La Fragancia De La Flor Del Café
- Автор: Veloso Ana
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «La Fragancia De La Flor Del Café». Краткое содержание книги:
Ante el trasfondo del paradisíaco valle del río Paraíba y del pintoresco emporio de Río de Janeiro, de la época dorada de las plantaciones de café y de su ruina después de la abolición de la esclavitud, tienen lugar la saga de una familia de hacenderos y la historia de un gran amor…
– Sí, yo también me alegro de poder visitarles por fin -Vitória dio un par de besos a dona Iolanda-. En Boavista hay tantas cosas que hacer que apenas queda tiempo para salidas tan agradables.
– ¿Toma usted café?
– Sí, encantada.
– Zuca, trae dos tazas de café, y para sinhá Eufrasia, como siempre, té -ordenó dona Iolanda a la negra que estaba en silencio en la puerta del salón.
Eufrasia miró con un gesto de protesta, pero no se atrevió a oponerse a su suegra. Desde que estaba embarazada ya no mandaba sobre su cuerpo. El plan impuesto por el médico con respecto a sus comidas había hecho que Eufrasia perdiera el gusto por ellas. Tenía prohibido tomar demasiado azúcar, lo mismo que carnes rojas, verduras crudas o especias fuertes; el café y el alcohol, ni probarlos. Una vez por semana era sometida a revisión, pero los resultados no se los comunicaban primero a ella, sino a dona Iolanda y a Arnaldo.
– Mi hijo y mi marido -dijo dona Iolanda dirigiéndose de nuevo a Vitória- llegarán esta noche. Han tenido que hacer un urgente viaje de negocios.
– ¡Oh, qué lástima! -Vitória no consiguió conferir a su voz el tono de decepción adecuado.
– Sí. Pero, por otro lado, así tendremos tiempo de hablar a solas -dijo Eufrasia lanzando una pérfida mirada a su suegra.
Pero dona Iolanda no tenía intención de dejar solas a las dos amigas. Quizás ella también quisiera conocer todas las novedades, pensó Vitória. Al fin y al cabo, seguro que no llegaban muchos visitantes hasta Sao Luíz. ¿O sólo quería asegurarse de que no ejercería ninguna influencia negativa sobre la madre de su futuro nieto y sobre la criatura? ¡Cielos, qué castigo! ¡Eufrasia no se merecía que la incapacitaran de aquel modo!
Vitória asumió su papel y contó a las dos mujeres todas las novedades que querían oír. Pero no pudo evitar comenzar por las historias más aburridas y menos importantes. Habló sobre la epidemia que había reducido a la mitad el número de cerdos de los Barbosa, y de la beca que le habían concedido al hermano de Florinda en el Conservatorio. Se extendió describiendo la ampliación del hospital de Vassouras y lo que habían hecho las senhoras para recaudar fondos, alegrándose de las caras largas de Eufrasia y dona Iolanda.
– No nos tortures más, Vita. Háblanos de Rubem Araújo. El rumor de que es cliente de un burdel de Valença ha llegado hasta aquí.
Dona Iolanda lanzó una mirada de reproche a su nuera, pero no la interrumpió. Probablemente se alegrara de que Eufrasia llevara la conversación hacia temas tan delicados como atractivos y que las damas sólo trataban con reservas en su círculo de amistades.
– ¡Oh, no sé nada sobre eso! Pero dado que Rubem es un conquistador incorregible y que Isabel está embarazada de su segundo hijo, se podría deducir…
– ¿Isabel está embarazada otra vez?
– Sí, la pobre. A lo mejor incluso manda a su marido a esas casas para que él…
– ¡Cielos santo, Vitória, Eufrasia! Esto ha ido demasiado lejos. No vamos a entrar en ese tipo de sucias especulaciones.
Pero ellas sí querían hacerlo, las miradas que intercambiaron las dos amigas eran inequívocas. Eufrasia y Vitória se echaron a reír a la vez.
– Tiene usted toda la razón, dona Iolanda -dijo Vitória-. Las necesidades específicas de los hombres no son tema para una conversación entre damas. No es que yo entienda mucho de ello… -Vitória guiñó un ojo a Eufrasia-. Probablemente menos que la pobre Florinda, que, si son ciertos los rumores de la gente, se tendrá que casar en breve.
– ¡No! -exclamaron Eufrasia y su suegra al unísono-. ¿Y quién es el afortunado?
