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Fuera de un evidente destino

Электронная книга - «Fuera de un evidente destino». Краткое содержание книги:

Cuando el mestizo Jim Mackenzie regresa a su pueblo natal, en Arizona, para asistir al funeral de su abuelo, jefe de los indios Navajos, todos sus recuerdos de infancia se ven sacudidos por una escalofriante realidad: una oleada de atroces asesinatos rituales asola la comunidad. Su llegada parece haber despertado misterios hasta el momento ocultos en la sombra; misterios relacionados con la tierra, las raíces y la tradición chamánica que Mackencie tiene que desvelar si quiere poner fin a la mortífera cadena.
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– ¿Estás bien, Charlie?

El viejo respondió con un gesto afirmativo casi imperceptible.

Luego avanzó. Mientras se les adelantaba hacia la abertura de la gruta, dijo unas palabras con voz neutra.

– Primero entraré yo. Vosotros esperad aquí.

Ninguno de ellos puso objeciones. El tono y la expresión de Charlie no las admitían. Sin un motivo preciso, todos comprendieron que solo podía ser así.

Charlie pasó delante del perro y le hizo una caricia rápida en la cabeza. Unos pocos pasos más y desapareció en la oscuridad de la gruta.

Los demás permanecieron fuera, en pesada y silenciosa espera.

Al cabo de unos minutos que les parecieron años, Charlie reapareció en la entrada.

– Venid.

Se acercaron y lo siguieron hacia el interior. Silent Joe los miró pasar uno por uno y se quedó sentado donde estaba, sin ningún deseo de acompañarlos.

Se encontraron en una suerte de corredor que hacía las veces de antesala de una cueva no demasiado grande pero que mostraba señales de presencia humana. En las paredes había unas figuras dibujadas, que indudablemente formaban parte de la simbología y la mitología de los nativos. A la derecha se veía una especie de camastro de pieles consumidas por el tiempo, y al lado, en el suelo, yacían los restos de un arco y una aljaba con flechas.

Charlie les pidió que se detuvieran, al tiempo que tapaba con su cuerpo parte de la vista del lugar.

– Esta cueva es un lugar sagrado. Es donde un chamán venía a hacer sus meditaciones. Durante sus visiones hablaba con los espíritus. Sus señales se conservan en las paredes, y esto es lo que queda de sus objetos y su bolsa de medicinas.

Su rostro, en la penumbra, era una mancha oscura bajo el ala del sombrero. Sus palabras se dirigían a todos, pero en particular a Robert.

– Ven, hombre de la ley. Hoy es un buen día para ti. Al cabo de tantos años acabas de resolver un misterio.

Charlie se apartó y todos pudieron abarcar, con una mirada, toda la cueva.

Tendidos sobre el suelo había dos cadáveres descarnados por el tiempo y momificados por la humedad. Uno estaba apoyado sobre un costado, y el otro se hallaba tendido en el suelo un poco más adelante, sobre el vientre, con la cabeza vuelta hacia la parte opuesta de donde ellos se encontraban. Parecía que los años habían sido mucho más clementes con las ropas que con los cuerpos.

Charlie señaló con un gesto los restos más cercanos.

– Esto que veis es el cuerpo de un hombre que en un tiempo fue un gran jefe de la nación navajo. Cuando vivía se llamaba Eldero.

El estupor de todos se concentró en las palabras del detective, que fue el más rápido en expresarlo.

– ¿Te refieres a ese Eldero, el jefe de la aldea de Flat Fields?

Charlie lo confirmó con su silencio. Avanzó y se aproximó al segundo cuerpo. Introdujo un pie bajo el hombro derecho y de un empujón giró hacia arriba esos pobres despojos.

– Eldero no era solo un jefe. Era algo más. Mirad.

Al observar, todos vieron lo que el viejo quería mostrarles, y sintieron cómo el hielo y la oscuridad que salía de la tierra se apoderaban de aquel lugar.

En el suelo, ante ellos, envuelto en prendas polvorientas, yacía el cadáver de un hombre con los huesos del cráneo completamente facturados.

