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Por siempre jamás [Gone for Good-es]

Электронная книга - «Por siempre jamás [Gone for Good-es]». Краткое содержание книги:

Will Klein tiene su héroe: su hermano mayor Ken. Una noche de calor agobiante aparece en el sótano de la casa de los Klein una joven, antiguo amor de Will, asesinada y violada.
El principal sospechoso es Ken.
Ante la abrumadora evidencia en contra suya, Ken desaparece.
Una década después de la desaparición, Will se ve mezclado en un inquietante misterio. Está convencido de que Ken está tratando de ponerse en contacto con él y de la existencia de un terrible secreto por el que alguien está decidido a matar porque no se desvele.
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Temblaba literalmente de rabia.

– ¿Y que a nuestra familia la parta un rayo?

– No me venga con ésas.

– ¿Sabe lo que nos ha hecho pasar?

– ¿Sabe qué le digo, Will? Me importa un bledo. ¿Tanto han sufrido? Mire a mi hermana a los ojos. Mire a sus hijos.

– Eso no justifica…

– No me diga lo que está bien y lo que está mal -dijo dando un palmetazo en la mesa-. Mi hermana fue una víctima inocente.

– Igual que mi madre.

– ¡No! -exclamó golpeando otra vez la mesa, ahora con el puño, y apuntándome con el dedo-. Hay una gran diferencia entre ellas; que quede claro. Vic era policía y lo asesinaron. No tuvo elección. No pudo hacer nada por evitar el sufrimiento de los suyos. Su hermano optó por huir. Fue decisión suya. Si con ello causó sufrimiento a su familia, reprócheselo a él.

– Fue usted quien lo obligó a huir -repliqué-. Lo perseguían para matarlo y usted lo agravó haciéndole creer que iban a detenerlo por homicidio. No le quedó otro remedio; usted lo empujó a la clandestinidad.

– Fue él quien lo eligió.

– Usted quería ayudar a su familia y para ello ha sacrificado a la mía.

Pistillo volvió a dar un puñetazo que hizo estrellarse el vaso en el suelo, salpicándome de té. Se levantó y me miró de arriba abajo.

– No se le ocurra comparar lo que sufrió su familia con lo que sufrió mi hermana. No se le ocurra.

Lo miré cara a cara. Era inútil discutir con él y no sabía si realmente decía la verdad o tergiversaba los hechos a su manera. En cualquier caso, quería saber más. No convenía llevarle la contraria. La historia no se había acabado y quedaban muchos interrogantes pendientes.

Se abrió la puerta y Claudia Fisher asomó la cabeza para ver qué había sido el estrépito. Pistillo alzó una mano para darle a entender que no sucedía nada y volvió a sentarse. Ella, tras una pausa, se retiró.

Pistillo tenía aún la respiración alterada.

– ¿Qué sucedió después? -pregunté.

– ¿No se lo imagina? -respondió alzando la vista.

– No.

– En realidad fue una casualidad. Uno de nuestros agentes fue de vacaciones a Estocolmo. Pura casualidad.

– ¿De qué está hablando?

– Nuestro agente vio un día a su hermano por la calle -dijo Pistillo.

– Un momento -repliqué estupefacto-. ¿Eso cuándo fue?

Pistillo reflexionó un instante.

– Hace cuatro meses.

– ¿Y Ken se escapó? -pregunté sin salir de mi asombro.

– Ni hablar. El agente no quiso arriesgarse y lo detuvo allí mismo.

Pistillo juntó las manos y se inclinó hacia mí.

– Lo cogimos -dijo casi en un susurro-. Cogimos a su hermano y lo trajimos aquí.

45

Philip McGuane sirvió el coñac.

Habían retirado el cadáver del joven abogado Cromwell, pero Joshua Ford aún estaba tirado en el suelo como un guiñapo, vivo y consciente, pero inmóvil.

McGuane tendió una copa al Espectro y se sentaron los dos. McGuane dio un buen trago mientras El Espectro sonriente calentó la copa entre sus manos.

– ¿Qué? -preguntó McGuane.

– Es un buen coñac.

– Sí.

El Espectro miró el licor.

– Estaba recordando cuando íbamos al bosque detrás de Riker Hill a beber la cerveza más barata que lográbamos encontrar. ¿Te acuerdas, Philip?

– Schlitz y Old Milwaukee -dijo McGuane.

– Eso es.

