La Fragancia De La Flor Del Café
- Автор: Veloso Ana
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «La Fragancia De La Flor Del Café». Краткое содержание книги:
Ante el trasfondo del paradisíaco valle del río Paraíba y del pintoresco emporio de Río de Janeiro, de la época dorada de las plantaciones de café y de su ruina después de la abolición de la esclavitud, tienen lugar la saga de una familia de hacenderos y la historia de un gran amor…
– No.
León mantuvo la mano de Vitória en la suya. La acercó a sus labios y la besó en la palma. Había tanto cariño en aquel beso, y tanta franqueza, que en la fría mirada de Vitória hubo un rayo de indulgencia.
– No acepto un no por respuesta.
– León, llegas dos años tarde. Entonces quizás habría aceptado -dijo Vitória, sintiéndose contenta de no haberle contado antes sus penas de amor-. Sí, habría aprendido a valorarte y respetarte aunque no fueras -¡qué idea tan absurda!- mi marido, Pero hoy ni me lo imagino. Ahora sé que eres un cobarde y un traidor. Y no digas que tu largo viaje te ha cambiado, pues no me lo creo.
– ¿Por qué no has contestado a ninguna de mis cartas?
– ¿Como tú contestaste a la mía? -En la voz de Vitória había un mordaz sarcasmo.
– Pero… yo nunca he recibido ninguna carta tuya.
– Claro que no. Tu periódico te mandó al extranjero justo cuando no recibiste mi carta.
– Pero te juro que…
– Guarda tus juramentos para otros. A mí ya no me engañas. Y, por favor, levántate. Viéndote ahí de rodillas me da la sensación de que tengo ante mí a un esclavo que espera temeroso su castigo.
– ¿Y no le vas a dar su merecido castigo?
– Oh, ya me gustaría azotarte. O algo peor. Tú conoces muy bien los métodos que utilizan los fazendeiros para controlar a sus esclavos. Por desgracia, ayer se me rompió el látigo de siete puntas cuando destrozaba la negra piel de un trabajador rebelde.
León se había puesto de pie y no hacía ademán de alejarse de ella. Se colocó de modo que a Vitória le resultaba imposible escapar. Tenía a su espalda la ventana y ante ella a aquel hombre que le llevaba media cabeza de altura y cuya presencia física la irritaba. Vitória tuvo que aceptar que León le resultaba todavía irresistible, al menos físicamente.
– Apártate de mi camino o…
– ¿O qué?
– O grito.
– No te atreverías. ¿Acaso no soy un invitado, además del noble salvador de vuestro respetado senhor Amado, por lo que merezco un trato adecuado?
– ¡Oh! ¿Y no soy yo la sinhazinha, la amable dueña de la casa, a la que tendrías que mostrar un cierto respeto?
– Yo te respeto. Aún más: te ofrezco mi amor, mi fidelidad, mi cariño conyugal, mi dinero, mi futuro. Te regalo mi vida.
– Nunca has dominado el delicado arte del regalo, y al parecer los europeos tampoco te lo han enseñado. Tus regalos siempre han sido de algún modo… inconvenientes. ¡Qué arrogante!
La idea de que él ya le había regalado una vez una “vida” la sacudió como un rayo. Sí, él lo sabía, y parecía admitir con toda naturalidad que ella no hubiera aceptado ese regalo.
León guardó silencio. Había contado con que le rechazara, pero no con que Vitória disfrutara tanto hiriéndole. ¿Era antes así? ¿La había idealizado en sus pensamientos? ¿Había crecido su amor en la distancia? No, no era eso. Durante su ausencia había tenido que ocurrir algo que la había endurecido. Nunca se había ofrecido tan incondicionalmente a una mujer, y ella tenía que darse cuenta de que iba en serio. ¿Cómo podía rechazarle de un modo tan brutal?
– ¿Qué ha pasado, Vita? Cuéntame qué te ha hecho ser así.
Ella se volvió hacia la ventana y le dio la espalda. Él no se movió, incluso contuvo la respiración. Refrenó su impulso de agarrarla por la cintura y acercarla a su cuerpo, de besarla en los hombros, de acariciar su cuello.
– ¿Sabes, León? No puedo soportar tus engañosas preguntas. Creo que lo mejor sería que te marcharas después de la comida y no te dejaras ver nunca más por aquí.
Pero León no cumplió su deseo. Dos días después de su breve encuentro, que había quebrado la tranquilidad de ánimo de Vitória, su padre la llamó a su despacho. Estaba sentado ante su escritorio, tras un montón de papeles y fumando un cigarro, y no levantó la vista hasta que Vitória carraspeó después de esperar un rato sentada. Él se rascó la oreja y le preguntó si quería un brandy.