Los orígenes

***

26

Stacy Lovecraft abrió la puerta de madera, salió de la casa y admiró el sol que emergía de las sombras de los pinos del lado oriental de los Peaks. Desde el interior lo siguió un agradable aroma a huevos, cebollas cocidas, tocino y pan frito. Ese apetecible perfume se perdió en el aire fresco de la mañana y fue a excitar el olfato de algún animal que anduviera por aquellos parajes. Una vez más, bendijo la elección que lo había llevado a abandonar la ciudad para establecerse en aquel sitio encantado. A su alrededor reinaba una sensación de espacio, de inmensidad, de constante presencia de Dios. Y de la gran ansia de los seres humanos que se afanaban por dejar un rastro, aun minúsculo, dispuestos a todo con tal de poder decir en presencia de la azul maravilla del cielo: «Aquí estoy. Yo también existo».

Se volvió a contemplar el lugar donde vivían él y su familia.

Había construido su primera casa sobre la nueva propiedad apoyada contra el muro de roca, con paredes de arenisca y troncos de árboles cortados por la mitad y aislados con una capa de barro. El techo, fabricado de la misma manera, estaba impermeabilizado con paja, tablones y pez. Habían elegido levantarla allí porque, un poco más arriba, un desagüe natural la protegía durante la breve estación de lluvias, al desviar hacia otro lado el agua que caía por las laderas de la montaña. Y porque al frente se desplegaba el siempre diferente espectáculo del ocaso. Una morada bastante cómoda pero provisional. Había optado por esa solución por razones prácticas. Al tener que construir solo tres lados, la casa había quedado lista mucho más rápida y fácilmente. Sin embargo, la superficie habitable no alcanzaba en absoluto a satisfacer sus necesidades, sobre todo con la inminente llegada del niño. Por el momento vivían todos apiñados en las dos estancias de las que se componía la vivienda, pero en poco tiempo ya no les resultaría posible adaptarse a las nuevas exigencias.

Del otro lado de la explanada que se abría frente a la baja construcción, Thalena, su nuera, volvía por el sendero que subía del manantial, con un cubo lleno de agua en cada mano. Aun desde esa distancia se veía el reflejo de la primera luz incierta sobre su pelo negro y brillante de guapa mujer indígena. Caminaba sin aparente esfuerzo, pese al evidente bulto del vientre, señal inequívoca de una gravidez avanzada.

Kathe, su esposa, salió del recuadro oscuro de la puerta y se detuvo un instante en el umbral. Se acercó a su marido y miró también hacia la muchacha.

Stacy adivinó qué iba a decir.

– Thalena me preocupa. Tiene la cabeza más dura que un carnero. En su estado no debería cargar tanto peso.

Stacy sonrió y le rodeó los hombros con un brazo.

– Esa muchacha pertenece a un pueblo que tiene unas costumbres demasiado diferentes a las nuestras como para aceptar ciertos consejos de una madre de Pittsburgh. Son mujeres acostumbradas a trabajar hasta el último minuto y a parir y cortar el cordón umbilical con los dientes. Si la obligáramos a hacer otra cosa se sentiría humillada.

Mientras tanto la muchacha había llegado cerca de ellos, sumida en el cono de sombra que proyectaba la montaña. El reflejo de su pelo se apagó, pero continuaron encendidas las luces de sus ojos negros como el carbón.

– De acuerdo, pero yo estoy acostumbrada a echar una mano a las mujeres embarazadas.

– Thalena, ádaa áholyá.

Kathe Lovecraft, en el complicado lenguaje de los nativos, instó a la nuera a cuidarse más. Stacy había manifestado gran sorpresa primero, y gran admiración después, por la facilidad con la que su esposa había aprendido a hablar con cierta propiedad esa lengua tan difícil. El idioma indígena se basaba, además de en las consonantes y las vocales y su pronunciación, en las entonaciones. Un tono grave o agudo al pronunciar una palabra podía cambiar por completo su significado.

La muchacha decidió entregar al menos uno de los cubos a su bizháá' ád jílíní, la madre de su marido.

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