– Ken tenía un amigo en aquella tienda. Cuando le despachaba nunca le pedía el carnet.

– Buenos tiempos -añadió El Espectro.

– Éstos son mejores -dijo McGuane alzando su copa.

– ¿Tú crees? -preguntó El Espectro dando un sorbo y tragándolo con los ojos cerrados-. ¿Sabes eso que dicen de que toda elección que haces divide el mundo en dos universos distintos?

– Lo sé.

– Muchas veces me pregunto si hay otros mundos en que nos transformamos o si, por el contrario, estamos irremediablemente destinados a vivir en éste.

– No me estarás tomando el pelo, John, ¿verdad?

– Ni mucho menos -respondió El Espectro-. Es que hay momentos de franqueza en que no puedo por menos de preguntarme si tenía que ser así.

– A ti te gusta hacer daño, John.

– Es cierto.

– Siempre has disfrutado con ello.

El Espectro reflexionó un instante.

– No, no siempre. Aunque, por supuesto, la clave reside en el porqué.

– ¿El porqué de que te guste hacer daño a la gente?

– No sólo hacerles daño. Me gusta que sufran cuando los mato. Elegí la estrangulación porque es una muerte horrorosa. No hay una bala rápida. Ni una puñalada mortal. Los estrangulados mueren lentamente hasta dar la última bocanada angustiosa por falta de oxígeno. Es un proceso que se sigue de cerca, mirando cómo se debaten por la falta de aire.

– Caramba, caramba, John -dijo McGuane dejando la copa-. Tu conversación en las fiestas debe de ser de lo más divertido.

– Ya lo creo, Philip -replicó sonriente El Espectro, antes de volver a ponerse serio-. Pero ¿por qué me da eso placer? ¿Qué sucede conmigo, con mi criterio moral, para que sea cuando le corte la respiración a la gente cuando me sienta más vivo?

– No irás a echarle la culpa a tu padre, ¿verdad, John?

– No, eso sería muy fácil -respondió El Espectro dejando la copa y mirando a McGuane-. ¿Tú me habrías matado, Philip? Si no me hubiese cargado yo a esos dos del cementerio, ¿me habrías matado?

McGuane optó por decir la verdad.

– No lo sé. Probablemente.

– Y eres mi mejor amigo -comentó El Espectro.

– Y tú probablemente el mío.

– Qué tremendos éramos, ¿verdad, Philip?

McGuane no contestó.

– Yo tenía cuatro años cuando conocí a Ken -prosiguió El Espectro-. En el vecindario, a todos los chicos les decían que no se acercaran a nuestra casa porque los Asselta eran mala gente; eso les decían. Bueno, a ti no tengo que explicártelo.

– Efectivamente -asintió McGuane.

– Pero a Ken le atraía venir, le encantaba explorar en mi casa. Recuerdo el día que encontramos la pistola de mi viejo; tendríamos seis años. Me acuerdo de cómo la sopesamos hipnotizados por sentir el poder del arma. La cogíamos para meter miedo a Richard Werner… Tú no lo conociste, creo, porque se marchó cuando hacía tercer grado. Un día lo secuestramos, lo atamos y lo hicimos llorar y mearse en los pantalones.

– Y a ti te encantó.

– Tal vez -respondió El Espectro asintiendo despacio con la cabeza.

– Voy a preguntarte una cosa -dijo McGuane.

– Adelante.

– Si tu padre tenía una pistola, ¿por qué en el caso de Daniel Skinner usaste un cuchillo de cocina?

– No quiero hablar de eso -replicó El Espectro sacudiendo la cabeza.

– Nunca has hablado de ello.

– Exacto.

– ¿Por qué?

– Mi padre descubrió que jugábamos con la pistola y me pegó una buena paliza -respondió El Espectro eludiendo la respuesta directa.

– Lo hacía con frecuencia.

– Sí.

– ¿Intentaste alguna vez vengarte? -inquirió McGuane.

– ¿De mi padre? No. Yo, más que odio, le tenía lástima. Fue incapaz de evitar que mi madre nos abandonara. Siempre esperó que volviera. Se preparaba para eso. Se sentaba a beber solo en el sofá y hablaba y reía como si ella estuviera a su lado, y después rompía en sollozos. Ella lo hizo un desgraciado. Yo he hecho daño a gente, Philip, y he visto hombres que me suplicaban que los matase. Pero creo que nunca he visto nada más deprimente como mi padre llorando la ausencia de mi madre.

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