Fuera de un evidente destino
- Автор: Фалетти Джорджо
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Fuera de un evidente destino». Краткое содержание книги:
Jim sabía todo esto, pero aun así se sintió en el deber de advertirle que lo que estaban a punto de hacer podía acarrear consecuencias desagradables para ambos.
– Bidà'í, sé dónde están las esencias de mi abuelo. Vamos a buscarlas.
Charlie hizo una seña de asentimiento con la cabeza. El ala del sombrero le dibujó una sombra en la cara.
– Tal vez para obtenerlas debamos hacer algo que vaya contra las leyes.
Charlie conocía bien la historia del Pueblo. Sabía de reglas justas e injustas, de abusos y de promesas no cumplidas. De gente obligada a caminar y de gente obligada a permanecer inmóvil. Para él, ninguna ley que privara a un ser humano de las pocas cosas que valía la pena poseer podía ser una ley justa.
Señaló con la mano la calle que se abría ante ellos y dijo una sola palabra:
– Vamos.
Dejaron atrás las luces de la ciudad siguiendo el flujo del tráfico de la 89, bastante escaso a aquella hora. La gente estaba en su casa, y los conductores de camiones, en las cafeterías, ante cerveza fría, nachos y chile. Solo se veían algunas almas obstinadas en buscar la noche o apresuradas por huir de ella. Y almas condenadas que cortaban la respiración de los seres humanos y hacían aullar a los perros.
– Presta atención a tu sombra, Tres Hombres.
Charlie había roto el silencio de repente. Había hablado en voz tan baja que Jim no comprendió el sentido de lo dicho.
– ¿Qué quieres decir, bidà’i?
Charlie respondió sin dejar de mirar hacia delante, hacia la calle.
– Cada hombre tiene un hermano que es su copia exacta. Es mudo, ciego y sordo pero dice, ve y lo oye todo, lo mismo que él. Llega de día y desaparece por la noche, cuando la oscuridad vuelve a llevárselo bajo tierra, a su verdadera morada. Pero basta con encender un fuego y él está de nuevo allí, bailando a la luz de las llamas, dócil a las órdenes y sin posibilidad de rebelarse. Yace en la tierra porque se lo ordena la Luna, está de pie en una pared cuando el Sol se lo permite, está pegado a sus pies porque no puede marcharse. Nunca.
Volvió la cabeza y lo miró. Los ojos eran una mancha bajo la oscuridad del sombrero.
– Ese hombre es tu sombra. Está contigo desde que naciste. Cuando pierdas la vida, la perderá contigo, sin haberla vivido nunca.
Hizo una pausa y para perplejidad de Jim dijo aquello que precisamente estaba pensando.
– Trata de ser tú mismo y no tu sombra, o te marcharás sin saber qué es la vida.
Jim guardó silencio. Aquel era el discurso más largo que le había dirigido Charlie desde que lo conocía. Se preguntó de qué hablarían él y su abuelo cuando se hallaban solos, de cuántas cosas no contaminadas por máquinas y móviles y pantallas de ordenadores vivirían, de qué vuelos serían capaces de emprender sin necesidad de helicópteros, de qué riquezas sin necesidad de dinero poseerían.
Y cuánto dolor experimentarían por él. No por lo que les había hecho a ellos, sino por lo que se estaba haciendo a sí mismo.
No dijo nada porque no era capaz. Apartó una mano del volante y la apoyó en el brazo del viejo. Y supo sin una verdadera razón que había hecho lo apropiado.
Poco antes de la bifurcación que llevaba a casa de Caleb, Jim dobló a la izquierda y detuvo la camioneta en el desierto arcén.
Cogió de la guantera la linterna eléctrica y una palanca de la caja de herramientas del Ram, y luego bajaron. Avanzaron tras los árboles que bordeaban el camino. Existía la remota posibilidad de que la policía hubiera dejado en el lugar a algún agente, aunque Jim no lo consideraba probable. En The Oak se habían cometido dos crímenes, pero ya en ocasión del primero la zona y las construcciones se habían inspeccionado meticulosamente. Más aún cuando ocurrió el segundo. En aquel lugar no había nada que custodiar. Nada que justificara la presencia de centinelas.
