió al aire libre, en el terreno posterior de The Oak, en los otros dos casos las cosas son un poco más complicadas.
– ¿Es decir…?
– Son dos casos de manual. Caleb murió en su laboratorio, cerrado por dentro, sin huellas de que se forzara la entrada. Jed Cross murió en el patio de la cárcel, durante el recreo al aire libre, mientras lo vigilaba un agente.
– ¿Y qué dice ese hombre?
El policía meneó la cabeza al tiempo que cerraba esa vía.
– Nada. Se cayó del muro y se rompió una pierna. Las últimas noticias que tengo no son muy alentadoras. Se quedó tan impresionado por lo que vio, que los médicos no están seguros de que pueda recobrarse del todo.
Jim sentía cómo aleteaba en el aire la sensación amenazadora de las cosas desconocidas. Esas que son tan difíciles de soportar cuando son pesadillas nocturnas pero que se transforman en monstruos feroces cuando siguen siendo realidad al sol de la mañana.
– ¿Cómo murieron?
Robert hizo una pausa, como si pese a todo le costara tomar conciencia de los hechos.
– Los tres cuerpos tenían los huesos del cuerpo y del cráneo completamente fracturados, como si hubieran sufrido una presión enorme… como una prensa, o no sé qué diablos. Y además está la cuestión de las huellas.
– ¿Qué huellas?
El detective eludió por el momento la pregunta y continuó:
– Por desgracia, cuando murió Stewart la tormenta borró cualquier rastro. Fui a The Oak para comprobar en el laboratorio un detalle que por su peculiaridad tal vez podía habernos pasado por alto cuando se efectuaron los reconocimientos relativos al homicidio de Caleb.
– ¿Qué detalle?
Aunque había decidido ponerlo todo sobre la mesa, Robert aún parecía reacio a hablar. Como si, a pesar de lo absurdo de la situación, algo de lo que dijera pudiera hacerles creer que estaba loco.
Habló con el enfado de la desesperación.
– Oh, está bien, por todos los santos. Después de todo, no lo he visto yo solo.
Se apoyó en el respaldo de la silla, y fijó la mirada en el recipiente como si fuera capaz de descifrar los signos grabados en el borde.
– En el patio de la prisión había huellas de pies descalzos en la tierra. Pero no eran huellas normales. Quiero decir que no estaban impresas en el terreno, como es costumbre…
Se ayudó con gestos de las manos, para hacer comprender mejor el concepto.
– Estaban en relieve hacia arriba. Como si alguien se hubiera acercado caminando al revés. Es decir, apoyando los pies en la parte inferior del suelo.
Intervino Jim, para lanzar un cable al amigo y sacarlo de las arenas movedizas en las que se había metido él solo.
– Creo que también hay que tener en cuenta el comportamiento del perro.
April mostró de pronto una expresión desconfiada. Le daban demasiados datos, y todos al mismo tiempo. Jim pensó que cualquier persona, en una situación semejante, habría reaccionado de la misma manera.