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La Fragancia De La Flor Del Café

Электронная книга - «La Fragancia De La Flor Del Café». Краткое содержание книги:

Brasil, año 1884. En el valle del río Paraíba, los terratenientes y sus familias llevan una vida lujosa y despreocupada gracias al trabajo de sus esclavos en las plantaciones de café. Vitória aspira a más, a mucho más. Vita, como todo el mundo la llama, es hija de uno de los más ricos «barones del café». Posee una belleza extraordinaria, es inteligente, hábil en los negocios, con un carácter fuerte e independiente, y es considerada el mejor partido del valle. Cuando Vita conoce a León Castro, un periodista atractivo y enigmático, su vida cambia. León es abolicionista y lucha fervientemente contra la esclavitud y por lo tanto contra los intereses de la familia de Vita. A pesar de estas diferencias insuperables se enamoran perdidamente. Desde un inicio su amor está marcado por desencuentros. Una y otra vez los caminos de Vita y León se cruzan y se separan, pero ni el tiempo ni los reveses de la fortuna pueden con su pasión.
Ante el trasfondo del paradisíaco valle del río Paraíba y del pintoresco emporio de Río de Janeiro, de la época dorada de las plantaciones de café y de su ruina después de la abolición de la esclavitud, tienen lugar la saga de una familia de hacenderos y la historia de un gran amor…
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Él lo consideraba todo como un juego, y Vitória no tenía la más mínima duda de la falsedad de sus supuestos planes de boda. Sólo quería confundirla, humillar a sus padres, divertirse, nada más. Y en la elección de los medios carecía totalmente de escrúpulos. Involucró a dona Alma en una conversación sobre la Corte y mencionó hábilmente su supuesta amistad con la princesa Isabel. Supo convencer a Eduardo de su habilidad para los negocios, y disfrutó haciendo ver que era un hombre que en verdad no era.

Sólo perdió la serenidad cuando dona Alma le preguntó por sus orígenes.

– Mis padres, José Castro e Lenha y dona Doralice tenían una fazenda en el sur del país, en un pueblo llamado Chuí, junto a la frontera uruguaya. Hoy soy yo el propietario legítimo de esas tierras, pero las lleva un administrador, dado que yo no puedo ocuparme de ellas debido a mis múltiples compromisos.

– ¡Oh! ¿Quiere decir eso que sus padres ya no viven?

– Sí, murieron hace algunos años… de sarampión.

León pidió perdón en silencio a su madre por esa mentira. ¿Pero cómo podía presentarse ante la familia da Silva como posible esposo de su hija cuando no cumplía todos los requisitos? Estaba en la mejor edad para fundar una familia. Era rico. Se había hecho famoso y se había presentado en sociedad hacía tiempo. Tenía buena presencia, estaba sano, era inteligente y el hombre adecuado para Vita. Incluso parecía tener ya a dona Alma de su parte. La mujer comía de su mano desde que sus contactos con la familia imperial le habían otorgado una especie de nobleza moral.

Pero por sus venas corría, aunque algo diluida, sangre india. Si Vita o sus padres se enteraban no volverían a recibirle en su casa. Le dolía de todo corazón, pero era inevitable: dona Doralice tenía que sufrir esa supuesta penosa muerte para allanarle el camino hacia un futuro con Vita.

Capítulo dieciséis

Sao Luíz, la fazenda de la familia Peixoto, estaba a medio día de viaje en coche de caballos desde Boavista. Para llegar hasta allí había que atravesar intrincados caminos llenos de barro que en algunos tramos eran casi impracticables, pedregosos cauces de ríos y una extensa zona de bosque en el que la naturaleza tardaba menos en cubrir los senderos que los trabajadores en abrirlos. La vegetación amortiguaba el ruido del carruaje de un modo que hizo estremecer a Vitória. ¿O se sentía tan perdida a causa del atardecer, la niebla y el olor a podrido?

– ¿Estás completamente seguro de que éste es el camino correcto? -Vitória tenía la impresión de que Bolo estaba más perdido que ella misma.

– Sí, por supuesto -dijo el muchacho en un tono de arrogancia que no coincidía con la expresión de sus ojos.

«Está bien», pensó Vitória. En algún momento tendrían que salir del bosque, y entonces podrían orientarse mejor. Si hubiera sabido lo incómodo que era el viaje hasta la nueva casa de Eufrasia, no lo habría emprendido. Pero ya llevaban tres horas de viaje y tenían que llegar hasta el final.

Justo encima de ellos un pájaro soltó un graznido tan fuerte y estridente que Bolo soltó las riendas y se santiguó.