– Le he dicho mil veces que no bebo. ¿Qué es eso que me tiene que decir y que piensa que aceptaré mejor bajo los efectos del alcohol?
– Vita, dentro de poco vas a cumplir veinte años.
– Es realmente espantoso.
– Y para una mujer de esa edad ya no es lo más deseable seguir viviendo bajo el mismo techo que sus padres.
– ¿Acaso no le gusta mi compañía?
– Por supuesto. Bueno, en sentido estricto, no. -El senhor Eduardo se tocó la tupida barba gris-. Tu madre y yo te hemos dicho varias veces que queremos verte casada pronto. Tú has rechazado a todos los pretendientes que a nosotros nos parecían bien como yernos, y no querría seguir molestándote con el tema si no hubiera surgido una situación imprevista.
– ¿Ah, sí?
– Sí. El senhor Castro, al que me encontré ayer en casa de los Campos, me ha solicitado una entrevista. Me reuniré con él esta tarde. Ha mostrado interés por ti.
Vitória no se lo podía creer. ¿Cómo lo había hecho León? ¿Cómo había conseguido que el mayor fazendeiro del valle del Paraíba pudiera aceptar que él cortejara a su hija?
– ¿Sabe dona Alma algo de esa entrevista?
– No. Pero la convenceré de que León Castro ya no es el mismo que hace un par de años. Yo sé que tú… ejem… que ese hombre te gusta. Y después de hablar con él te diré que a mí tampoco me parece tan mal. Es muy educado, culto, tiene buena presencia, y ha hecho una gran carrera. Incluso le valoran mucho en la Corte.
– ¡Y es más pobre que una rata!
– En absoluto. Posee dos florecientes fazendas y, según se comenta, gana mucho dinero con sus escritos.
Vitória se quedó muy sorprendida. ¿León rico?
– Pai, se equivoca. No me gusta ese tal León Castro. Es más: le odio. Además, estoy segura de que no tiene más bienes que Afonso Soares. Probablemente sólo se haya valido de una argucia para intentar hacerse con mi dote.
– Lamento, Vita, que lo veas así. Piénsalo un poco más. Y no le demuestres tu aversión tan claramente. Le he invitado hoy a cenar.
– ¡Pai! ¿Cómo ha podido? ¡Tendría que haberme consultado antes!
Vitória salió del despacho y cerró la puerta de golpe. ¡Era el colmo! Su propio padre quería hacer negocio a su costa con un miserable como ése, y todo por miedo a que ella no encontrara ningún otro hombre. Y León, aquel libertino insensible que ya en su primer encuentro después de tanto tiempo había intentado engatusarla con halagos que no le importaban nada. Había pagado un precio muy alto por una noche con él, y no tenía intención de volver a cometer un error tan grande. Y además, ¿por qué había decidido él pedir su mano ahora? ¿No se avergonzaba de presentarse ante ella después de todo lo que le había hecho? ¿Cómo podía mirarla a los ojos aquel cobarde embustero? Y qué sangre más fría hacer a sus padres una propuesta tan atrevida; al fin y al cabo la última vez que ellos le vieron fue cuando bailó con ella en la fiesta de disfraces. Debía tener claro que en aquel momento perdió el favor de dona Alma, aunque ahora su padre se dejara cegar por su supuesta fortuna.
Una vez en su habitación, Vitória se quitó la ropa, se puso un albornoz y decidió darse un baño. Llamó a Miranda, le encargó que le preparara el agua y, mientras esperaba a que el baño estuviera listo, se sentó en su tocador. Se cepilló el pelo, que estaba de nuevo rizado y brillante. Examinó su cutis y su escote por si tenía algún granito, pero su piel era delicada, rosada y limpia como la de un melocotón. Se bajó un poco el albornoz para mover los hombros arriba y abajo y ver si eran demasiado huesudos. No, la carne estaba firme sobre sus clavículas. Dejó caer el albornoz un poco más y observó su cuerpo. Sus pechos eran blancos y redondeados, como debían ser, y ni una sola peca manchaba su piel. Su vientre estaba terso y firme, su cintura era delgada y su ombligo, un pequeño y delicado botón. Como madre de un hijo ilegítimo habría perdido no sólo su buena reputación, sino también su buena apariencia. Poco tiempo antes había podido comprobar las transformaciones que traía consigo la maternidad en una esclava que había enfermado y a la que Vitória cuidó hasta que llegó el médico. En el vientre de la negra, en el que se habían formado unas horribles estrías y que estaba blando y arrugado, el ombligo sobresalía como un grueso nudo. Tenía un aspecto horroroso, sobre todo porque la mujer era joven todavía. Cielos, en el fondo había tenido suerte de que León se hubiera marchado, ya que si no en aquel momento sería su esposa, iría ya por el tercer embarazo y ¡tendría un aspecto tan repugnante como aquella esclava!