Fuera de un evidente destino
- Автор: Фалетти Джорджо
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Fuera de un evidente destino». Краткое содержание книги:
Jim agradeció al cielo que fuera él.
– Hola, Bob. Apaga esa luz y baja. En cuanto me recupere del infarto te lo explicaré todo.
La luz se apagó y la linterna que Jim sostenía en la mano pasó a ser la única fuente de iluminación. Las piernas del detective fueron apareciendo a medida que bajaba los escalones de madera hasta que bajo el reflejo surgió su rostro.
Su expresión no era muy amable, pero Jim no tuvo más remedio que admitir que no había muchos motivos para esperar una actitud amistosa.
Robert miró a su alrededor y tendió una mano hacia el interruptor.
– A estas alturas me parece absurdo no utilizar una luz de verdad.
Una lamparilla desnuda que colgaba del techo esparció una claridad cruda. El recinto se reveló como lo que era, un cuartucho con utensilios y equipos dispuestos en ordenadas estanterías.
– Espero que ahora me expliques qué haces aquí.
– Mi abuelo le dio unas cosas en custodia a Caleb. Esta casa, con todo lo que contiene, es propiedad del banco de Cohen Wells. No tengo ningún modo de demostrar que esos objetos me pertenecen. Pero eran de mi abuelo y deseo tenerlos, más allá de su valor. No estoy aquí por codicia, sino por respeto.
Jim señaló con la cabeza los estantes que había frente a él.
– Si mal no recuerdo, aquí detrás hay un compartimiento escondido que Caleb llamaba «la caja fuerte de la familia». Dentro encontrarás una cantidad de muñecas kachina bastante antiguas y otras cosas de las que no estoy al corriente pero que Charlie reconocerá.
Hizo un gesto con la mano para disipar la expresión todavía dudosa de su amigo.
– Sólo hay que descubrir cómo se abre.
Los tres se pusieron a trabajar. Los intentos de desvelar el mecanismo se prolongaron cerca de veinte minutos, hasta que Robert se cansó.
– Pero ¿estás seguro de que este compartimiento existe realmente?
Jim acababa de meter la mano bajo un estante y había empezado a recorrerlo con detenimiento. En cierto punto encontró una acanaladura que no debía estar allí.
– Tal vez lo he hallado.
Metió los dedos en la fisura y tiró hacia fuera.
Se oyó un chasquido seco, y el lado derecho del anaquel se apartó apenas de la pared. Jim se hizo a un lado para permitir que Robert fuera el primero en abrir. El estante se movió sin ningún ruido y reveló la abertura de un pequeño hueco situado detrás.
A la derecha, sobre el suelo, había unos objetos que se asemejaban a pequeñas estatuas. Aunque aquel escondite secreto parecía muy seco, estaban envueltas con plástico para embalajes, con el fin de preservarlas de la humedad y el polvo. Los colores que se adivinaban atenuados por la precaria transparencia del envoltorio indicaban sin duda que se trataba de obras de arte kachina. Junto a ellas había un gran sobre de tela impermeable marrón sobre el cual había escrito un nombre, con letra angulosa y rotulador negro:
«Jim Mackenzie.»
– Parece que has dicho la verdad.
Las palabras de Robert llegaron a los oídos de Jim como una absolución. Agradeció al sabio Richard Tenachee, que había tenido la sagacidad de testimoniar de ese modo a quién pertenecían esos objetos.
Sobre el lado opuesto había apoyado en el suelo de madera un objeto envuelto en una raída manta indígena. Parecía muy vieja, pero entre los desgarros y las manchas destacaban los colores originales: rojo, azul, índigo, negro y blanco.
Robert la señaló y se dirigió a Jim.
– ¿También eso es tuyo?
– No lo he visto nunca. No creo que fuera de mi abuelo.
– Es la manta de un jefe. Muy vieja.
Desde que los había sorprendido Robert, era la primera vez que Charlie hacía oír su voz. Pasó junto a ellos y se acuclilló ante el objeto que descansaba en el suelo. Apoyó con delicadeza la mano en la tela que lo envolvía.
Confirmó la opinión expresada poco antes.
– Muy vieja. Y perteneció a un jefe muy poderoso. No era de Richard.