– Se llama Miguel Coelho. Es el profesor de piano de Florinda, pobre como una rata y tan feo que Florinda a su lado parece toda una belleza.
– ¡Dios mío! -A Eufrasia se le veía claramente en la cara que se alegraba del mal ajeno. No había contado con una novedad tan escandalosa.
– Quizás -añadió dona Iolanda después de haber sonsacado a Vitória todo tipo de detalles con sus penetrantes preguntas-, quizás no sea todo tan malo. A pesar de la fortuna de la familia no había ningún admirador a la vista, si no me equivoco. Dentro de diez años, qué digo, dentro de tres años ya se habrá olvidado todo. El profesor de piano aprenderá a comportarse como un senhor, tendrán más niños, y Florinda será una madre estupenda. Sí, visto así es incluso lo mejor que le podía pasar a la pobre muchacha. No hay nada más horrible para una mujer que acabar siendo una vieja solterona.
Al pronunciar las últimas palabras dona Iolanda miró a Vitória con compasión.
– Sí, un final trágico. Aunque yo personalmente encuentro más horrible para una joven entrar a formar parte de una familia que le roba todos los derechos, privilegios y libertades de una mujer casada. Ya sé -añadió Vitória conciliadora después de ver el gesto de horror de Eufrasia- que ésos son casos aislados.
Dona Iolanda no dejó ver lo indignada que estaba por aquella descarada afrenta, pero poco después se retiró.
– Por desgracia tengo que dedicarme ahora a ocupaciones menos agradables. Pero esta noche tendremos oportunidad de seguir conversando.
Cuando dona Iolanda salió del salón, Vitória miró a su amiga sin comprender.
– No digas nada. No va a cambiar nada -Eufrasia tomó un sorbo de té y se volvió hacia la sirvienta-. Zuca, ¿qué haces ahí escuchando? Déjanos solas.
Zuca miró ofendida, hizo una pequeña reverencia y cerró la puerta de golpe tras de sí.
– ¡Cielos! ¿Cómo aguantas esto? ¿Cómo dejas que te traten así?
– Todos los negros se han confabulado contra mí. Son vagos y descarados, y me espían continuamente.
– No me refería a la muchacha. Hablo de dona Iolanda. ¿Cómo puedes soportar que decida por ti?
– No se puede hacer nada contra esa mujer. Créeme, Vita, he probado a ser insolente, a ser tierna, me he rebelado abiertamente, he tramado pequeñas intrigas. Pero dona Iolanda está muy por encima de mí. Conoce todos los medios para humillar a una persona, y yo me siento impotente. Desde que me someto a su voluntad mi vida en Sao Luíz es mucho más agradable que al principio.
– ¿Pero Arnaldo no hace nada al respecto?
– ¿Arnaldo? ¡Ja! Piensa que su madre es una santa. Cuando le cuento lo mal que se porta conmigo, sencillamenten no me cree. Piensa que soy una mentirosa y que dona Iolanda es la víctima de mis maldades. ¿Sabes, Vita? En algún momento me di cuenta de que no me sirve de nada quejarme de esa víbora, al contrario, sólo me perjudica. Desde entonces mantengo la boca cerrada, y eso ha beneficiado a nuestro matrimonio. Arnaldo es como cera en mis manos.
– Arnaldo es cera en las manos de cualquiera.
A Vitória se le escapó la observación antes de que pudiera pensar sobre sus consecuencias. Pero Eufrasia la miró con resignación.
– Puede ser. Sí, tienes razón, no es precisamente un prodigio de fuerza de carácter y voluntad. Pero es rico. Me ofrece todo el confort que en los últimos meses yo echaba tanto de menos en Floreça, y te lo digo honradamente, sólo por eso ya me compensa aguantar a dona Iolanda. Algún día, un día no muy lejano, pues Otávio Peixoto ya es mayor y tiene el corazón muy débil, Arnaldo será el señor de Sao Luíz. Y entonces, querida, yo asumiré aquí el mando, puedes creerme.
Vitória la creía. Pudo ver mentalmente cómo Eufrasia se metía en el papel, cómo dirigía a los esclavos, cómo humillaba a dona Iolanda y cómo cometía con sus hijos los mismos errores que dona Iolanda había cometido con Arnaldo. Vio también a una mujer de edad mediana con la comisura de los labios hacia abajo, con profundas arrugas en la frente y cuyo rostro sólo dejaba ver tristeza y estrechez de miras.