No obstante, para mayor tranquilidad convenía asegurarse, antes de encontrarse desprevenidos ante una desagradable serie de problemas.
Poco después cortaron en diagonal hasta cruzarse con el camino de tierra que subía hacia la casa de Caleb. Los árboles todavía los protegían de la vista y no era posible distinguir si desde las ventanas se filtraba alguna luz o si había en los alrededores señales de alguna presencia. Siguieron el camino un trecho, todavía bajo la protección de los pinos. Había un atisbo de luna que esparcía una claridad que delataba sus pasos, pero que rescataba el recorrido de la oscuridad total.
Cuando pudieron divisarla, vieron que la casa se hallaba oscura. Jim sintió que se estremecía bajo el algodón de la chaqueta. Dos personas habían muerto en aquel lugar, asesinadas de una manera horripilante. Lo reconfortó la presencia de Charlie. De haber estado solo no habría tenido el coraje de volver allí.
Se aproximaron más y se detuvieron al amparo de un tronco. De la casa envuelta en aquella luminosidad de media luna no llegaba ninguna manifestación de presencia humana.
Atajaron camino por la parte más alejada del terreno, dejando la construcción principal a la izquierda, y subieron hacia el laboratorio. Caminaban prestando atención, tratando de no hacer crujir la grava bajo los pies. Llegaron a la hierba del sendero que conducía al edificio bajo que se elevaba un poco más arriba, y todo ruido de pasos cesó.
Cuando se encontraron frente a la puerta, Jim se vio obligado a encender un instante la linterna eléctrica. Él y Charlie la cubrieron con sus cuerpos, para que la claridad se filtrara lo menos posible. Bastaron unos segundos para ver que la puerta, después de que Jim la rompiera con la camioneta, había sido bastante bien reconstruida. La policía confiaba en los sellos y en el poder de disuasión de los delitos cometidos en aquel lugar para mantener a distancia a cualquiera. Los equipos de Caleb podían atraer a muchos, pero no eran transportables con un vehículo normal. Un movimiento de camiones, por poco voluminosos que fueran, no habría pasado inadvertido.
Jim localizó el punto de menor resistencia e introdujo allí la palanca. Se oyó un golpe seco y un ruido que en el silencio pareció el estrépito de un disparo. Luego se abrió una grieta suficiente para dejar pasar el cuerpo de un hombre.
Esquivando las cintas amarillas puestas por la policía para marcar la escena del crimen, entraron en el laboratorio. Allí Jim tuvo que encender de nuevo la linterna, para poder orientarse. Lo hizo protegiéndola con la mano, para reducir el haz de luz. En la penumbra, las maquinarias y los alternadores que Caleb había instalado en ese lugar parecían amenazadores y poco reales al mismo tiempo, como los aparatos del laboratorio de un científico creador de monstruos de las películas de Ed Wood. La puerta trampa estaba en el sitio exacto donde la recordaba, sobre el lado izquierdo con respecto a la entrada.
Se acercaron a la trampilla de madera y Charlie lo ayudó a levantarla. Jim apuntó con la linterna y vieron los escalones que bajaban hacia el cuarto subterráneo lleno de anaqueles. Jim hizo una seña a Charlie para que bajara, y le iluminó el camino. Luego descendió él también y se detuvo frente a los estantes de la izquierda.
Los examinó unos instantes a la luz de la linterna y…
– Salgan de ahí con las manos sobre la cabeza y sin hacer movimientos bruscos. Un solo movimiento y los dejo secos a los dos.
La voz emergió imperiosa de un rayo de luz fortísimo, deslumbrador. Jim alzó instintivamente una mano para protegerse los ojos. Un segundo después la luz bajó.
– Santo cielo, Jim. ¿Qué coño haces aquí?
Al reflejo de una linterna muy potente apuntada hacia el suelo, Jim reconoció la voz del detective Robert Beaudysin. Y vio con alivio que bajaba el cañón de la pistola que les apuntaba.