La Fragancia De La Flor Del Café
- Автор: Veloso Ana
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «La Fragancia De La Flor Del Café». Краткое содержание книги:
Ante el trasfondo del paradisíaco valle del río Paraíba y del pintoresco emporio de Río de Janeiro, de la época dorada de las plantaciones de café y de su ruina después de la abolición de la esclavitud, tienen lugar la saga de una familia de hacenderos y la historia de un gran amor…
– Sinhá Vitória, han llegado las visitas -Miranda juntó las manos en la espalda y agachó la cabeza.
– ¿Quiénes son? ¿No han mencionado sus nombres?
Miranda encogió los hombros y miró al suelo.
¡Qué estúpida! ¿Ahora volvía a comportarse como cuando empezaba a servir? ¡Que habían llegado visitas ya lo había notado ella!
Vitória hizo un esfuerzo y salió al recibidor. Dos hombres la esperaban. Uno de ellos parecía tan ensimismado en la contemplación de un cuadro que no notó su llegada. No se fijó mucho en él, porque el otro caballero se acercó a ella sonriendo y casi le destroza la mano.
– Usted debe ser la senhorita Vitória. Es un placer. Soy Getúlio Amado. Su padre me espera.
– Bienvenido, senhor Amado. Sí, le esperábamos, aunque no tan pronto, pues nuestro cochero ha tenido un pequeño percance y no ha podido estar a tiempo en la estación.
– No importa. He tenido la suerte de conocer en el tren a un caballero que venía en esta dirección y me ha traído en su coche. A mitad de camino nos hemos encontrado con su carruaje. ¿Puedo presentárselo? -dijo señalando a su acompañante, que en aquel momento se volvió-. Senhor León Castro.
Vitória casi se cae del susto. Pero se repuso enseguida.
– León, qué amable por su parte acompañar hasta aquí a nuestro invitado.
– Ha sido un gran placer.
– Sí, me lo puedo imaginar. Usted es conocido por sorpresas de este tipo.
Vitória invitó a los caballeros a pasar al salón y se disculpó para ir a buscar a su padre. En el espejo de la entrada se detuvo, se quitó las gafas y se arregló el pelo con los dedos. ¡Ese monstruo! Si no supiera que José se había atascado realmente en el barro habría pensado que León había montado toda aquella escena sólo para molestarla a ella.
Una vez que hubo avisado a su padre y le acompañó hasta donde le esperaban las visitas, Vitória se retiró a su habitación para ver si podía salvar algo de su horrible vestimenta. No se podía cambiar de vestido, se notaría mucho, pero al menos podía peinarse, ponerse algún adorno y darse un poco de carmín en los labios. Se puso sobre los hombros un ligero echarpe de chiffon azul claro para desviar la atención de su triste vestido gris. Se echó unas gotas de esencia de rosas detrás de las orejas y en el cuello, y volvió abajo sin perder tiempo. Se había olvidado por completo de su dolor de cabeza.
Los tres hombres estaban bebiendo un vino de Oporto y parecían charlar animadamente. El senhor Getúlio exponía el increíble cúmulo de casualidades que le habían permitido no sólo conocer al famoso señor Castro, sino también realizar un peligroso viaje por los embarrados caminos del valle.
Nunca antes, eso lo podía jurar ante la tumba de su madre y ante todos los santos, se había metido en tantos charcos ni había pasado por encima de tantas ramas rotas.
Durante la siguiente media hora sólo habló Getúlio Amado. Su verborrea era imparable, y Vitória conoció más detalles de su vida de los que hubiera querido saber. Cuando el reloj marcó las doce, su padre le interrumpió por fin.
– Deberíamos dedicarnos ahora a nuestros negocios. Si nos damos prisa habremos arreglado lo más importante antes de la comida. Con su permiso. -Se puso de pie, y antes de salir miró a León-. ¿Se queda a comer, senhor Castro? Vita, te dejo hasta entonces con el señor Castro para que le atiendas.
¿Qué podía hacer? No le quedó más remedio que poner buena cara.
– Sí, pai.
La puerta se cerró tras los dos hombres. De pronto la habitación quedó sumida en un pesado silencio. Vitória miró a León, que agitaba su copa y observaba fascinado los movimientos del vino de Oporto. No se atrevió a romper el silencio. Se rascó la oreja y carraspeó.