– ¿Quieres que guíe yo el coche para que tú puedas rezar tranquilamente?

Bolo sacudió la cabeza, estiró la espalda y puso en aquella pose todo el orgullo que tenía. Si la situación no fuera tan inquietante Vitória se habría reído de la reacción del muchacho. Pero no le encontraba la gracia a estar en medio del bosque sola con un esclavo adolescente, supersticioso y que, en caso de apuro, sería probablemente un estorbo. Resignada, cerró los ojos. Como allí no podía hacer mucho más que Bolo, sólo le quedaba confiar en que salieran pronto de aquel maldito bosque infestado de mosquitos.

Habían pasado varias semanas desde la última vez que se había reunido con Eufrasia. Desde entonces sólo se habían comunicado por escrito. Pero en esta ocasión tenía que hablar personalmente con ella, y aunque Vitória sabía que su amiga no era muy buena consejera, sentía la urgente necesidad de hablar con ella. ¿Con quién si no? Los padres de Vitória se habían dejado influir tanto por León que era imposible hablar con ellos de un modo objetivo. Pedro era amigo de León, por lo que tampoco era imparcial. Y hacía tiempo que Joana estaba firmemente convencida de que León y Vitória estaban hechos el uno para el otro, por lo que sería inútil hablar con ella de ese tema. De todas las personas que rodeaban a Vitória, Eufrasia era la única que la podría ayudar en su dilema. Por muy torpe y superficial que fuera, Eufrasia tenía una notable perspicacia cuando se trataba de cerrar un negocio ventajoso. Y justo eso sería su boda con León. ¿O no?

A través de los párpados cerrados Vitória notó de pronto que había más claridad. En ese momento Bolo exclamó aliviado:

– ¡Lo hemos conseguido!

Realmente no habían llegado todavía, pero al menos no se habían perdido. El tramo que les quedaba era más transitable. Gracias a la descripción que les había enviado Eufrasia podrían orientarse con facilidad. Avanzaron sin problemas por las fincas, arroyos y colinas señalados, y una hora más tarde estaban por fin en Sao Luíz.

La fazenda estaba sobre una bella colina desde la que había una maravillosa vista sobre el paisaje verde y suavemente ondulado. La mansión era más pequeña que la casa grande de Boavista, pero su color rosado y los relieves pintados en blanco le daban un aspecto más elegante. Por lo que Vitória vio a primera vista, todo estaba impecable. El camino de grava estaba limpio de hierbas, las palmeras reales podadas, los macizos de flores muy cuidados. Lo único que parecía descuidado era su propio coche, pensó Vitória cuando se bajó y vio los pegotes de barro en la puerta. Pero allí debían estar acostumbrados, al fin y al cabo todas las visitas llegaban por el mismo camino infernal.

– ¡Vita! ¡Qué bien que hayas venido! ¿Ha sido malo el viaje?

– ¡Y que lo digas! ¿Por qué no me lo has advertido?

– ¿Habrías venido entonces? -Eufrasia soltó una risita con la que quería demostrar su picardía y parecer al mismo tiempo inocente.

El resultado no le gustó nada a Vitória. A lo mejor no había sido tan buena idea ir hasta allí.

– ¡Ay, Vita, cuánto te he echado de menos! Me tienes que contar todo con detalle. ¿Has oído algo de Florinda? ¿Ha pescado ya a algún hombre? ¿Qué hace tu hermoso Rogério, te ha dejado ya por imposible? ¿Y qué novedades hay de la prolífica Isabel y su infiel Rubem? No te olvides de ningún detalle, quiero saberlo todo, hasta lo más insignificante.

– Eufrasia, ¿no me vas pedir que entre? ¿No me vas a ofrecer algo de beber? ¿No vas a dejar que me cambie de ropa?

– ¡Oh, cielos, Vita, disculpa! Pero es que aquí estoy tan apartada del mundo que mi afán por saber todo lo que ocurre ahí fuera me ha hecho olvidar mis buenos modales.

Una vez que Vitória se hubo refrescado, se sintió mejor preparada para someterse al interrogatorio de Eufrasia. Pero no había contado con la presencia de la familia política de su amiga.

– Vitória, qué agradable tenerla con nosotros -dijo dona Iolanda. Vitória sólo había visto una vez a la suegra de Eufrasia, en una de las fiestas que los Teixeira organizaban todos los años en mayo. Recordaba a la mujer más alta y más hermosa. Ahora se encontraba ante una senhora más bien baja y poco atractiva.

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