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La Fragancia De La Flor Del Café

Электронная книга - «La Fragancia De La Flor Del Café». Краткое содержание книги:

Brasil, año 1884. En el valle del río Paraíba, los terratenientes y sus familias llevan una vida lujosa y despreocupada gracias al trabajo de sus esclavos en las plantaciones de café. Vitória aspira a más, a mucho más. Vita, como todo el mundo la llama, es hija de uno de los más ricos «barones del café». Posee una belleza extraordinaria, es inteligente, hábil en los negocios, con un carácter fuerte e independiente, y es considerada el mejor partido del valle. Cuando Vita conoce a León Castro, un periodista atractivo y enigmático, su vida cambia. León es abolicionista y lucha fervientemente contra la esclavitud y por lo tanto contra los intereses de la familia de Vita. A pesar de estas diferencias insuperables se enamoran perdidamente. Desde un inicio su amor está marcado por desencuentros. Una y otra vez los caminos de Vita y León se cruzan y se separan, pero ni el tiempo ni los reveses de la fortuna pueden con su pasión.
Ante el trasfondo del paradisíaco valle del río Paraíba y del pintoresco emporio de Río de Janeiro, de la época dorada de las plantaciones de café y de su ruina después de la abolición de la esclavitud, tienen lugar la saga de una familia de hacenderos y la historia de un gran amor…
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– Por lo demás -continuó Eufrasia-, tengo que estar de acuerdo con dona Iolanda al menos en un punto: cualquier cosa es mejor que ser una vieja solterona.

Disfrutó jugando su único triunfo. Quizás no era tan bonita, tan inteligente y tan rica como Vitória. Pero tenía un marido.

– Yo no sé qué os creéis todos. Tengo veinte años y diez admiradores por cada dedo de la mano. No es una mala situación ¿Por qué voy a casarme ahora?

– Para poder hacer lo que quieras.

– ¿Cómo tú?

– ¡Dios mío, otra vez! Vita, ¿tienes que seguir echando sal en mis heridas? Pero si lo quieres así: sí, como yo. Alguna vez tendré todas las libertades con las que sueño. -Eufrasia se inclinó hacia delante pesadamente, como si tuviera ya la tripa abultada, aunque no se le notaba el embarazo lo más mínimo. Cogió la cafetera, que estaba sobre un calentador en el centro de la mesita auxiliar, y sirvió café en su taza de té vacía. Añadió dos cucharadas de azúcar. Mientras lo removía, prosiguió con la enumeración de las ventajas de su matrimonio-. Además, si te casas conocerás los placeres del amor físico.

– Para eso no se necesita un marido.

– ¡Vita! ¿De dónde sacas esas ideas? Claro que se necesita un marido. ¿O es que quieres tener hijos ilegítimos?

– No quiero tener hijos.

– Dime: ¿te encuentras bien? Apenas te reconozco. Antes querías tener un marido y niños como toda mujer normal.

– No te preocupes por mí, Eufrasia. Estoy bien. Sólo juego con la idea de casarme.

– Pero me acabas de decir que tú…

– Falso. Sólo he preguntado que por qué debía casarme. Sólo esperaba que me dieras una respuesta razonable.

– Dime, ¿ha pedido Rogério tu mano?

– No. Pero León Castro sí.

Eufrasia casi se atraganta con el café.

– Como se enteren tus padres…

– Es más. Mis padres están encantados con él.

– Vita, ¿me estás tomando el pelo?

– No. Ya me gustaría que fuera así.

– Pero dona Alma debe odiar a ese hombre. Sus ideas, su actitud, su profesión… todo lo contrario de lo que una dama de la alta sociedad desea para su hija.

Esta vez fue Vitória la que se sirvió un café antes de seguir hablando. Eufrasia había olvidado llenarle su taza.

– Desde que León ha vuelto de Europa han cambiado algunas cosas. Ha alcanzado fama y prestigio, y la princesa Isabel le invita con regularidad. Eso ha impresionado profundamente a mi madre. Además, no parece tan falto de recursos como todos pensábamos. Tiene dos fazendas. No -dijo Vitória con énfasis cuando vio la cínica sonrisa de Eufrasia-, no son simples granjas de gallinas. Mi padre ha hecho indagaciones en el catastro de Chuí y en Tres Coraçoes y ha comprobado que se trata de fincas importantes y provechosas. Desde entonces piensa que León es el marido adecuado para mí.

– Pero nosotras dos sabemos que tú no das demasiada importancia a esos argumentos y menos aún a los deseos de tus padres. ¿Qué es lo que te lleva a tomar en consideración esa inaudita propuesta?

– ¿Quizás la necesidad de amor físico?

– ¡Olvídalo! No merece la pena que te entregues a un hombre como León Castro por eso.

Vitória soltó una sonora carcajada. Eufrasia la miró indignada.