– ¿Estas nerviosa, sinhazinha?
– ¿Por qué iba a estarlo?
– No sé. Quizás mi presencia te pone nerviosa.
– No digas tonterías.
– ¿No te alegras de verme después de todo este tiempo?
– ¡Por favor!
– ¿O sea, no te alegras? ¡Qué pena, y yo que pensaba que te habías arreglado rápidamente para gustarme!
Vitória se sonrojó. No tenía sentido mentir.
– ¿Y te gusto? -Apenas hubo pronunciado la frase, Vitória quiso tragarse la estúpida pregunta que sólo buscaba que él le dijera algún cumplido.
– Sinhazinha, ¡qué pregunta más simple!
– ¿Por qué has venido?
– Ya lo has oído. He ayudado al pobre senhor Amado en una situación de apuro, nada más.
– ¡Ah, sí! ¿Y adonde ibas realmente?
– Quería hacer una visita a mi amada.
– ¡Oh, pues no te entretendremos! Ya sabes dónde está la puerta. Creo que durante la comida tendremos muchas cosas de que hablar aunque tú no estés.
– Pero entonces no sabrías nunca qué me ha traído hasta aquí. Y te gustaría saberlo, ¿verdad?
¡Naturalmente que le gustaría saberlo! Se moría de curiosidad por saber qué buscaba León allí. Pero había aprendido a dominar su curiosidad. Aparte de la primera, no había leído ninguna de sus cartas, las había tirado todas al fuego, a pesar de que las esperaba con ansiedad y se le rompía el corazón cada vez que veía cómo las llamas devoraban el papel. Alzó las cejas con aire de desprecio y se concentró en la manga de su vestido, de la que sacudió una imaginaria pelusa.
– ¿Por qué no me miras?
– Mirarte no me emociona tanto como pareces creer tú.
– Voy a satisfacer tu curiosidad, sinhazinha -dijo él-. Y algo más.
– Lo único que tienes que satisfacer es mi deseo de no volver a verte nunca más.
– Ése es el único deseo que no voy a satisfacer. Me voy a casar contigo.
Vitória se quedó sin habla. ¡Era el colmo! Tenía que haber oído mal. Pero no, él la miraba cándidamente y parecía haberlo dicho en serio.
– Has venido de Europa con un sentido del humor muy peculiar. No me hacen ninguna gracia ese tipo de bromas.
Él la miró de arriba abajo con un amago de sonrisa en el rostro. Vitória se sentía fatal. Le habría gustado estar mejor vestida. Se puso de perfil y miró por la ventana. Pasado un minuto, él dejó la copa de oporto sobre la mesa y se levantó rápidamente del sillón. Se acercó a ella, tomó su mano y susurró su nombre. Los nervios de Vitória estaban a punto de estallar, pero hizo un esfuerzo por mostrar indiferencia. No pudo evitar mirarle de reojo. Llevaba el pelo, negro y liso, más corto que antes. Su piel era pálida, pero no parecía enfermo. En realidad tenía un aspecto tan vital y masculino que a Vitória se le puso la carne de gallina. Estaba perfectamente afeitado, olía bien y tenía una espléndida figura con la ropa a la moda, pero discreta.
– Vita, te he echado tanto de menos -le susurró al oído, rozándola con sus labios.
Vitória se volvió bruscamente y le dio una sonora bofetada.
– ¡Maldito! ¿Qué te da derecho a molestarme con tales intimidades? No quiero volver a verte nunca más, ¿has entendido?
León la miró impresionado.
– ¡Vita, eres encantadora cuando te enfadas!
– ¡Cielos, no soy encantadora y tampoco quiero tus desvergonzadas adulaciones!
– ¡Oh, no te enfades conmigo! He cometido un error imperdonable. No debería haberte presentado unos hechos consumados, sino que deberías tener la sensación de que has influido en mi decisión, ¿no? Ay, ¿qué digo? Debería haberte hecho una proposición más formal. -Se puso de rodillas ante ella, la miró suplicante y tomó su mano-. Querida Vitória, tras años en los que yo no he podido olvidarte y tú, estoy seguro, me has profesado el mismo profundo sentimiento, ¿querrías ser mi esposa?
En sus ojos había un brillo de ironía.
La situación era demasiado ridícula, y Vitória quería poner fin a aquella farsa cuanto antes.