El viejo comenzó a desenvolver con cuidado la delicada envoltura, para sacar a la luz lo que contenía. Cuando retiró hasta el último trozo, la atención de Jim y Robert estaba tan fija en lo que surgía ante sus ojos que no repararon en la expresión de Charlie.
Ninguno de los dos lo vio palidecer. Ninguno de los dos vio la reacción que lo impulsó por instinto a alejarse de aquella cosa centelleante.
La voz del detective salió de su boca embargada de estupor.
– Por todos los santos. ¿Qué es este objeto?
Ante ellos había aparecido un gran recipiente de metal. Su color y su consistencia permitían suponer que se trataba de un objeto precioso. La luz de la lamparilla arrancaba de su superficie reflejos que solo la magia del oro podía generar. Alrededor del borde había unos signos grabados, una suerte de escritura en una lengua que de momento ninguno supo distinguir.
Resultaba claro, incluso en una valoración apresurada e inexperta, que el valor intrínseco debía de ser muy elevado. Un eventual valor arqueológico lo aumentaría hasta la desmesura.
Charlie murmuró algo en lengua navajo. A Jim le pareció entender dos palabras: ásaa' y nahasdzáán.
Ásaa'. Vasija.
Nahasdzáán. Tierra.
Pero a Robert lo confundió su entusiasmo de investigador, y pensó que había oído mal.
– Esto es lo que provocó la felicidad de Caleb. Debe de valer una fortuna. ¿De dónde habrá salido?
Charlie se levantó y se alejó del recipiente. Se apoyó en el anaquel de enfrente. Jim lo miró y, por primera vez desde que lo conocía, lo vio trastornado.
– Charlie, ¿te encuentras bien?
El viejo hizo un breve gesto afirmativo con la cabeza. Luego se quitó el sombrero como si este le oprimiera la cabeza insoportablemente. Jim vio sus ojos, escondidos bajo las arrugas, recorridos por un temor que venía de muy lejos.
Señaló el recipiente que sobre el suelo reflejaba indiferente la luz.
– La Vasija de la Tierra.
– ¿La Vasija de la Tierra? ¿Qué significa?
Charlie no pudo responder. De alguna parte del exterior del laboratorio llegó con claridad un ruido metálico. Robert y Jim se quedaron perplejos.
Robert escuchó un instante. Luego, con un solo movimiento, empuñó su linterna y sacó la pistola.
– Hay alguien. No os mováis de aquí.
Jim y Charlie se quedaron solos a la luz implacable de esa lamparilla desnuda, en silencio, frente al centelleo del oro, sin conseguir mirarse a los ojos.
Desde el subterráneo oyeron voces, pero no pudieron reconocerlas. Poco después llegó a sus oídos un ruido de pasos. Por fin, Robert Beaudysin se asomó por el hueco de la trampilla. Al reflejo de la luz de abajo, Jim reconoció el movimiento del pelo color caoba de April Thompson.
24
Ahora se hallaban los cuatro sentados alrededor de la mesa en el comedor de la casa de Jim.
En el centro de la superficie de madera descansaba el gran recipiente dorado, sobre la vieja manta indígena a modo de mantel. La luz de la araña paseaba sus reflejos dorados por la superficie gastada por el tiempo. Después de que Robert sorprendiera a April fuera del laboratorio de Caleb, hubo un momento de justificado embarazo general. Todos se miraban como si no consiguieran explicarse la presencia de cada uno de ellos en aquel lugar y a aquella hora. Evidentemente, todos, por una u otra razón, tenían derecho a una explicación. Y también debían dar la suya. Decidieron marcharse de allí y hablar con calma en un lugar menos expuesto a la rareza de los hechos. La cabaña de Jim, en Beal Road, les pareció el mejor sitio.
Jim fue autorizado por Robert, de manera informal, a coger el sobre y las kachinas que le pertenecían. Cargó las estatuillas en la camioneta y guardó en el bolsillo interior del abrigo el paquete envuelto en tela impermeable. Charlie hizo todo el viaje de regreso sentado en el asiento del acompañante, en silencio. Todavía se lo veía turbado, y Jim no quiso preguntarle nada.