– Sí, sí, está bien. Por favor, deja de reírte de mí, y cuéntame cuál es el verdadero motivo.

Vitória tomó a su amiga de la mano y la ayudó a ponerse de pie.

– Vamos a pasear un poco. Hace muy buen día, y yo no conozco Sao Luíz. Durante el paseo te lo contaré todo.

– No creo que dona Iolanda me deje salir. En mi estado cualquier exceso físico supone un peligro.

– ¡Pamplinas! El aire libre te sentará bien. Además, no vamos a ir a paso de marcha, sólo vamos a pasear tranquilamente.

Eufrasia no estaba convencida de que un paseo fuera lo más aconsejable. Pero la idea de enseñarle la fazenda a Vitória le subió el ánimo. Cuando se encontraron a dona Iolanda en el recibidor, Eufrasia no le pidió permiso, simplemente le comunicó que iba a estirar un poco las piernas. Antes de que la suegra pudiera poner cualquier objeción, Vitória empujó levemente a su amiga por la puerta y desde la escalera exterior exclamó:

– ¡Yo cuidaré de ella!

Vitória no se percató mucho de la belleza de la fazenda y del paisaje donde estaba ubicada. Todo su interés estaba centrado en la conversación que había mantenido con León y que ahora le resumía a Eufrasia. Se habían sentado en la orilla de un lago artificial desde el que apenas se veía la casa. En la hierba había unas piedras colocadas bajo los eucaliptos de modo que uno se pudiera sentar cómodamente a la sombra a contemplar el lago sobre el que había un puente colgante.

La mirada de Vitória se había perdido en un punto indeterminado de la ondulada superficie del agua.

– Tú ya sabes que yo estoy convencida de que este mundo, tal como lo conocemos, tiene los días contados. Cuando la esclavitud quede abolida, nos quedaremos sin nada. Todo esto -y señaló el pintoresco entorno- quedará arruinado, abandonado, asilvestrado, cuando no haya esclavos que lo cuiden.

– Lo sé, lo sé, ya me lo has contado. Y yo sigo pensando que eso es una tontería. ¿Pero qué tiene que ver eso con la proposición de León Castro?

– León me ha asegurado que siendo su mujer no sólo podré disponer libremente de mi dote, sino que además podré administrar también su dinero.

– Bien, ¿y?

– Pero ¿no entiendes, Eufrasia? Ninguno de los hombres que conozco me dejaría tanta libertad en ese aspecto.

– No querrás hacerme creer que si te casas es sólo porque de ese modo puedes salvar tu fortuna. Una medida, por cierto, que sólo tú, con tu inexplicable pesimismo, consideras necesaria.

– Sí, justo eso quería decir.

– Entonces, ¿has aceptado su proposición?

– No.

– Ah, ¿y por qué no? ¿Te queda todavía un poco de sensatez?

– Al contrario. Me queda un poco de sentido del romanticismo. León no me ama, y yo no le amo a él.

– Esto es cada vez más complicado. ¿Por qué se quiere casar contigo?

– Por consideraciones igualmente prácticas. Asegura que a su edad y en su posición no quiere seguir apareciendo en público como soltero. Necesita una mujer a su lado. Una mujer respetable con la que pueda ir a la Corte sin levantar comentarios.

Cuando oyó aquella afirmación de boca de León, Vitória se sintió muy dolida. Le habría gustado escuchar que él la amaba, que la adoraba, que la necesitaba como a ninguna otra mujer. Sólo días más tarde se dio cuenta de que había herido su vanidad. Y si hablaban del matrimonio como si sólo fuera un negocio en el que ambas partes podían beneficiarse, entonces se comportaría como correspondía a una mujer de negocios: serena, objetiva, dejando los orgullos personales a un lado.

– No sé, Vita -dijo Eufrasia devolviéndola a la realidad-. Me temo que él se va a equivocar contigo. Estás completamente loca.

La misma impresión debió tener el resto de la familia Peixoto aquella misma noche. Cuando Vitória se sentó a la mesa estaba como ausente y no dejó de remover la comida. Las preguntas del senhor Otávio, relacionadas exclusivamente con la recolección del café, las respondió con monosílabos, las observaciones de dona Iolanda sobre el tiempo las comentó sin ganas y le irritaron las afirmaciones de Arnaldo. El marido de Eufrasia carecía de ingenio, de inteligencia y de encanto de forma tan evidente que Vitória no lo podía soportar. ¿Cómo aguantaba Eufrasia? Su amiga podía ser altiva y tener una idea del mundo muy limitada, pero no era tonta.

Una vez servidos el café y el coñac, Eufrasia recibió un vaso de leche caliente. Entonces Vitória se despidió a toda prisa. No pasaría con aquella gente un segundo más de lo que le obligara la cortesía. Se disculpó diciendo que estaba muy cansada a causa del viaje y se retiró a su habitación.

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